¿qué cobarde congoja rinde y postra

tu valor sobrehumano? ¿Quién tu altiva

aspiración rindió? ¿Por qué desmaya

el corazón soberbio, que en sus vivas

palpitaciones engendraba un mundo,

y con su propia savia lo nutría?

¿Cómo sucumbes, si tender el vuelo

al par de los Espíritus querías?

¡Y eres tú Fausto, el Fausto que me invoca!

¡Eres tú Fausto, y, ¡despreciable hormiga!,