Con frutos de bendicion.»
—Por eso, mi querida Berta, no aspires a ser ni Rafael, ni Julia i conténtate con ser la hija tierna i amorosa que concentra en su amor filial todos los perfumes de su alma sensible, todos los latidos de su impresionable corazon.
—Tiene usted razon, madre, dijo Berta, precipitándose a colgarse del cuello materno: ¡tiene usted razon! usted será siempre el único objeto de mi cariño. Hizo resonar un beso en la frente de su madre i agregó:
—Yo la amo a usted tanto como Rafael a Julia. ¿Para qué aspirar a un nuevo amor, si el que a usted le profeso me hace feliz, si constituye la delicia de mi vida? I si he de decirle la verdad, hai en el fondo de mi alma un sentimiento vago e indefinible que me inspira cierto miedo al amor: me parece que huiría de él si lo encontrase en mi camino.
En ese momento la entrada de un perro negro i hermoso anunció la llegada de Manfredo, padre de Berta. Mientras el perro se tendia a los piés de ésta, batiendo la cola i restregando la frente en los pliegues de su vestido, como para acariciarla, llegó Manfredo de la calle i pisó el umbral de la habitacion, en que permanecian abrazadas madre e hija.
VII
Taciturno i pensativo traspasó Manfredo el umbral de la puerta, i al descubrir con sorpresa aquel tiernísimo cuadro doméstico; a la hija llorosa en los brazos de la madre i con la frente inclinada sobre su hombro, se demudó de súbito i se apresuró a preguntar a su esposa:
—¿Algo de desagradable ha ocurrido durante mi ausencia?
Berta i Raquel callaron.
Manfredo reiteró la misma pregunta, con cierta involuntaria ajitacion, i agregó: