Y en el propio lugar donde la excelsa
legión de los Espíritus me hostiga,
la voz sonó de tan pueril querella.
¡No importa! Tu presencia intempestiva,
hijo vulgar de la ralea humana,
no habrá sido enojosa ni perdida,
pues me arrancó el afán desesperado
que ya todo mi ser estremecía.
Fue la visión tan colosal, que halleme
pigmeo ante ella, y desmayé a su vista.