Anuncióse el bendito carcelero con el ruido de las llaves que empuñaba i tocó a la puerta de su ventana previniéndole que saliera.
Despertó. Se incorporó en su cama i paseó una mirada vaga i siniestra a su alrededor. ¡Despertar por primera vez en medio de las paredes de un calabozo! ¡Qué horror!.. Restregó los ojos como para disipar un sueño i volvió a escudriñar con la mirada. ¡No hai remedio! ¡Era una espantosa realidad! Parecíanle epitafios las inscripciones que otros presos dejaron en los muros; urnas fúnebres las ventanas; un sepulcro su cama; un sepulturero el carcelero. ¡Tenia tan oprimido el corazon que parecióle despertar en medio del calabozo como en el hueco de una tumba! ¡Infeliz!.. Ver la aurora i el ocaso de la vida confundidos en un mismo ser. ¡Morir!.. ¡Morir tan jóven!..
Aproximóse a la ventana; fijó los ojos en la multitud que se arremolinaba a sus piés; en el espléndido panorama de la naturaleza que se desplegaba a su vista. Su mirada atravesaba las rejas i devoraba la niebla que embolvia la atmósfera, el cierzo que la disipaba, el horizonte entoldado de nubes i las ondas de la vega que se estendian como un océano verdoso. Envió al cielo una mirada precursora de sí mismo. Cuando divisó junto a la reja al Capitan del Pueblo-Nuevo don Antonio Solis, esclamó desconsolado:
—"Esto ya está concluido: ¡nos llevan a morir!...."
Salió del calabozo i al encontrar en el patio a su consternado compañero de infortunio don Jorje Lopez le puso la mano sobre el hombro i le brindó sus consuelos. En el patio notando que iban a ponerle las esposas para encadenarle las manos, volvió el rostro a sus compañeros i con un acento que vaciaba la entereza de su alma, les dijo:
—"¡Señores, pisamos el primer escalon del cadalzo!"
Su rostro empalidecia notablemente. Inclinaba la frente bajo el peso de su infortunio. Al notar que la trémula mano de un soldado dejó caer las esposas al prepararlas para ligar sus manos, lleno de hiel i de indignacion esclamó:
—"¡Hasta los hierros se resisten a oprimir la inocencia!"
Cuando vió que don Santiago Piamonte derramaba una lágrima i le contemplaba mui afectado, le dijo entre otros, los siguientes improvisados versos:
"¡Abran del corazon las anchas venas,