Mucho dudamos que pueda hallarse un poeta más subjetivo; un poeta que, siendo menos plástico, haya sido no obstante más que él aficionado á convertir sus ideas en imágenes, y por lo tanto á personificaciones y semejanzas. ¿Sería que se sintiese como obligado, más que otros, á acudir á ellas por la necesidad de explicar sus conceptos, por lo común abstractos y de suyo oscuros? Así lo creemos. Mas ora fuese éste el motivo, ora efecto de riqueza de imaginación, ello es que sus estancias están como matizadas de comparaciones, unas veces, y son las menos, sacadas de los objetos de la naturaleza, y otras, y con más frecuencia, de las ocupaciones y de los mismos afectos humanos, cual si creyese,—como discretamente observa el señor Quadrado,—que sólo el hombre puede explicar al hombre. Fácil nos sería formar un escogido y primoroso ramillete de ellas con trasladar aquí algunas de las que se encuentran esparcidas en sus cantos; mas creemos que con las que se leen en los fragmentos citados las tendrán nuestros lectores de sobras para apreciar la índole y riqueza de las mismas, á las cuales dan, á nuestro modo de ver, más realce y mayor energía la manera especial y casi siempre idéntica de expresarlas. Dejemos á los descontentadizos y severos Aristarcos, que para andar á caza de defectos pasan no pocas veces distraídos ó mal humorados por delante de grandes bellezas, la poco grata tarea de ir apuntando uno á uno los lunares que afean de vez en cuando las obras de nuestro gran trovador, acá sorprendiendo un verso duro y poco armonioso; señalando más allá alguna estancia prosaica; en un punto notando un giro violento y que no disculpa la libertad de la hipérbaton, en otros indicando algunas rimas imperfectas y poco variadas. Nosotros preferimos gozar en la blancura del lirio y en la fragancia del clavel, más que detenernos en señalar el grano de sucio polvo que habrá arrojado sobre ellos al pasar el viento. No todos los corazones son capaces de comprender, ni todas las inteligencias de apreciar las bellezas de sentimiento ó de concepto que derrama el artista en su obra, y es deber del crítico hacerlas resaltar para que sean más estimadas, por igual modo que el inteligente en pinturas pone á buena luz los cuadros de los grandes maestros para que brillen más y mejor se pueda gozar de sus primores. Bastan para descubrir los lunares de forma que puedan afear una obra del humano ingenio la vista menos ejercitada y una mente no educada en las enseñanzas estéticas; para poder juzgar con acierto á poetas como Ausías March, lo hemos dicho antes de ahora, es preciso ser capaz de sentir lo que habían ellos sentido y comprender lo que habían pensado.
SUCESORES DE AUSÍAS MARCH
Ausías es el astro más esplendente, lo hemos dicho antes de ahora, de la literatura catalana en los tres períodos en que al principio de este trabajo la dividimos. Al bajar al sepulcro va á su ocaso aquella poesía y comienza su crepúsculo vespertino; crepúsculo brillante aún mientras aquel astro ha traspuesto apenas los luminosos linderos del horizonte, pero cuyas esplendentes tintas van oscureciéndose á medida que se va hundiendo más en ellos.
Dejamos apuntados algunos de los caracteres que distinguen de los anteriores el último período de nuestra escuela poética. Ahora que vamos á ocuparnos más detenidamente en él, ¿no nos será dado indicar otros que, más que á la forma exterior, como los que entonces señalábamos, se refieren al espíritu que anima á los asuntos mismos, que son especial objeto de dicha escuela, al mismo tiempo que nos ocupemos en los principales de sus numerosos cultivadores que en ellos se inspiraron?
Hemos advertido más de una vez la dificultad de señalar, careciendo como carecemos de exactas noticias biográficas de un crecidísimo número de ellos, cuáles son los poetas que florecieron después de la muerte de Ausías; pero no tememos mencionar como tales, por más que algunos de ellos alcanzasen los días de este poeta y hasta compusiesen alguna de sus obras en los en que él exhalaba sus tristes ayes en los cantos de muerte, al mayor número de los que tomaron parte en el certamen valenciano de 1474, y sobre todo los concurrentes á las justas poético-religiosas de 1482, 1486 y 1488, algunos de los cuales por haber escrito sus obras en la segunda mitad de aquella centuria y por el carácter especial de las mismas, muy distinto del de las melancólicas y filosóficas esparsas del amante de Teresa, pertenecen en alma y cuerpo, permítasenos la expresión, á la nueva faz que ofrece la catalana escuela poética.
