de nuevo, Señor, me tienes.

Perdona; a mis labios faltan

palabras grandilocuentes;

pero, aunque el público silbe,

como pueda explicareme.

Reír a las mismas piedras

hiciéranles mis sandeces;

mas tú por nada del mundo

la gravedad, Señor, pierdes.

Comienzo, y nada te digo