Era de estatura mediana, de formas delgadas, de rostro ovalado, de cabello rubio, cuyas ondas caian a lo largo de su talle jentil, como una lluvia de oro, lo mismo que sobre su graciosa i pequeña frente, a manera de cortinas doradas.
¡No era una belleza de estos tiempos! El artista habria creido divisar en ella una estátua griega; el creyente una mujer bíblica; ¡el poeta un ánjel enviado del cielo!
V
Los dias festivos, con el primer rayo del sol i el primer repique de las campanas de la parroquia, que llamaban a misa mayor, salia esa niña de su casa, vestida de negro, como un ánjel enlutado, con la frente i la mirada inclinadas por el pudor, cubierta su cabeza con el manto, con un libro de oraciones en la mano i un rosario de cuentas blancas que colgaba del puño de la otra, tomaba camino de la Iglesia.
Su madre, que era una hermosa mujer en la que comenzaba a declinar la juventud, iba a su lado. Su hermanito, niño de ocho a diez años de edad, mui parecido a ella, iba a su otro costado, asido de su mano. Su padre, un hombre, algo encorvado ya con el peso de los años, de cabello escaso i encanecido, de barba blanca que contrastaba con la oscuridad de sus ojos, rodeados de negras pestañas, caminaba a paso lento detras de su esposa i de sus hijos, formando un grupo encantador que parecia un coro de ánjeles dirijiéndose por el camino que conduce del hogar al templo. Un instante despues salia a la puerta de su casa la niña rubia, la de la trensas de oro, con una cestilla llena de panes en la mano que distribuia entre los pobres. Su hermanito que brincaba jugando a su alrededor, le arrebataba sonriendo los panes de la cestilla, con un aire de inocente traicion i le ayudaba a distribuirlos entre los mendigos, que despues de recibir su limosna dirijian a la niña una mirada de humilde gratitud; i se retiraban uno a uno haciéndole una venia de respetuosa despedida.
VI
Berta, que así se llamaba la niña, leia una mañana a "Rafael" de Lamartine, en un pequeño retrete que le servia de costurero i de escritorio; i Raquel, su madre, junto a una ventana i delante de una máquina de coser, bordaba una papelera de esterilla con hebras de seda, dibujaba con ellas las iniciales del nombre de su esposo, i escuchaba atenta i conmovida la lectura de su hija.
Un alfombrado verde que armonizaba por su color con las cenefas del empapelado, las cortinas i el tapiz de los muebles; una mesa central ovalada; un escritorio mui laboreado de madera de nogal que hacia juego con un pequeño estante de libros que se alzaba sobre la mesa i sostenido por la muralla; un divan que cruzaba uno de los ángulos de la habitacion; un confidente colocado con estudiado descuido al costado derecho de la puerta de entrada; algunos cuadros al óleo pintados en láminas de metal i con marcos dorados; algunos libros abiertos, esparcidos aquí i allí, como el Werther de Gœthe, Pablo i Virjinia de Saint-Pierre, Atala i los Mártires de Chateaubriand estaban desparramados ya sobre una mesa, sobre un divan o sobre una máquina de costura.