las quejas exhalas de aquel doble afán;
los húmedos ojos levantas al cielo;
tus hondos suspiros también allá van.
Tormento cual este, que fiero me oprime,
¿quién puede en el mundo, quién puede sentir?
¡Tú, Virgen piadosa, tú, Madre sublime,
tú sola, que sabes de amar y sufrir!
Doquiera que vaya, mi afán va conmigo;
doquiera lo esconda, lo arrastro detrás;
llorando y llorando mi mal no mitigo;