Qui menys sabia
Mes hi mentia;
E tots parlaven
No s'escoltaven.
Aquellos acentos en que los poetas nombrados y otros de inferior renombre habían exhalado con expresión más ó menos afortunada sus sentimientos religiosos, ó dado acaso con sobrada libertad rienda suelta á sus instintos satíricos; aquellas voces con las cuales se mezclaban á veces los cantos impregnados de tristeza con que algunos imitadores de March, y hasta los mismos poetas citados, cuando se proponían seguir las huellas de éste, celebraban sus amores reales ó fingidos; aquellas obras serias ó de burlas por cima de las cuales asoman, por desgracia para las letras con escasa frecuencia,—ya que nunca fué la patria, con perdón sea dicho, del señor Ferrer y Bigné[52] fuente preferente de inspiración para nuestros antiguos trovadores,—algún canto más varonil y digno de loa, por ser patriótico, con que llora ó celebra algún otro poeta, ora la muerte del príncipe de Viana[53], ora el sitio de Rodas[54], ya la toma de Constantinopla[55], ya los hechos de armas del animoso Alfonso V; aquellos acentos, aquellas voces, aquellos cantos, que se prolongan, aunque perdiéndose de día en día, como ya en otra ocasión decíamos, hasta principios del siglo XVI, son los postreros que exhala la escuela catalana, discípula de la de Tolosa, hasta en las comarcas donde se había ostentado más fecunda, ó sea en el reino de Valencia. Allí, mucho más pronto que en nuestras tierras, la lengua de Castilla pasó á ser la de los trovadores[56]; de tal suerte se adelantó en su cultivo, en daño del habla catalana,—que fué alterándose allí más que en Cataluña y Mallorca,—que ya al promediar aquella misma centuria, casi al propio tiempo en que Lope de Rueda echaba los fundamentos del teatro nacional en Sevilla, hacía Timoneda en Valencia sus primeros ensayos en el arte dramático, que debían enriquecer pronto con sus obras el canónigo Tárrega, Aguilar y otros ingenios contemporáneos del gran Lope de Vega; y que ya en los mismos días en que florecía el poeta-librero, Almudevar, al editar las obras de Roig y el Procés de les olives, lamentábase, en un lenguaje que no distinguiría del que aquí en las tierras catalanas se hablaba el gramático más perspicaz, de la ingratitud de los que, olvidados de la leche que habían mamado, miraban con desprecio las antiguas riquezas literarias de su patria, y salía á la defensa de su idioma contra los que lo acusaban de pobre y frío, siendo así, decía de él, que es muy abundante y muy gallardo[57].
Por fortuna, á aquellos acentos y á aquellos cantos, hoy de pocos conocidos y de menos estudiados, sobrevivieron los de Ausías March, que fueron para los poetas valencianos de los pasados siglos, como lo son para los del presente, cual la sagrada llama que, viviendo, hace que viva y arda en el pecho de aquéllos y de éstos el amor á su antigua poesía.
Ausías March sobrevivió á la antigua escuela catalana, como sobrevivirá á la desaparición,—que retarde Dios muchos siglos,—de la lengua catalana como lengua hablada, al igual que han sobrevivido Virgilio y Horacio al rico idioma de los habitantes del antiguo Lacio. Los que habían sido sus compañeros ó sus discípulos en vida y que habían gozado del privilegio de leer sus valientes estramps y sus melancólicas esparsas, en copias sueltas, que debían multiplicarse prodigiosamente al pasar de mano en mano, al cabo de pocos años podían disfrutar ya del placer de verlas reunidas en más ó menos lujosos manuscritos. Dudamos que de ningún otro poeta se hicieran más colecciones de sus versos que de los del amante de Teresa. De ellos, que sepamos, existen códices en la biblioteca del Rey, del duque de Medinaceli, de Valencia; dos copias más modernas, hechas en 1541 y 1542 por Pedro Vilasaló, una de las cuales existía en poder de Mr. Tastú, de quien sabemos por su hijo que tenía reunido abundantes materiales para hacer una nueva edición de sus poesías, y otra, según Perez Bayer, en la biblioteca Escurialense[58]. Hállanse además continuadas sus obras poéticas, en todo ó en parte, en los Cancioneros de Paris, en el de Zaragoza, y en el que posee entre sus preciosas curiosidades bibliográficas el señor don Mariano Aguiló. Más tarde, 1546, fueron otra vez compiladas las obras de Ausías March en un manuscrito, ordenado, según advierte don Luís Carroz en un prólogo puesto al frente del mismo, en vista de varios antiguos códices y de las dos ediciones hechas en Barcelona en 1543 y 1545.
Existen varias versiones de nuestro poeta, unas que han visto la luz pública, si bien son rarísimas las ediciones donde se encuentran, otras dos que permanecen todavía inéditas, y algunas de las cuales ignórase el paradero. Es para nosotros la primera la del famosísimo humanista valenciano Vicente Mariner, quien transformó los cantos de amor de Ausías en elegantes y fáciles elegías latinas[59]. Esta versión fué dada á la estampa en Tournay en 1633 en 8.º por Luís Pillhet, con otras obras en prosa y verso del mismo traductor. El original de dicha versión, junto con otros escritos del citado humanista, existe en la Biblioteca Nacional de Madrid, rotulado con la signatura F. f. 59. Como la edición de la traducción de Mariner es por todo extremo rara, hemos creido que nos agradecerían nuestros lectores que les diésemos, como en efecto lo hacemos, alguna muestra de ella. Véase el apéndice núm. 4.
Trasladaron, aunque no con grande acierto, los versos de Ausías á la lengua de Castilla Baltasar de Romaní, y más adelante el conocido poeta y novelista Jorge de Montemayor. La versión del primero, que contiene los cantos de muerte y los morales y el espiritual, y únicamente veinte y seis de los de amor, sin duda porque no contenía más el códice que, según él mismo dice, halló entre los papeles de su casa, fué impresa en Valencia por Juan Navarro en 1539. Si bien es una de las cuatro ediciones que tenemos á la vista al escribir este trabajo, excusamos dar su descripción, por cuanto pueden hallarla nuestros lectores, con grande inteligencia y exactitud hecha, en el Catálogo de la Biblioteca Salvá. Considérase con razón la traducción de Romaní muy inferior á la del autor de la Diana, ya por no haber comprendido siempre el sentido del original, ya por haberse querido ajustar demasiado á él cuando le pareció posible hacerlo, con grave perjuicio de la armonía de los versos y especial medida de la lengua de Castilla. La traducción de Montemayor, que únicamente contiene la que él llamó primera parte, ó sea los cantos de amor, debió darse á la estampa en 1560. Si bien ésta es más estimada por los inteligentes que la de Romaní, peca en algunas ocasiones de sobrado libre y en otras de inexacta.