llorando y llorando no puedo ya más.
Los tiestos que alegran mi pobre ventana
regaba con llanto de acerbo dolor,
cuando, amaneciendo, cogí esta mañana
sus flores que siempre te guarda mi amor.
El sol inundaba, risueño y brillante,
mi humilde aposento con vívida luz,
y el rayo primero me halló vigilante,
sentada en mi lecho, llorando mi cruz.
¡Oh Madre afligida! ¡Oh Madre angustiada!