«¡Oh, qué cúmulo de pensamientos se agolpan a la vez a mi espíritu cuando considero lo que siento en mi interior, y al escuchar lo que a mis oídos llega desde fuera, tan poco conforme todo con mi presente estado! Siendo todavía un niño, ningún juego de la infancia tenía encanto para mí; todo mi espíritu se fijaba seriamente en aprender y saber, a fin de practicar luego cuanto pudiese contribuir al bien público. Creíame yo nacido para este fin, para propagar toda verdad, para promover toda acción loable; y por eso leí la ley de Dios en mis infantiles años; y me pareció tan admirable, que constituía todas mis delicias. Así logré adquirir tal sabiduría, que antes de cumplir los doce años, en la época de nuestra gran fiesta, habiendo entrado en el templo para oír a los doctores de la ley y proponerles cuestiones que pudieran ilustrar mis conocimientos o los suyos, fui de todos admirado. Empero, no era esto todo a lo que yo aspiraba; ardía en deseos de llevar a cabo sublimes actos, hechos heroicos: unas veces ideaba librar a Israel del romano yugo, y otras domeñar y reprimir en toda la tierra la violencia brutal y el orgullo de los tiranos poderosos, hasta que la verdad fuese libre y se restableciera la equidad. Sin embargo, pareciome más humano, y más glorioso a la vez, conquistar primero con benévolas palabras los corazones bien dispuestos; y hacer por la persuasión lo que se consigue con el temor. Resolví, en fin, dirigir y enseñar a las almas extraviadas, a las que no pecan voluntariamente, sino por ignorancia; y someter tan solo a las rebeldes. Pronto se apercibió mi madre de que alimentaba tales ideas, pues harto se traducían de vez en cuando por mis palabras; y regocijada interiormente, llamome aparte y me dijo: “Nobles son tus pensamientos, hijo mío; pero debes conservarlos y procurar su desarrollo hasta que alcancen esa sublimidad a que pueden elevarlos la santa virtud y el mérito, por grande que sea el modelo que tienes en el Altísimo. Imita a tu incomparable Maestro, practicando actos superiores a los de todo hombre, pues sábelo, no eres hijo de ningún mortal, por más que las gentes te crean de oscuro nacimiento. Tu Padre es el Rey eterno, que gobierna todo el cielo y la tierra, los ángeles y los humanos. Un enviado de Dios predijo tu nacimiento, anunciando que serias concebido en mí, aunque virgen; pronosticó también que serias poderoso, que ocuparías el trono de David, y que tu reino no tendría fin. Cuando tú naciste, los pastores que en los campos de Belén guardaban por la noche sus ganados, oyeron un cántico glorioso de los ángeles, el cual les anunciaba que acababa de nacer el Mesías, indicándoles dónde le podrían ver. Entonces fueron a buscarte, conducidos hacia el establo donde reposabas, pues en la posada no se había encontrado sitio mejor. Una estrella que apareció en el cielo, jamás vista antes, guió hasta aquí desde el oriente a unos hombres sabios, que vinieron a rendirte homenaje, ofreciéndote incienso, mirra y oro. Por su brillante luz conducidos, hallaron el lugar donde naciste, asegurando que era tu estrella la que acababa de aparecer en el cielo, y que por ella habían sabido el nacimiento del Rey de Israel. El justo Simeón y la profetisa Ana, por una visión advertidos, fueron al templo para verte; y ante el altar y los sacerdotes dijeron cosas semejantes, que oyeron todos los que allí se hallaban.”

»Enterado de estos pormenores por boca de mi madre, volví a leer de nuevo la ley y los profetas, buscando cuanto se había escrito respecto al Mesías, de lo cual solo conocían una parte nuestros escribas. Pronto comprendí que yo era aquel de quien hablaban, y principalmente, que debía seguir mi carrera, sufriendo rudas pruebas, y aun la muerte, antes de serme lícito alcanzar el reino prometido o conseguir la redención de la humanidad, cuyos pecados todos debían recaer sobre mi cabeza. No obstante, sin desanimarme ni abatirme, esperaba la hora prefijada, cuando se presentó el Bautista (de quien había oído hablar con frecuencia, aunque no le conocía); y él era el destinado a servir de precursor al Mesías, preparándole el camino. Como todos los demás, presenteme para que me bautizara, pues le creía enviado del cielo; pero reconociome al punto (por revelación divina), y en alta voz proclamome por aquel de quien era precursor. Rehusó primero conferirme el bautismo, porque yo era muy superior a él, y a duras penas consintió por fin en ello. Mas al salir de la corriente purificadora, abrió el cielo sus eternas puertas; sobre mí bajó el Espíritu en forma de paloma; y por último, para completar el testimonio, oí distintamente la voz de mi Padre, que desde el cielo me llamó su muy amado Hijo, con quien solo estaba complacido. Por esto comprendí que el momento de obrar era llegado; que ya no debía vivir oscuro, sino comenzar mi obra abiertamente, de la manera más conforme con la autoridad del cielo recibida. Y ahora me siento conducido a este desierto por no sé qué poderosa fuerza; ignoro con qué objeto; pero acaso no lo deba conocer, que Dios me revela cuanto saber me importa.»

