«Por lo que hasta aquí llevamos expuesto, termina diciendo después de haberse ocupado en las especies de poesías más usadas en aquellos tiempos, no es difícil conocer cuál es nuestra opinión acerca de sus méritos, y que ahora más paladinamente manifestaremos. Nuestra escuela tenía los defectos de todas las escuelas de trovadores, y esos defectos procedían del equivocado concepto que se habían formado de la poesía, cuyas fuentes buscaban más bien en una mal entendida ciencia, en ciertas ideas convencionales y en un arte material, que en el peculiar ingenio de cada poeta y en el amor de la natural belleza. Sin embargo, la misma escuela nos ofrece en abundante copia en muchas de sus obras toda clase de primores; juiciosas y graves sentencias; pensamientos con gran maestría expresados; arranques de vivo afecto, lenguaje gentil y elegante y bellezas de ejecución que nos traen á la memoria que era aquella la época del gótico más florido y del comienzo del renacimiento artístico. Y por más que con exceso abundasen ciertos géneros y determinadas materias, y que á causa de leerse juntas muchas obras del mismo tiempo se advierta á veces en algunas sobrada uniformidad, nótase en otras bastante variedad y riqueza. Así es que, tomadas en cuenta todas las circunstancias, no trocaríamos nuestra escuela por ninguna otra de trovadores; y si bien no podemos enorgullecernos de poseer ningún Dante, podemos proclamar algunos nombres, no tan sólo de diestros é ingeniosos versificadores, como Valmanya, Sors, Romeu Lull, Gazull y otros, sinó de verdaderos poetas, tales como Pedro March, maestro en poesía moral, Jordi, autor de algún canto de no escaso precio, Corella, que es quien más se aproxima al estilo de la moderna poesía, y sobre todo Ausías March y Jaime Roig, que nos exigen más detenido estudio[33].»
Que además de los caracteres especiales y de los rasgos fisonómicos que dan determinada y propia vida á la poesía catalana en aquel su segundo período, se revela también en ella, al igual que en el período anterior, la influencia de extrañas literaturas, en especial de la italiana y de la clásica, una y otra más conocidas y estudiadas desde que, á consecuencia de la conquista del reino de Nápoles por Alfonso V, se hicieron más frecuentes las relaciones políticas y literarias entre las comarcas orientales del reino aragonés y la Italia, no hay necesidad de apuntarlo. Y si bien va disminuyendo la influencia de la literatura provenzal y no es tan visible cual en la anterior centuria la de la literatura francesa, en cambio adviértese, sobre todo después de la muerte de Ausías March, ó sea desde la segunda mitad de su siglo, la de la poesía castellana, resultado natural del advenimiento al trono de Aragón de la dinastía de Trastamara y del frecuente trato, en la corte de aquel soberano, de los trovadores de Castilla y catalanes, á quienes por igual prodigaba sus favores, y más adelante de la unión de las dos coronas, aragonesa y castellana, al heredar los estados de su padre D. Juan, Fernando II.
Indicábamos hace un momento lo embarazados que debíamos hallarnos para escoger entre la muchedumbre de poetas de aquel tiempo, de que se conservan obras en los antiguos cancioneros de Paris y Zaragoza, los más notables y que mejor y más claramente caracterizan nuestra escuela poética en el mencionado período. ¿Á quiénes, en efecto, conceder los primeros asientos alrededor de Ausías en el coro de poetas que éste preside y por encima de los cuales tan alto brilla, entre el fecundo Torrella, el grande admirador del amante de Teresa; Leonardo de Sors, en una de cuyas más importantes obras no puede menos de reconocerse la influencia del Dante; los dos Masdovellas; el laureado Antonio Valmanya, en alguna de cuyas rimas se revela no menos conocimiento de las producciones de los grandes maestros de las letras italianas, que de los más señalados poetas de la literatura latina; Johan Fogassot, apasionado admirador del desgraciado príncipe de Viana, en cuya muerte escribió una sentidísima elegía; Fr. Rocaberti, que fué de los poetas de su tiempo el que en su Gloria de amor más de cerca siguió las huellas del autor de la Divina Comedia, imitándole, no ya tan sólo en el carácter alegórico que imprimió á aquella obra, sinó hasta en la forma de sus versos; el fecundísimo Romeu Lull, en quien se ve patente la influencia de Ausías March; Mossen Juan Roig de Corella; Mossen Bernardo Fenollar, Miguel Estela, y otros menos conocidos, y quizás más dignos de serlo, pero cuyas rimas dejaron perderse en el olvido la excesiva modestia de sus autores, ó la ninguna diligencia de sus contemporáneos en recogerlas y trasladarlas á la posteridad?
Aun á riesgo, sin embargo, de que desde el fondo de las ignoradas sepulturas donde yacen, al dispensar, sin quererlo, más honra á unos que á otros y á las obras de aquéllos mayor estima que á la de éstos, nos den voces los agraviados, protestando de la ligereza ó injusticia de nuestros fallos, hemos de hacer especial mención de los que, á nuestro juicio, sean dignos, no ya de compartir con Ausías su fama, ya que á este punto no llegó ninguno de ellos, sinó de que se les saque de la oscuridad ú olvido á que se les ha tenido por los extraños y hasta por los propios, vergüenza causa tener que confesarlo, condenados.
Y empezando por Romeu Lull, sin que se entienda que respecto de él y de los que vayamos sucesivamente citando nos propongamos someternos al orden cronológico, ni menos aún al de su respectivo mérito, imposible aquél hoy por la falta de datos biográficos, y éste, por lo poco que de sus obras sabemos, dificilísimo de fijar; y empezando, repetimos, por Romeu Lull, apenas conocido hasta que el Sr. Milá divulgó los títulos de sus composiciones en su Resenya y que dió á la estampa el Sr. Briz algunas de ellas, religiosas y de amor[34], desde luégo podemos decir en su elogio, que le tenemos, á juzgar por las que de él nos quedan, por uno de los más abundantes poetas y diestros rimadores de su tiempo; y si bien en las poesías de aquel primer género nos parece que se le puede poner por debajo de Corella y de otros poetas de menos renombre, le tenemos por uno de los más afortunados y discretos imitadores de Ausías en las eróticas, y en especial en la que llora la muerte de su amada, á quien apellida alguna vez Arxiu de seny y casi siempre Par e sens par, á la manera que aquél Lir entre carts á la suya: en lo cual y en la afición que muestra á versificar en estramps es imposible no ver claros indicios de haber tomado por modelo al trovador amante de Teresa. Hé aquí como muestra de ello la siguiente estancia:
Vingut es temps que 'n amor daré terme
E mon parlar mudará novell lay
Puys que l'a mort ab s' aspasa tan ferma
Ha convertit tot mon delit en guay.