Mas elegante que encuentro allí;
Si sueño i canto, si rio i lloro,
Todo, tirana lo hago por tí.
¿I tanto anhelo no tiene premio?
¿Cuando se calma tanto rigor?
¿Quieres mi muerte? ¡no seas ingrata!
Paga mi Berta, paga mi amor.
Plácido.»
Berta, perdió el sociego: levantábase la primera oleada de las pasiones en el tranquilo lago de su alma. ¡Sentirse amada por primera vez! ¡Llegar hasta el retiro de su aposento las notas de la lira del poeta i los latidos del corazon del amante! Su inflamable mirada ardia como su alma al través de esos versos, palpitantes de sentimiento. Parecíale descubrir no solo el alma sino hasta el rostro de su desconocido amante.
—¡El alma de este hombre debe ser un alma de fuego! I si la naturaleza fué tan pródiga con él en concederle las dotes del talento, debe haberlo sido tambien en darle los dones de la belleza. ¡Ah! ya me imajino ver en su fisonomia la pureza del tipo romano, los perfiles de un rostro griego.