Corra mi sangre a consolar tus penas!..."
Volviendo el rostro demudado al calabozo del que acababa de salir, esclamó:
—¡Oh! ¿quién ocupará ese calabozo despues que yo? ¡Quien quiera que sea lo encontrará lleno de mis lágrimas, de mis lamentos i del ruido de mis pasos i mis cadenas; cualquiera que sea, será menos desgraciado que yo!
Despues, besando las esposas que encadenaban sus manos dijo consternado:—¡Basta de cobardes lamentos! ¡Estos lazos atados en la tierra solo se desatarán en el cielo: a ellos les deberé el encontrarme pronto en presencia de Dios!.. ¡Ai!.. morir es la felicidad del desgraciado!.. ¡Vivir sin el ánjel de mi corazon.. es vivir muriendo! Bendito sea el cadalzo para quien no ha conocido ni el rostro de los autores de sus dias; para quien vé en la madre-patria una víctima en cuyo seno se inmola la libertad. ¡Oh! ¡estos momentos han sido mas amargos que los diez años de las prisiones de Silvio! ¡Como cabe, Dios mio, la eternidad en un minuto!....
Poco despues fueron conducidos los presos al hospital de Santa Isabel, en donde estaba preparada las capilla. Un sacerdote, soldados armados, carceleros con sus linternas encendidas a su alrededor, i un inmenso jentío a sus espaldas, he ahí la comitiva que los acompañaba. Era alta noche.
XXXI
Aquellas dos mujeres que dejamos junto al pórtico de la cárcel llegaban jadeantes i desaladas a la puerta de la capilla.
Pero entremos a la capilla antes que ellas. Este reo, recojiendo encorvado sus cadenas; aquel oyendo cabizbajo i taciturno las férvidas palabras, los piadosos consuelos del confesor que fortalecian la languidez de su espíritu; el de mas allá de rodillas al pié de un crucifijo, con la frente inclinada, los brazos cruzados sobre el pecho, i a la amarillenta luz de los cirios que ardia temblando en torno de una mesa cubierta de negro terlíz, murmuraba ferviente esta plegaria improvisada por él, en ese instante supremo:
Ser de inmensa bondad, Dios poderoso,
A vos acudo en mi dolor vehemente;