Así habló nuestra estrella matutina, que entonces despuntaba: y mirando en torno suyo, solo vio Jesús por todas partes un árido desierto, oscurecido ya por densas sombras. Como no había observado el camino que a tal paraje conducía, difícil era volver, pues ninguna humana huella lo indicaba. Y sin embargo, sentíase impelido siempre; pero embargado el espíritu con tales pensamientos sobre su pasado y su porvenir, que debía parecerle preferible aquella soledad a la reunión más escogida. Cuarenta días enteros estuvo en aquel lugar, recorriendo unas veces las colinas, y otras algún umbrío valle; descansaba de noche bajo una añosa encina o corpulento cedro, para preservarse del rocío, o bien se retiraba a una caverna, lo cual no nos ha sido revelado. En todo aquel tiempo no probó alimento humano, ni le acosaron los tormentos del hambre. Las fieras, entre las cuales vivía, se amansaban a su vista, sin causarle daño alguno, ni durante su sueño ni cuando despierto estaba; la terrible serpiente y el nocivo gusano huían de su presencia; el león y el tigre feroz mirábanle desde lejos. Al fin llegó la hora, y el Hijo de Dios tuvo hambre.

Entonces vio acercarse a un hombre de avanzada edad, vestido con traje de campesino: parecía ir en busca de alguna oveja descarriada, y al paso recogía varias ramas secas, que podrían servirle para calentarse en un día de invierno, cuando los vientos soplan con fuerza, al entrar mojado en su morada. Después de contemplar a Jesús con ojos de curiosidad, dirigiole estas palabras:

«Señor, ¿qué enojoso accidente te ha conducido a este lugar, tan apartado de la senda o el camino que siguen los demás hombres en numerosa caravana? De los que aquí se aventuran, no hay uno solo que vuelva y que no deje los huesos, después de haber sufrido los tormentos del hambre y de la sed. Te pregunto esto, y más me admiro, porque me parece reconocer en ti al hombre a quien nuestro profeta, que bautiza, en las orillas del Jordán, recibió en otro tiempo tan respetuosamente, llamándole Hijo de Dios. Yo lo vi y lo oí, pues nosotros, los habitantes de este desierto, obligados a veces por la necesidad, debemos ir a la ciudad o los pueblos vecinos, de los cuales dista de aquí mucho el más cercano. De esta suerte sabemos cuánto de nuevo ocurre, satisfaciendo nuestra curiosidad: también la lama llega hasta nosotros.»

A lo que contestó el Hijo de Dios: «El que aquí me condujo, de aquí me sacará; no busco yo otro guía.»

«Acaso pueda hacerlo por milagro, replicó el campesino, pues no veo cómo sería posible de otro modo. Las raíces y los troncos son aquí nuestro único alimento; capaces de soportar la sed más que el camello, muy lejos vamos a buscar el agua, que ya nacimos a la fatiga y la miseria acostumbrados. Pero si el Hijo de Dios eres, convierte, en pan esas duras piedras; así te salvarás tú mismo y nos aliviarás con este alimento, del que rara voz prueban los míseros como nosotros.»

Calló Satán; y el Hijo de Dios repuso: «¿Piensas tú que el pan sea tan necesario? ¿No está escrito (pues reconozco en ti otro del que aparentas ser) que el hombre no vive de pan solo, sino de cada palabra salida de la boca de Dios, cuyo maná sirvió aquí de alimento a nuestros padres? Cuarenta días estuvo Moisés en la montaña sin comer ni beber, y durante otros tantos recorrió Elías este árido desierto sin tomar alimento alguno; yo hago ahora lo mismo. ¿Por qué tratas, pues, de inspirarme recelo, si sabes ya quién soy, como yo sé quién eres?»

