—No contaba, por cierto, con que al volver al seno de mi familia, para buscar en él el dulce consuelo de mis contrariedades i sufrimientos, fuera para encontrar a mi hija llorosa i aflijida.
—No es nada, contestó Raquel. La esquisita sensibilidad de Berta le ha arrancado lágrimas de conmocion al leer las pájinas de Rafael.
—Ojalá todos los motivos de sufrimiento fueran como ese. Yo acabo de tener uno mayor, hija mia. He recibido hace poco una carta de la Habana que me hace temer, i con sobrada razon, por el mal estado de mis negocios. Un ajente mio en esa ciudad, ha fugado, quién sabe a dónde, llevándose una gran cantidad de café, cascarilla i añil, que le habia enviado para que remitiese a España. Me dicen que su situacion comercial era dificil, i ha querido probablemente usurparme el honrado fruto de mi trabajo i del sudor de mi frente, esponiendo a dejar en la miseria a mi pobre familia.
—Dios remediará tus sufrimientos, contestó Raquel, no sin procurar disimular a su esposo la impresion que le hacia tan funesta nueva. Dios los remediará, i hará que el estafador caiga a manos de la justicia, i que el fruto de su indignidad, que es tambien el fruto de tus desvelos i de tus trabajos, vuelva a tus manos.
—¡I lo peor es que no hai remedio!... dijo Manfredo, interrumpiendo a su esposa.
—No te aflijas, Manfredo. Ni yo ni nuestra hija tenemos ese apego al lujo de la jente vulgar: son buenos sentimientos, i no seda i encajes los que estan gravados en nuestros corazones. Yo, como tú recuerdas, fuí hija de la desgracia; viví largo tiempo del producto de mis trabajos i eso me ha aleccionado i dádome resignacion bastante para sobrellevar la mediania i aun la carencia de la fortuna.
Manfredo, con la frente inclinada i el semblante sombrio, se paseaba silencioso de un estremo a otro de la habitacion.
—I sobre todo, Manfredo, agregó Raquel, ¿sabes que tengo algo bueno que comunicarte?
—¿Que?