«¡Oh! ¿de qué me sirve ahora el alto honor de haber concebido de Dios? ¿De qué esa salutación, ese insigne favor de haber sido bendecida entre todas las mujeres, puesto que no son menores mis penas, y me depara la suerte aflicciones mucho más profundas que las de otras mujeres, por causa del fruto que he llevado? Vio la luz en un momento en que apenas se pudo encontrar un abrigo para preservarle a él y a mí del frío; nuestro asilo fue un establo, y un pesebre le sirvió de cuna. Pronto nos vimos obligados a huir a Egipto, hasta que murió el rey asesino, que quería su vida, y que inundó de sangre infantil las calles de Bethleem. Desde Egipto regresamos a nuestra morada de Nazaret, donde vivimos muchos años. Su vida tranquila y contemplativa se deslizaba en el retiro doméstico, sin que pudiera inspirar sospechas a ningún rey; pero hoy, que ha llegado a la edad viril, siendo reconocido, según dicen, por Juan Bautista, y declarado públicamente Hijo de Dios por la voz de su Padre, ¿podré esperar un gran cambio en su favor? No, pero sí una pena, como lo ha predicho el anciano Simeón, pues según él, mi hijo será causa de que muchos caigan en Israel, encumbrándose otros; y en apoyo de este pronóstico, anunciome que una espada me traspasaría el corazón. ¡Tal es la suerte que me ha sido deparada; mi gloria me impone muchas penalidades! A lo que parece, afligida puedo estar y ser bendita al mismo tiempo; no me quejaré ni murmuraré tampoco. Pero ¿dónde se detiene ahora? Sin duda está oculto para llevar a cabo algún gran designio. Cuando apenas contaba doce años, se perdió; mas al encontrarle, reconocí al punto que no se podía extraviar, y que se ocupaba en los asuntos de su Padre. Reflexioné sobre el sentido de sus palabras, y luego le comprendí muy bien. Su ausencia se prolonga mucho más esta vez, porque medita en el retiro algún gran proyecto; pero acostumbrada estoy a esperarle con paciencia; mi corazón ha sido desde hace largo tiempo como un depósito de importantes cosas, de palabras recogidas, de pronósticos y de acontecimientos extraordinarios.»
Así María, reflexionando a menudo, y repasando en su memoria cuanto había sucedido de notable desde que se le dirigió la primera salutación, esperaba el cumplimiento con dulce humildad. Su Hijo, entretanto, recorría solo el salvaje desierto; pero alimentado con las más santas meditaciones: bajó en él mismo el espíritu, y de pronto le fue revelada toda su grande obra futura: vio cómo debía comenzar, el mejor medio de llenar el objeto de su venida a la tierra, y su elevada misión. En cuanto a Satán, después de insinuar hábilmente que volvería pronto, dejó a Jesús y trasladose rápidamente a las regiones medias del aire condensado, donde todos sus próceres celebraban consejo. Una vez allí, sin aire jactancioso ni alegría, con señales de inquietud, y pálido el semblante, habloles de este modo:
«Príncipes, antiguos hijos del cielo, tronos etéreos, ahora espíritus de demonios, a cada uno de los cuales han sido asignados los elementos de su reino, y que debierais llamaros con más justicia poderes del fuego, del aire, del agua y de la tierra (¡así pudiéramos conservar estas humildes residencias sin nuevas perturbaciones!). Sabed que contra nosotros acaba de levantarse un enemigo que nos amenaza nada menos que con expulsarnos al infierno. Según lo proyecté, y revestido de los poderes que me disteis por vuestro voto unánime, le he hallado, le he visto y sondeado; pero encuentro una resistencia muy distinta de la que me opuso Adán, el primer hombre. Aunque este no sucumbió sino por las seducciones de su mujer, es inferior por mucho al enemigo de que os hablo, pues si bien hombre por parte de madre, le ha dotado el cielo de superiores dones, de una perfección absoluta, de una gracia divina y de una fuerza de espíritu capaz de las más grandes acciones. Por eso vuelvo ahora, temeroso de que el recuerdo de mi triunfo cerca de Eva, en el Paraíso, os indujese equivocadamente a contar por seguro igual éxito en este caso. Antes bien, os invito a todos a prepararos para secundarme con mano firme o con vuestro consejo, a fin de que yo, que hasta el día no he hallado en parte alguna quien me iguale, no sea completamente vencido.»
Así habló la vieja Serpiente para expresar sus dudas, y por todas partes fueron acogidas sus palabras con aclamaciones, que le aseguraban eficacísimo auxilio, cuando en medio de todos se levantó Belial, el más disoluto de los espíritus que cayeron; el más sensual, y después de Asmodeo, el más carnal de los demonios, quien emitió de este modo su parecer y consejo: «Poned ante su vista y a su paso la más hermosa de las hijas de los hombres; muchas hay en cada país, cuya belleza aventaja a la del firmamento, más semejantes a diosas que a mortales criaturas, graciosas, discretas, hábiles en amorosas lides, de lenguaje seductor y persuasivo; que a una virginal majestad saben reunir la más dulce ternura; pero cuya aproximación es peligrosa, porque saben retirarse hábilmente, arrebatando en pos de sí los corazones, prendidos en amorosas redes. Semejantes seres tienen poder suficiente para dulcificar y domeñar los caracteres más rígidos, para desarrugar el entrecejo de los más graves, enervar, seducir con esperanzas voluptuosas, engañar inspirando crédulos deseos, y conducir a su antojo los más viriles y resueltos corazones, como el imán atrae al más duro hierro. Las mujeres, cuando no otra cosa, ganaron el corazón del más sabio de los hombres, de Salomón, induciéndole a erigir templos, donde adoró los dioses de aquellas.»
