¡Oh tú! celeste Espíritu, que al glorioso eremita condujiste al desierto, futuro campo de su victoria, para combatir al Enemigo; y le llamaste a ti cuando hubo dado irrecusables pruebas de ser el Hijo de Dios: inspírame como solías hacerlo, que sin ti enmudeciera mi improvisado canto. Condúceme a las alturas o a los profundos abismos del universo todo; préstenme apoyo tus favorables alas, para que pueda referir actos en alto grado heroicos, que aunque secretos y relegados al olvido durante tantos siglos, no menos dignos son de haberse cantado ha mucho tiempo.

Ya el gran Precursor, con voz más imponente que el sonido de la trompeta, proclamaba el arrepentimiento, anunciando que el reino de los cielos estaba al alcance de todos cuantos recibieran el bautismo: poseídos de religioso temor, los habitantes de las comarcas vecinas acudían en tropel para ser bautizados; y con ellos llegó desde Nazaret a las orillas del Jordán, aquel que pasaba por hijo de José. Oscuro se presentaba entonces, desconocido y sin llamar la atención de nadie; pero avisado San Juan Bautista, por conducto divino, reconociole al punto como superior, más digno que él de alabanzas; y hasta hubiera querido resignar en sus manos su santo ministerio. No tardó en confirmarse este testimonio: entreabriose la celeste bóveda sobre el que acababa de ser bautizado, y descendió el Espíritu en figura de paloma; mientras que la voz del Padre proclamaba desde el empíreo que aquel era su muy amado Hijo. Oídas fueron estas palabras por el Enemigo, que vagando todavía por la tierra, no debía ser el último en acudir a tan famosa reunión; y consternado al escuchar la voz divina, contempló unos momentos con asombro al hombre glorificado a quien se acababa de dar tan augusto título. Poseído entonces de envidia y de rabia, emprende su vuelo a través de los aires, sin detenerse hasta llegar a su imperio; convoca a consejo a todos sus poderosos próceres, sombrío consistorio rodeado por diez capas de negras y espesas nubes; y una vez en medio de ellos, con miradas de temor y abatimiento, dirígeles estas palabras:

«¡Oh antiguas potestades del aire y de este inmenso mundo! (pues pláceme mucho más hablaros del aire, nuestra primitiva conquista, que recordar el infierno, nuestra odiosa morada); bien sabéis cuántos siglos hace, para nosotros como los años de los hombres, que hemos poseído este universo, gobernando a nuestro antojo los asuntos de la tierra, desde que Adán y su fácil consorte Eva, engañados por mí, perdieron el Paraíso. Con temor esperaba yo, no obstante, la hora en que la semilla de Eva asestaría contra mi cabeza este golpe fatal. Tardía es la ejecución de los decretos del cielo, pues el más largo período es corto para él; y ahora, demasiado pronto para nosotros, por la sucesión de las horas ha llegado el temido momento en que debemos sufrir las consecuencias de la remota amenaza. Preciso es ante todo parar el golpe, si es que podemos, so pena de ver derrocado todo nuestro poderío, perdida nuestra independencia, y el derecho de residir en este hermoso imperio del aire y de la tierra, conquistado por nosotros. Malas noticias os traigo: de mujer ha nacido últimamente el vástago destinado a combatirnos. Fundado motivo nos dio ya su nacimiento para abrigar temores; pero ahora, llegado a la flor de la juventud, dotado de todas las virtudes, de gracia y de sabiduría, para llevar a cabo las más altas misiones, redobla justamente mi recelo. Un gran profeta, que a guisa de heraldo le precede, a fin de anunciar su llegada, llama a todo el mundo; y pretende lavar los pecados en el consagrado río, para preparar a sus neófitos, así purificados, a recibir a ese hombre sin mancha, o más bien, a honrarle como a su Rey. Todos acuden, y él mismo, entre ellos, fue bautizado, no con el fin de purificarse más, sino para recibir el testimonio del Cielo, y que no puedan dudar ya las naciones de su divino carácter. Yo vi al profeta acogerle con respeto; vi que al salir del agua, abría el cielo por cima de las nubes sus puertas de cristal; inmaculada paloma bajó entonces sobre su cabeza; y oí la voz soberana pronunciar desde el Empíreo estas palabras: «Ese es mi Hijo muy amado, con quien estoy complacido.» Vemos, pues, que su madre es mortal; pero su Padre ocupa el trono del cielo; y ¿qué no hará para favorecer a su único Hijo? Conocémosle ya, y harto comprendimos su fuerza cuando su terrible trueno nos lanzó a las profundidades. Averiguar debemos quién es Aquel, pues hombre parece por todas sus facciones, aunque resplandezcan en su rostro los rayos de la gloria de su Padre. Ya lo veis; el peligro es inminente y no permite que entremos en largas discusiones: debemos oponerle al punto un grave obstáculo (no por la fuerza, sino por una refinada astucia, por una trama bien urdida), antes que a la cabeza de las naciones aparezca como su rey, su jefe, el dueño supremo de la tierra. En otro tiempo, cuando nadie se atrevía, yo solo acometí la arriesgada empresa que tenía por objeto descubrir el paradero de Adán y perderle; y entonces llevé a cabo felizmente mi ardua misión. El viaje que debo emprender hoy os menos peligroso; y hallado ya una vez el buen camino, de esperar es que el éxito me favorezca de nuevo.»

