y allí, entre dulces lágrimas, un mundo

dentro del joven corazón nacía.

La voz, que hoy suena, del sagrado bronce

señaló a mi niñez sus alegrías,

y las serenas fiestas de los campos

que el esplendor primaveral nos brindan.

Ese recuerdo de infantil ventura

mi pie detiene en la fatal orilla:

¡Sonad, dulces sonad, himnos celestes!

Pues el llanto brotó, volví a la vida.