A lo cual contestó Satán al punto de este modo: «Belial, inicuamente juzgas a los demás por ti mismo, porque ya desde un principio te prendaste de amor por las mujeres, admirando sus formas, su color, sus graciosos atractivos; y creer que no hay ninguno a quien no seduzcan semejantes dijes. Antes del diluvio, tú y los de tu temible hueste, llamados todos falsamente hijos de Dios, recorristeis la tierra, fijando vuestras impúdicas miradas en las hijas de los hombres; os unisteis a ellas, y disteis nacimiento a una poderosa raza. ¿No hemos visto, o por lo menos oído decir, cómo tiendes tus lazos en los salones y palacios de los reyes, lo mismo que en los bosques y arboledas, a orillas de la musgosa fuente, en el valle o en el verde prado, para engañar a algunas raras bellezas? Calisto, Climene, Dafne, Semele, Antíope, Amimones, Syrinx, y otras muchas que sería muy largo enumerar, fueron víctimas de tus persecuciones. Tú las engañaste, tomando la forma de algunos héroes adorados, tales como Apolo, Neptuno, Júpiter, Pan, Sátiro, Fauno o Silvano; pero estas lides no agradan a todos. ¡Cuántos no habrá, entre los hijos de los hombres, que han desdeñado con ligera sonrisa la belleza y sus incentivos; y que supieron rechazar fácilmente sus ataques, fijando sus pensamientos en objetos más nobles! Acuérdate de aquel joven conquistador que vino de Pella[153]; ya sabes con qué indiferencia miró a todas las hermosuras del Oriente, pasando entre ellas sin fijar su atención; recuerda también a aquel que recibió su nombre del África en la flor de su juventud y supo respetar a la hermosa doncella íbera[154]. En cuanto a Salomón, vivió entre el fausto y la abundancia, colmado de gloria y de riquezas, sin aspirar a mayor dicha que la de disfrutar de su elevada posición; por ello estuvo expuesto a las seducciones de las mujeres. Pero aquel con quien tenemos que habérnoslas es mucho más sabio que Salomón, de un espíritu más elevado; y está dispuesto a realizar cumplidamente las más grandes empresas. ¿Qué mujer quieres encontrar, aunque fuese la maravilla y gloria de esta generación, en la que él se dignase fijar una mirada de deseo? Aun cuando, segura de sí misma, cual otra reina adorada en el trono de la hermosura, se presentase revestida de todos los atractivos propios para enamorar, así como Venus, que con su ceñidor ganó el corazón de Júpiter, según cuentan las fábulas, una sola señal de su frente majestuosa, en la que parece resplandecer la virtud, avergonzaría a esa pobre criatura, disipando todos sus encantos. Abatiría su orgullo o le transformaría en respetuoso temor. La belleza no inspira admiración sino a los espíritus débiles, que por ella se dejan cautivar; cesa de admirarla, y todas sus galas caen, convirtiéndose en trivial juguete; queda de pronto confundida a la primera mirada de desdén. Por lo tanto, con medios más enérgicos debemos combatir su firmeza; con otros de más ostentación; con las dignidades, los honores, la gloria y el favor popular, esos escollos donde han naufragado a menudo los más grandes hombres. O bien convendría despertar en él los deseos que pueden satisfacerse legítimamente, sin violar las leyes de la naturaleza. Yo sé que ahora le atormenta el hambre en un vasto desierto, donde no es posible encontrar alimento alguno: lo demás corre de mi cuenta, pues no dejaré de aprovechar toda ventaja, poniendo a prueba su firmeza tantas veces como necesario fuere.»
Calló Satán; y las ruidosas aclamaciones con que fueron acogidas sus palabras, hiciéronle comprender que merecían la aprobación general. Sin detenerse un punto, formó una escogida hueste de espíritus, sus rivales en astucia, a fin de tenerlos a mano, dispuestos a presentarse a la primera señal, si se ofrecía una ocasión de hacer entrar en escena a diversos personajes. Cada uno de aquellos espíritus sabía su papel; y con ellos emprende Satán su vuelo hacia el desierto, donde noche tras noche, después de cuarenta días, aún ayunaba el Hijo de Dios. Padeciendo entonces hambre, por primera vez, decíase a sí mismo:
«¿Cuándo acabará esto? Por espacio de cuarenta días he recorrido este desierto laberinto sin probar ningún alimento y sin sentir apetito alguno: ni atribuyo a virtud semejante privación, ni como sufrimiento la considero; si la naturaleza no lo necesita, o si la protección de Dios alimenta el cuerpo debilitado sin el auxilio de aquella, ¿qué mérito tiene el ayuno? Pero ahora me aqueja el hambre, lo cual indica que la naturaleza reclama lo que ha de menester. Sin embargo, Dios puede satisfacer esta necesidad de otro modo, aunque persista el hambre; y si esta me acosa sin perjudicar al cuerpo, por contento me daré, sin temer daño alguno de su aguijón. Sin cuidado estoy si me alimentan mejores pensamientos, porque alimentándome así, y a pesar del hambre, cumpliré mejor aún la voluntad de mi Padre.»
Era la hora de la noche cuando el Hijo de Dios se hablaba de este modo durante su silencioso paseo, yendo después a buscar reposo bajo la hospitalaria bóveda que formaban unos árboles estrechamente enlazados por sus copas. Allí se durmió, y tuvo unos sueños tales como suelen acosar a aquel a quien aqueja el hambre; es decir, que soñó manjares y bebidas, dulce alivio de la naturaleza. Parecíale hallarse junto al arroyo de Cherith, y que veía a los cuervos de duro pico llevar a Elías su alimento por mañana y tarde, respetándolo a pesar de su natural voracidad. Vio también cómo el profeta había huido al desierto, donde se durmió bajo un enebro; cómo al despertar encontró su cena preparada sobre las brasas; y cómo fue invitado por el ángel para levantarse y comer, y comió por segunda vez después de haber descansado. Las fuerzas que cobró así le sostuvieron por espacio de cuarenta días: unas veces participaba Jesús del alimento de Elías, y otras, imitando al huésped de Daniel, probaba sus legumbres. Así pasó la noche: la alondra, mensajera del día, abandonó entonces su nido, remontándose por los aires para esperar la salida de la aurora y saludarla con su alegre canto. Tan ligeramente como ella, nuestro Salvador abandonó su lecho de césped, reconociendo al punto que todo había sido un sueño; en ayunas se había entregado al reposo y en ayunas se levantaba. Entonces se encaminó a una colina a fin de examinar desde su elevada cumbre el país vecino, para ver si divisaba alguna cabaña, algún redil de ovejas o un ganado; pero no descubrió ninguna choza, ni rebaño ni redil; solo divisó en el fondo de un valle un delicioso bosquecillo, donde gorjeaban ruidosamente las aves cantoras. Hacia allí enderezó su paso, con intención de reposar por la tarde, cobijándose a la sombra de aquellas vastas bóvedas de verdura, bajo las cuales se paseó, recorriendo las sombrías alamedas abiertas en medio de los solitarios bosques. Parecía el conjunto obra de la naturaleza misma, pues esta enseña al arte; y una mirada supersticiosa habría creído ver allí el asilo de las ninfas y dioses de la selva. Dirigía Jesús una mirada en torno suyo, cuando de pronto se presentó un hombre a su vista. No era un rústico, como la vez primera, antes por el contrario, vestía un traje más aliñado, como el de un habitante de la ciudad, o de un hombre que ha vivido en la corte o en los palacios. Dirigiose al Hijo de Dios, y con expresivo decir, hablole en estos términos:
«En uso del permiso concedido, vuelvo a presentarme respetuosamente; pero admírame ahora mucho más que el Hijo de Dios habite tanto tiempo esta salvaje soledad, falto de todo recurso, padeciendo hambre, como bien me consta. Otros personajes de cierta nota, según la historia refiere, hollaron también este desierto: la criada fugitiva[155], expulsada con su hijo de la casa de su amo, encontró aquí alivio, merced a un ángel protector: toda la raza de Israel hubiera perecido aquí de hambre, si Dios no hubiese hecho caer el maná del cielo; y aquel audaz profeta, natural de Tebas[156], al vagar por estos lugares fue alimentado dos veces por una voz que le invitaba a comer. Durante cuarenta días, nadie se ha cuidado de ti; has sido olvidado todo este tiempo y aún más.»
A lo cual contestó Jesús: «¿Qué deduces de aquí? Todos ellos tuvieron necesidad de comer; pero yo, según ves, no la experimento.» «¿Cómo es, entonces, que te aqueja el hambre? replicó Satán; dime, ¿si te presentasen ahora alimento, no querrías comer?» «Eso sería según quien me lo ofreciera,» contestó Jesús. «¿Y por qué dependería tu negativa de esta causa? repuso el sutil enemigo. ¿No tienes tú derecho sobre todas las cosas creadas? ¿No te deben todas las criaturas con justo título, obediencia y vasallaje, estando obligadas a poner a tu disposición todas sus fuerzas, sin esperar tus órdenes? No hablo yo de las viandas impuras, según la ley, ofrecidas a los ídolos, y que el joven Daniel pudo rehusar; ni de las servidas por un enemigo; mas cuando aqueja la necesidad, ¿quién repara en escrúpulos? Mira, avergonzada la naturaleza, o mejor dicho, turbada por que hayas padecido hambre, ha elegido entre todos los elementos sus más selectas provisiones a fin de regalarte cual conviene, a ti que eres su Señor: dígnate solo sentarte y comer.»