Así habló nuestro Salvador; pero el astuto Enemigo, aunque poseído interiormente de rabia y despecho, disimuló, y contestole con dulzura en estos términos: «Severo has sido en tu reprimenda, y con dureza censuras los actos a que me ha impelido mi desdicha, y no la voluntad. ¿Dónde podrías encontrar fácilmente un mísero que no se sienta impulsado a menudo a separarse de la verdad, si le ofrece alguna ventaja mentir, negar, fingir, lisonjear o abjurar? Pero tú eres superior a mí; tú eres Señor; de ti puedo y debo sufrir con sumisión reprensiones o censuras, congratulándome de salir librado a tan poca costa. Escabrosas son las sendas de la verdad, y penoso recorrerlas; pero es dulce anunciarla, agradable el oírla; es melodiosa como el caramillo campestre o el canto de los pastores. ¿Qué extraño, pues, que me complazca en oír las máximas por tu labio pronunciadas? Los más de los hombres admiran la virtud, sin ser capaces de seguir su senda: permíteme, pues, oírte, ya que he venido donde otros no llegan, y que procure al menos conversar contigo, aunque sin esperanza de igualarte. Tu Padre, que es santo, sabio y puro, tolera que el sacerdote hipócrita o ateo huelle su sagrada mansión, y ejerza su ministerio cerca del altar, poniendo sus manos sobre las cosas santas, y elevándole preces y oraciones. Hasta se ha dignado prestar su voz a Balaam, el profeta réprobo: no me prohíbas, pues, acercarme a ti.»

«Aunque conozco tu objeto, contestó el Salvador, ni deseo que vengas aquí, ni te lo prohíbo: obra según el permiso que del cielo recibas: nada más puedes hacer.»

Calló el Salvador, e inclinándose Satán, con sombrío disimulo, desapareció evaporándose, en el aire ligero. Entonces la noche comenzó a extender sus densas sombras sobre el desierto, cubriéndole al fin con sus tenebrosas alas: las aves descansaban en sus nidos de arcilla, y las fieras salían en busca de una presa.

LIBRO SEGUNDO


ARGUMENTO

Inquietos los discípulos de Jesús por su prolongada ausencia, discurren entre sí acerca de ella. También María da rienda suelta a su maternal ansiedad, evocando con este motivo el recuerdo de muchas circunstancias referentes al nacimiento y temprana vida de su Hijo. Satán se presenta otra vez ante sus infernales consejeros, dales cuenta del mal éxito de su primera tentativa contra nuestro Señor, y les pide consejo y auxilio. Belial propone tentar a Jesús por medio de las mujeres; pero Satán le reprende por su disolución, acusándole de todo el libertinaje de este género, atribuido por los poetas a los dioses; y rechaza su proposición, por no ofrecer en modo alguno probabilidades de éxito. Después indica otros medios de tentación, particularmente el de aprovecharse de la circunstancia de estar padeciendo hambre nuestro Señor; y formando una legión de espíritus escogidos, marcha con ellos a continuar su obra. Jesús sufre los tormentos del hambre en el desierto. Llega la noche; descríbese cómo la pasa nuestro Salvador. Avanza la mañana: Satán reaparece ante el Mesías, y después de manifestar su extrañeza por verle tan abandonado en el desierto, donde otros habían sido alimentados milagrosamente, le tienta con un suntuoso y espléndido banquete. Jesús rechaza la oferta y aquel se desvanece. Viendo Satán que no puede vencer a nuestro Señor por el apetito, le tienta de nuevo ofreciéndole riquezas como medio de alcanzar poderío. Jesús rehúsa también, citando muchos casos en que personas pobres y virtuosas llevaron a cabo nobles acciones; demuestra al propio tiempo el peligro que llevan consigo las riquezas, y los cuidados y disgustos inseparables del fausto y del poder.

Entre tanto, los discípulos recientemente bautizados, que aún permanecían en el Jordán con su precursor; que habían visto al que acababa de ser proclamado Mesías de una manera tan expresa, y declarado Hijo de Dios, y que creyeron en aquella autoridad superior, con la cual habían conversado y vivido (me refiero a Andrés y Simón, tan ilustres más tarde, así como otros no citados en la Sagrada Escritura), echando de menos la presencia de Aquel cuya llegada les causara tal regocijo (tan tardío como prontamente desvanecido), comenzaban a dudar, y dudaron aún muchos días. Cuanto más se prolongaba la ausencia, más aumentaba la incertidumbre: imaginábanse algunas veces que el Mesías solo habría sido mostrado al mundo para volver por cierto tiempo al lado de Dios, como Moisés en la montaña, donde permaneció mucho tiempo; y como el gran Tesbita, que se elevó al cielo llevado en ruedas de fuego para volver un día. He aquí por qué, así como los jóvenes profetas buscaron entonces cuidadosamente a Elías, creyéndole perdido, así los discípulos recorrieron los lugares inmediatos a Bathabara, Jericó, la ciudad de las palmas, Æsón, la antigua Salem, Machœros, y todas las ciudades y aldeas construidas en las márgenes del ancho lago de Genezaret o en la Perea; pero todas sus pesquisas fueron inútiles. Entonces, en la orilla del Jordán, cerca de una pequeña bahía donde los vientos juguetean susurrando entre las cañas y los mimbres, unos sencillos pescadores (no se les designaba entonces con más pomposo nombre) en humilde cabaña reunidos, lamentábanse de su inesperada pérdida, y así exhalaban sus quejas:

«¡Ay! ¡en qué triste abatimiento hemos vuelto a caer después de las halagüeñas esperanzas que habíamos concebido! Nuestros ojos contemplaron al Mesías, cuya venida era cierta, y que tanto tiempo esperaron nuestros padres; hemos oído sus palabras, admirando su sabiduría llena de gracia y de verdad. «Y ahora, ahora es seguro que la redención está próxima, y que el reino de Israel será recobrado.» Así nos regocijábamos; pero nuestra alegría se ha trocado bien pronto en incertidumbre y en nuevo asombro. ¿Dónde habrá ido? ¿Qué accidente ha sido la causa de que desaparezca de entre nosotros? ¿Se quiere retirar acaso después de haberse dejado ver, aplazando de esta suerte la realización de nuestra esperanza? Dios de Israel, envíanos a tu Mesías, que ya es la hora llegada: mira a los reyes de la tierra, cual oprimen a tus elegidos, hasta qué punto se ha elevado su injusto poderío, y cómo, escudados con él, ningún temor les infunde ya tu brazo. Levántate para ostentar tu gloria, y libra a tu pueblo del ominoso yugo. Mas, aguardemos; hasta ahora ha cumplido su promesa enviándonos su Cristo; nos lo ha revelado por su gran profeta, designándole y mostrándole en público, y con él hemos conversado. Alegrémonos, pues, y deponiendo todos nuestros temores confiemos en su providencia; no nos faltará; no le llamará a sí; no se burlará de nosotros privándonos de la bendita presencia de Aquel cuya llegada nos había regocijado, y pronto veremos al objeto de nuestro anhelo y alegría.»

Así es como, después de exhalar sus quejas, recobraron la esperanza de encontrar al que habían hallado ya sin buscarle. En cuanto a su madre, María, cuando vio que los otros volvían del bautismo sin su hijo, a quien no habían dejado tampoco en las orillas del Jordán; y que no se tenía noticia alguna de su paradero, aunque su corazón estuviese tan tranquilo como puro, su inquietud y temores maternales tomaron incremento, despertándose en su espíritu algunas tristes reflexiones, que entre suspiros así se traducían: