Y lo que decía no era un sueño, pues apenas acabó de hablar, levantando nuestro Salvador la vista, vio en un ancho espacio, bajo la inmensa bóveda del follaje, una mesa ricamente servida, a la usanza regia, cubierta de platos, de los manjares más exquisitos y sabrosos, de caza de pelo y pluma, preparada en forma de pastel, hecha en el asador o cocida con ámbar gris. Veíanse también toda clase de peces de mar y de río, o cogidos en algún arroyo de suave murmullo; ostras y conchas de las especies más buscadas, por las cuales se había agotado el lago Lucrino, el Ponto y la costa de África. ¡Ah! ¡cuán vulgar era, comparada con todos estos delicados manjares, aquella manzana cruda que tentó a Eva! Y más allá, junto a un rico aparador cargado de vinos de agradable fragancia, manteníanse en buen orden jóvenes servidores de esbelto talle, ricamente vestidos y de más frescos colores que los de Ganimedes o de Hilas. A corta distancia, debajo de los árboles, formaban vistosas danzas, o permanecían graves, las Náyades y las ninfas del cortejo de Diana; llevaban frutos y flores en cuernos de la abundancia; Hespérides más bellas aún que las representadas en las fábulas, o las que encontraron en los solitarios bosques los caballeros de Logres o de Lyons, Lancelot, Peleas o Pellinore[157]. Y entre tanto, oíanse armoniosas melodías producidas por instrumentos de cuerda o por dulces flautas; y de un lado y otro revoloteaban ligeros céfiros, de cuyas alas se desprendían los más suaves perfumes de la Arabia o de las más lozanas flores. Tal era el conjunto de aquel espléndido festín; y el Tentador repitió su invitación de esta suerte:
«¿Por qué el Hijo de Dios vacila en sentarse y comer? Estos no son frutos prohibidos; ninguna ley veda el tocar a estas puras viandas; el hecho de probarlas no supone el conocimiento del mal, sino que preserva la vida, aniquila al enemigo, al hambre, proporcionando un placer que restaura agradablemente las fuerzas del cuerpo. Todos estos que ves, espíritus son del aire, de los bosques y de las fuentes, dóciles servidores tuyos que han venido a rendirte pleito homenaje y reconocer en ti a su Señor. ¿Por qué tardas, pues, Hijo de Dios? Siéntate y come.»
A esto contestó Jesús con mesura y moderación: «¿No dices que tengo derecho sobre todas las cosas? ¿Y quién se opone a que haga uso de él? ¿Debo recibir acaso como donativo lo que me pertenece? Puedo mandar dónde y cuándo lo juzgue oportuno; a mi antojo puedo, no lo dudes, y tan pronto como tú, disponer que me pongan una mesa en este desierto, y llamar a las rápidas legiones de ángeles coronados de gloria, para que me sirvan y me presenten la copa. ¿Por qué te has de anticipar a mis deseos con esa oficiosidad inútil, puesto que no ha de ser aceptada? ¿Y qué tienes tú que ver con mi hambre? Yo desprecio tus pomposos goces, y por artificios tengo tus especiosas dádivas.»
Desconcertado Satán, replicó: «Ya ves, sin embargo, que también yo tengo poder para dar. Si por él le ofrezco voluntariamente lo que hubiera podido conceder a quien se me antojase, y si prefiero satisfacer con oportunidad en este sitio tu aparente necesidad, ¿por qué no has de aceptar mis servicios? Pero veo que cuanto pueda hacer u ofrecer es sospechoso; otros dispondrán sin vacilar de todas estas cosas, que con trabajo se habían ido a recoger muy lejos.» Al pronunciar estas palabras, mesa y manjares se desvanecieron completamente, y se oyó un rumor semejante al producido por las alas y las garras de las harpías. El importuno Tentador se quedó solo y con las siguientes palabras continuó su pérfida obra:
«El hambre, que doma a todos los seres, no te ocasiona dolor alguno, y por consiguiente no te impresiona; además de esto, tu sobriedad es invencible, pues no permites al apetito ejercer influencia en tu voluntad. Todo tu corazón aspira a elevados designios, a grandes acciones; pero ¿de qué manera las llevarás a cabo? Las grandes empresas requieren poderosos medios: desconocido, sin amigos, y de oscuro nacimiento, pasas por hijo de un carpintero; te has criado en la pobreza y la estrechez en tu morada, y estás perdido en este desierto, sufriendo hambre. ¿Por qué camino, o por qué esperanza aspiras tú a la grandeza? ¿En qué autoridad te apoyas? ¿Qué sectarios, qué partidarios puedes ganar? ¿Piensas por ventura que la inconstante multitud siga tus pasos más tiempo del que tú podrás alimentarla a tus expensas? Con el dinero se adquieren honores y amigos y se conquistan reinos. ¿Qué, sino el oro, encumbró a Antipater, el Idumeo, y colocó a su hijo Herodes en el trono de Judea, ese trono que te pertenece, permitiéndole adquirir poderosos amigos? Si quieres, pues, llegar a grandes cosas, comienza por reunir riquezas y bienes, y acumular tesoros, lo cual no te será difícil si mis consejos sigues. Las riquezas son mías; en mi mano está la fortuna; aquellos a quienes favorezco, prosperan y se enriquecen muy pronto; mientras que la virtud, el valor y la sabiduría quedan sumidos en la indigencia.»
A cuyas palabras contestó Jesús sin impacientarse: «Sin embargo, la riqueza, sin estas tres virtudes, es impotente para alcanzar el predominio, o conservarle cuando se adquiere. Testigos de ello son aquellos antiguos imperios de la tierra, que se aniquilaron en el apogeo de su prosperidad, al paso que los hombres dotados de esas virtudes, aun sumidos en la mayor pobreza, se distinguieron a menudo por los más grandiosos hechos. Tales fueron Gedeón, Jefté, y aquel joven pastor, cuya raza ocupó tantos siglos el trono de Judea, y que debe subir a él de nuevo para reinar sin fin en Israel. Entre los paganos (pues no ignoro los hechos dignos de memoria que se han llevado a cabo en el mundo), ¿no te acuerdas de Quinto Fabricio, de Curcio y de Régulo[158]? Yo estimo los nombres de esos varones que a pesar de su pobreza, pudieron hacer grandes cosas y despreciar las riquezas, aún siendo estas ofrecidas por mano de los reyes. ¿Y por qué he de ser incapaz, a despecho de mi indigencia, de llevar a cabo lo que ellos han hecho, y acaso más? No ensalces, pues, las riquezas, objeto del afán de los necios, embarazosas para el sabio, cuando no un lazo más propio para debilitar la virtud y aniquilar su energía, que para impelerla a hacer lo que merece aprecio. ¿Qué mucho si rechazo las riquezas y los reinos con semejante aversión? No porque una corona, que aunque resplandeciente de oro solo es tejido de espinas, no lleve consigo peligros, tribulaciones, cuidados y noches de insomnio para el que ostenta la diadema real, cuando sobre sus hombros carga el peso de todos, pues tal es el deber de un rey; su honor, su virtud, su mérito y principal gloria consisten en llevar ese peso para bien del pueblo. No obstante, el que reina en sí mismo, el que gobierna los deseos, los temores y las pasiones, es aún más rey; esto es lo que alcanza todo hombre sabio y virtuoso; y el que no lo consigue, mal hace en aspirar a regir las ciudades de los hombres o de las multitudes turbulentas, mientras reina la anarquía en su corazón o alimenta mezquinas pasiones que le esclavizan. Conducir a las naciones por la recta senda con saludables doctrinas, llevarlas del error a la verdad, e inducirlas a rendir a Dios un culto noble y puro, es todavía más digno de un rey. He aquí lo que eleva el alma, lo que gobierna al hombre interiormente, esto es, en la más noble parte de nosotros mismos. Ese otro poder que solo sobre el cuerpo domina, y por la fuerza a menudo, no puede servir de verdadera satisfacción al hombre generoso que así reina. Además, siempre se consideró como acción más noble y gloriosa dar un reino que usurparlo, y como mucho más magnánimo renunciar a una corona que aceptarla. Las riquezas son, pues, superfluas, tanto por sí mismas como para el objeto que, según pretendes, deben buscarse, para adquirir un cetro, que con frecuencia vale más rehusar.»
