A los 32°, 2' i 30" de lonjitud i 75° i 15' de latitud i sobre un terreno plano i elevado que está a diez varas de altura sobre el nivel del mar, con su aspecto irregular, con sus frondosos bosques de manglares, palmeras, ceibas, plátanos, cañas i cafetales que cubren las hondonadas pantanosas de sus profundos valles, como océanos de vejetacion, se estiende la mencionada ciudad, en la costa Norte de la isla i al Este de la Habana, de la que se encuentra a 20 leguas de distancia.
Los poetizados rios, San Juan i Yumurí, que abrazan cariñosamente la poblacion por uno i otro costado, acarician a su vez con sus tranquilas ondas las márjenes risueñas de esos bosques.
Desde la bahía, lo primero que descubre la vista es el castillo de San Severino, situado a la mano derecha, entrando al puerto. De en medio de la rojiza techumbre de las casas, cuyas paredes blanquean medio ocultas por las ramas, se alzan tambien el fuerte Morrillo i la bateria de Cajigal. Aquí el viejo torreon, detras el apartado campanario; mas allá la ciudad de los muertos, rodeada de ceibas, de cipreses i olivos, envuelta en el silencio i la soledad, que se dibuja hácia los estramuros de la ciudad de los vivos, con la cual contrasta por el ruido, la ajitacion i el movimiento que se nota en sus calles anchas, rectas i sin empedrado.
Divídese la poblacion en doce cuarteles. De entre ellos los barrios de Pueblo Nuevo i Yumurí tienen la particularidad de estar ligados por sólidos, rústicos e inmensos puentes de madera.
Rodeada de bosques, respirando el ambiente caluroso del dia, o la atmósfera entibiada por el aliento perfumado de la noche, llevando en la frente una guirnalda de laureles, en la mano el estandarte de la democracia i en los piés las cadenas de la esclavitud, diríase que Matanzas es una vírjen que muellemente tendida sobre la ribera del mar, acariciada por las olas, sueña con melancólica voluptuosidad en la ausencia de los padres que la enjendraron i que se llaman la Gloria i la Libertad.
Apesar del aspecto de antigüedad que se nota en la ciudad de Matanzas, en la que domina el añejo gusto arquitectónico español, aquí i allí se levanta de vez en cuando alguna casa de construccion moderna i de risueña apariencia, como una que otra persona de vestidura elegante en medio de una multitud harapienta i desaliñada.
III
En el barrio de Yumurí i en la estremidad de la calle de N.... se ostentaba una casa apartada, que resaltaba de las demas por su belleza i contrastaba con ellas por la orijinalidad de su aspecto. De madera en su mayor parte, de forma circular, con cornizas talladas caprichosamente, rodeada de ojivas i ventanas cubiertas de vidrios de vivos i variados colores. Cuando por la noche, las luces la iluminaban por dentro, parecia, vista de lejos, un farol encendido. Una galeria de arcos oblongos, sostenidos por torneados i delgadísimos pilares, circundaba la casa. Al pié, i en torno de esta arquería, estendíase una grada de piedra blanquecina, imitacion de mármol. Pequeña, blanca en sus paredes i su techumbre, i rodeada de jardines, esa casa semejaba a una blanca paloma posada sobre un campo florido. Frente al frontispicio i a ambos costados de una elegante pila de bronce oscuro, que arrojaba variados juegos de agua, se alzaban dos estátuas de mármol, que representaban la Poesía i la Música, i al rededor de cada una de las estátuas, varios faroles suspendidos sobre delgadas columnatas de hierro.
A la espalda de la casa estendíase un huerto poblado de frondosos árboles i dividido por una calle recta i central formada por dos hileras de naranjos, limoneros, i guayabos. Hácia el fondo de esa calle angosta, i prolongada abovedada a trechos por el follaje de las palmeras, divisábase la faz trasparente i azulada de un lago cuyas lijeras ondas se bordaban con las flores marchitas i las hojas secas o amarillentas de las parras i las higueras que se inclinaban en torno de ese lago, besándole con sus ramas i brindándole su compañía, los despojos de su follaje i su sombra. Una pequeña góndola flotaba errante i al capricho del viento sobre los pliegues cristalinos de la superficie del lago: tres remos gastados i descoloridos se cruzaban en su fondo. A uno i otro lado del lago i a corta distancia de él, descollaban solitarios dos cenadores, cubiertos por fuera de tupidas madreselvas i campanillas, cuyas flores adornaban las cortinas de vejetacion que se descolgaban, en forma irregular, sobre la entrada de esos que semejaban verdes i floridos torreones, como para encubrir esos recintos románticos que parecian el asilo de los secretos i las delicias del amor. El verde musgo alfonbraba sus alrededores. En su interior no habia mas que un banco formado de troncos de árboles i una mesa de madera blanca sobre la que se levantaba un búcaro de arcilla que contenia flores artificiales.