No creemos ofender la susceptibilidad literaria, ni el amor á sus respectivos países de nuestros poetas contemporáneos valencianos y catalanes, ni oscurecer la merecida, pero menos brillante fama de los muchos ingenios que, así en las fértiles llanuras de allende, como en las agrestes comarcas de aquende el Ebro, cultivaron en el mencionado período la gaya ciencia, si les decimos que, á nuestro parecer, que es también el de críticos de más valía que nosotros, aquel período lo fué de decadencia para nuestras patrias letras.
No somos de los que medimos los grados de cultura, ni la importancia literaria de una época dada, por el mayor ó menor número de hombres doctos, poetas y artistas, siquiera sean medianos, que en ella florecieron, ó de los congresos científicos y justas poéticas que se celebraron en la misma, ó por el ruido y aparato de que unos y otras se rodearon. Sin salir de nuestra casa ó con sólo asomarnos á la puerta de la de nuestros vecinos, los provenzales, podríamos hallar un doble testimonio en favor de nuestra opinión en este particular asunto. Mireya y la Atlántida, obras de verdadero ingenio, fueron concebidas y por ventura en parte escritas en el apacible retiro de una casa de campo la primera, y en las vastas soledades del Océano la segunda. Por lo demás, y puestos á un lado y en el alto lugar que merecen aquellas dos producciones, en esta como en la otra parte de los Pirineos no hay más que una sola voz para proclamar que la poesía envejece y decae en medio de los felibrejados de los provenzales y de los innumerables certámenes con que la festejan los catalanes. Copiosísima es la miés que en una y otra comarca, Provenza y Cataluña, se produce; pero raquíticas y de escasa substancia no pocas veces, hueras las más, las espigas que en ellas se cosechan. Mucho el ruido que en ambas se produce; pero es el que hace el viento pasando por espesos cañaverales; no el majestuoso rumor que despide la robusta y solitaria encina al sacudirla la brisa.
Fácil es colegir de lo dicho que estimando como un dato literario, digno de tomarse en cuenta al hacer la reseña del último período de nuestra literatura, sobre todo en la parte que á Valencia le corresponde, la muchedumbre de certámenes que á últimos del siglo XV se celebraron en dicha ciudad, y el número verdaderamente considerable de poetas que á ellos concurrieron; y apreciando al propio tiempo y alabando como es justo los esfuerzos que para el mayor florecimiento de la poesía, y en especial de la religiosa, hiciéronse, con mejor buena voluntad que acierto, por algunas personas influyentes, promoviendo aquellas justas de ingenio, no creemos, sin embargo, que debamos detenernos á hablar uno por uno de todos los poetas, en su mayor parte meros metrificadores, que en ellas figuraron como vencedores ó como vencidos, y de muchos de los cuales apenas se conocen más versos que los impresos en las colecciones que de sus poesías se formaron. Así, pues, dejando para los eruditos y bibliógrafos, que tienen la envidiable suerte de poseer algún ejemplar de los hoy por todo extremo raros libros dados á la estampa en el último tercio del siglo XV y primero del XVI, en que aquéllas se encuentran, el que saquen de la oscuridad en que yacen nombres tan del común de los críticos ignorados como los de Alcañiz, Nájera, Cardona, Gamizo, Llansol, Fira, Sent Climent, Villalba, Balaguer, Ausías de San Juan y otros; ó algunos fragmentos todavía menos conocidos, de escasísimo interés como obras de arte, hablaremos tan sólo, al igual que lo hemos hecho en las anteriores reseñas, de los que, siendo tenidos por más notables, caracterizan mejor aquel período literario en sus principales manifestaciones religiosas y satíricas, ya porque son sin disputa las que en él más dominan ó mayor importancia tienen, ya porque en la expresión de los sentimientos amorosos, los que tales asuntos trataron siguieron por lo común, con más ó menos fortuna, las huellas de su modelo y maestro Ausías.