inocente, serena, inmaculada,

al sacro altar venías!

En ese libro, profanado luego,

orabas balbuciente,

compartiendo entre Dios y el pueril juego

tu espíritu inocente.

Hoy, ¡mísera de ti!, ¿qué sangre esmalta

tu puerta enrojecida?

¿Rezas, di, por tu madre, que tu falta

purga en la eterna vida?