LIBRO TERCERO
ARGUMENTO
Pronunciando un discurso por demás lisonjero y encomiástico, Satán procura despertar en Jesús la ambición de gloria; al efecto cita algunos ejemplos de conquistas realizadas, y de actos heroicos llevados a cabo por varios hombres en un remoto período. Nuestro Señor contesta demostrando la vanidad de la gloria mundana, y los impropios medios con que se alcanza generalmente, poniéndola en parangón con la que se adquiere por la resignación religiosa y la virtuosa sabiduría, personificadas en Job. Satán justifica el amor a la gloria por el ejemplo de Dios mismo, que la requiere de todas sus criaturas. Jesús patentiza la falacia de este argumento, probando que, como la bondad es el verdadero terreno donde se alcanza la gloria para el gran Criador de todas las cosas, los hombres pecadores no tienen de ningún modo derecho a ella. Satán excita entonces a nuestro Señor a reclamar su derecho al trono de David; dícele que siendo el reino de Judea en aquella época una provincia romana, no podría apoderarse de él sin grandes esfuerzos por su parte; y le insta a que se apresure a reinar. Jesús le contesta, que así esta como todas las cosas, debe realizarse a su tiempo debido; y después de indicar algo acerca de sus propios padecimientos, pregunta a Satán por qué se muestra tan solícito por el encumbramiento de aquel cuya elevación tiene por objeto la derrota de su enemigo. Satán replica, que como su situación es tan desesperada, poco puede ya temer; y que debiendo ser igualmente castigado por su falta, prefería reinase Aquel de cuya aparente benevolencia podía esperar más bien alguna intervención en su favor. El Enemigo prosigue con sus primeras instigaciones; y suponiendo que la marcada repugnancia de Jesús a engrandecerse podría ser debida a no conocer el mundo ni sus glorias, condúcele a la cima de una alta montaña. Desde allí le muestra la mayor parte de los reinos del Asia, llamando particularmente su atención sobre ciertos extraordinarios preparativos guerreros de los Partos para resistirse a las incursiones de los Escitas. Manifiesta después a nuestro Señor, que le enseña aquello expresamente a fin de que pueda ver cuán necesario es el empleo de las armas para conservar los reinos, así como para someterlos en su origen; aconséjale considere cuán imposible era defender a Judea contra dos vecinos tan poderosos como los Romanos y los Partos, y cuán necesario sería aliarse con uno u otro de ellos. Al propio tiempo le recomienda la alianza de los segundos, comprometiéndose a proporcionársela; asegúrale que por este medio podrá defender su poderío de todo cuanto intentaren contra él Roma o César; que le es dado extender su gloria por do quiera, y especialmente realizar lo que era necesario sobre todo para que el trono de Judea fuese en realidad el de David, es decir, libertar y restablecer las diez tribus, que aún estaban cautivas. Jesús después de hacer algunas ligeras observaciones acerca de la vanidad de los aparatos guerreros y de la debilidad del brazo humano, añade, que cuando llegue la hora de ocupar el trono que le está destinado, no vacilará un momento. Admírase luego del extraordinario interés que manifiesta Satán por la libertad de los Israelitas, de quienes había sido siempre al parecer enemigo, y declara que su esclavitud es la consecuencia de su idolatría; pero que en una época futura podría ser del agrado de Dios volver a llamarlos y restituirles su independencia y país natal.