El gran Enemigo, deponiendo entonces todo disimulo, contestó así: «Es verdad: yo soy aquel desdichado espíritu, que aliado con millones de seres, les excitó a una rebelión temeraria; y que no habiendo sabido conservar mi dichoso estado, fui precipitado con ellos desde la morada feliz al abismo sin fondo. Sin embargo, no quedé tan rigurosamente confinado en aquel lugar horrible, que no me fuera permitido abandonar a menudo mi dolorosa prisión, para disfrutar alrededor de este globo de amplia libertad, o cruzar los aires; y hasta fue tolerada mi presencia algunas veces en el cielo de los cielos. Yo me introduje entre los hijos de Dios, cuando el Eterno expuso a mis golpes a Job el Husiano, para probarle y enaltecer su elevado mérito. Más tarde, cuando propuso a todos sus ángeles atraer a un lazo al orgulloso rey Achab, a fin de que cayera en Ramoth, viéndoles vacilar, encargueme yo del cometido; y llené de mentiras las lenguas de todos aquellos aduladores profetas, para arrastrarlos a su pérdida, según tenía encargo de hacerlo, porque yo hago lo que Dios me manda. Aunque haya decaído mucho mi primitivo esplendor, perdiendo el amor del Eterno, no por eso estoy privado de la facultad de amar, de contemplar, al menos, y admirar lo que veo de excelente en el bien, de bello y virtuoso, pues de otra suerte, habría perdido todo sentimiento. ¿Qué más puedo desear que verle y acercarme a ti, sabiendo que has sido declarado Hijo de Dios, y escuchar atentamente tus sabias palabras, considerando tus divinas obras? Créenme generalmente los hombres peligroso enemigo de la humanidad: ¿por qué había de serlo? Ellos no me hicieron jamás ni daño ni violencia; no por ellos perdí cuanto he perdido; más bien gané por ellos lo ganado; y con ellos habito estas regiones del mundo, ya que no sea su soberano. Con frecuencia les presto mi ayuda y les anuncio las cosas venideras, por presagios, signos, respuestas, oráculos, prodigios o sueños, a fin de que puedan regir su futura conducta. Dicen que la envidia, me impele a obrar de tal modo, para tener compañeros en mi desgracia y miseria: en un principio pudo ser así; pero acostumbrado a sufrir ha mucho tiempo, sé ahora por experiencia que los padecimientos de los otros no disminuyen la amargura ni alivian en modo alguno el peso de cada cual. ¡Triste consuelo sería pues para mí ver a los demás asociados a mi suerte! Lo que más me aflige (¿y cómo no había de ser así?) es que el hombre, el hombre caído se redimirá, pero nunca yo.»

A lo cual contestó nuestro Salvador con severo acento: «Merecida tienes tu pena, pues desde el principio fuiste tejedor de mentiras, y mentirás hasta el fin. Te jactas de haber logrado escapar del infierno, y de que te se haya permitido penetrar en el cielo de los cielos: cierto es que entraste, aunque como el pobre y mísero cautivo que vuelve al lugar donde antes se sentaba entre los que primero brillan por su esplendor. Pero ahora, depuesto, rechazado, despojado, despreciado, envilecido, e indigno de compasión, solo ofreces el aspecto de una ruina, y eres objeto de irrisión para todos los habitantes del cielo. La mansión feliz no te proporciona dicha ni alegría, antes bien acrecienta tu tormento, representándole las perdidas bendiciones, que ya no puedes compartir en el infierno, como tampoco antes en el cielo. Pero, dices que eres obediente a las órdenes del Rey de los cielos: ¿pretendes por ventura atribuir a obediencia lo que el temor te arranca, o lo que ejecutas por el gusto de hacer daño? ¿Qué, sino tu malicia, te ha impelido a juzgar mal del virtuoso Job, agobiándole después con toda clase de aflicciones? Sin embargo, su paciencia triunfó. El otro servicio que alegas, por ti mismo elegido, se redujo a mentir por cuatrocientas bocas, pues la mentira es lo que le sustenta, es tu único alimento. No obstante, aspiras a la verdad; a ti son debidos todos los oráculos; mas ¿qué verdades han anunciado entre las naciones? Tu arte ha consistido en mezclar algo cierto con lo falso para propagar más mentiras. Pero ¿cuáles han sido tus respuestas? Solamente palabras oscuras y ambiguas, engañosas por su doble sentido, que rara vez comprendieron los que te preguntaban; y lo que no se comprende ignorado queda. ¿Cuándo el que entró en tu santuario, a fin de consultarte, volvió más sabio o instruido, para evitar o buscar lo que más le interesaba? ¿Cuál no cayó más pronto en el lazo fatal? Dios ha entregado justamente las naciones a tus engaños, desde que se dieron a la idolatría; pero cuando se propone anunciarlas su providencia, de ellas desconocida, ¿de dónde recibes la verdad sino de Él o de aquellos de sus ángeles, que presiden todas las provincias y que, desdeñando acercarse a tus templos, te prescriben como al último de todos, lo que debes decir a tus adoradores? Tú, temblando de pavor, o cual parásito servil, obedeces primero, y después te vanaglorias de haber anunciado la verdad; pero esta gloria te será muy pronto arrebatada; y no podrás seguir engañando a los Gentiles con tus oráculos, porque estos enmudecerán siempre. Ya no irán a consultarte a Delfos, ni a ninguna otra parte, haciendo sacrificios y pomposas ceremonias, pues al fin, todo sería inútil, porque permanecerás mudo. Dios ha enviado ahora su oráculo vivo al mundo, para dar a conocer su última voluntad; y quiere que habite en lo sucesivo en las almas piadosas su espíritu de verdad, oráculo espiritual que revela toda la que al hombre conocer importa.»