Volar no puedo a las esferas donde

nuncia la Buena Nueva voz divina;

pero, a ese acento encariñada el alma,

a sus lejanos ecos se reanima.

Hubo un tiempo en que un ósculo del cielo

el domingo a mis sienes descendía;

goces mil anunciaba la campana,

y era santa oración mi mayor dicha.

Hondo, sereno, irresistible impulso

llevábame a los bosques y campiñas,