Calló Satán, y sus palabras, honda sorpresa causaron en el infernal concurso, abatido y consternado por tan infaustas nuevas; mas no era ya tiempo de discurrir sobre su despecho y sus temores. Unánimes todos, confiaron la dirección de tan delicada empresa, a su gran dictador, cuyo primer ataque contra la humanidad había contribuido tan poderosamente a la pérdida de Adán; y que desde las profundas bóvedas de las cavernas infernales condujo a sus cómplices a la región de la luz, donde eran gobernadores, potentados, monarcas, y hasta dioses de muchos grandes reinos y vastas provincias.

Así el Enemigo, escudado con todas las astucias de la serpiente, dirige sus ligeros pasos a las orillas del Jordán, donde quizás encuentre al Mesías nuevamente anunciado, a este hombre de los hombres, reconocido como Hijo de Dios. Contra él debe poner en juego todos sus ardides y medios de seducción, a fin de subvertir al que, según sospecha, ha sido enviado a la tierra para poner fin al reinado de que tanto tiempo disfrutara. Inútiles fueron sus esfuerzos, pues muy por el contrario, contribuyó a realizar el designio concebido, preordenado y decretado por el Altísimo, que en medio de su corte celestial dirigió a Gabriel con benevolencia las siguientes palabras:

«Ya verás hoy claramente, Gabriel, tú y todos los ángeles que en asuntos humanos se interesan, cómo comienzo a realizar lo predicho en aquel solemne mensaje, que en otro tiempo te di para la casta virgen de Galilea, anunciándola que daría a luz un hijo de gran renombre, el cual debía llamarse Hijo de Dios. Entonces la dijiste para disipar sus dudas de que tales cosas sucediesen, que el Espíritu Santo bajaría sobre ella, y que la virtud del Altísimo la protegería con su sombra. A ese hijo, adulto ahora, es al que voy a exponer a las asechanzas de Satán, para demostrar que es digno de su divino nacimiento y de tan gloriosa predicción. Que le tiente; y al efecto, que ponga en juego todos sus más sutiles artificios, ya que entre la turba de sus cómplices se jacta y vanagloría de su refinada astucia. Debió haber aprendido, sin embargo, a ser menos arrogante desde que fracasaron sus tentativas contra Job, cuya firme perseverancia se sobrepuso a cuantos males inventar pudiera su cruel malicia. Ahora sabrá que puedo producir un hombre, de mujer nacido, mucho más capaz de resistir a todas sus tentaciones y a su inmensa fuerza, y de precipitarle nuevamente en el infierno, recobrando así por conquista lo que el primer hombre perdió, por la astucia sorprendido. Pero ante todo me propongo ejercitarle en el desierto; allí hará sus primeras pruebas para prepararse a la gran lucha que él solo ha de empeñar, antes de enviarle a vencer, con su propia humildad y penosos sufrimientos, al pecado y a la muerte, estos dos grandes enemigos. Su debilidad triunfará de la fuerza de Satán, y del mundo entero, y de esta masa de carne pecadora; para que sepan todos los ángeles y celestes potestades, y comprenda después la raza humana, de qué excelsa virtud he dotado a este hombre perfecto, por su mérito llamado mi Hijo, para alcanzar la salvación de todos los hijos de los hombres.»

Así habló el Padre Eterno, y toda la celeste corte enmudeció de admiración un instante, prorrumpiendo en armoniosos himnos; formáronse celestiales danzas alrededor del trono, y entonaron los coros el siguiente cántico:

«Victoria por el Hijo de Dios, que ahora empeña su grandioso vuelo para vencer las astucias infernales, no con las armas sino con la sabiduría. El Padre conoce al Hijo, y por eso expone sin temor su virtud filial, aunque no probada todavía, contra todo lo que pueda tentar, seducir, halagar o atemorizar. ¡Con ella frustrará todas las estratagemas del infierno, inutilizando sus diabólicas maquinaciones!»

Así resonaban en el cielo los himnos y cánticos de la corte celestial.

Entre tanto el Hijo de Dios, que algunos días antes había pasado a vivir a Bathabara, donde Juan confería el bautismo, meditaba y buscaba en su espíritu la mejor manera de acometer la grandiosa misión de Salvador de la humanidad, ideando de qué modo daría principio al divino ministerio para el cual ya estaba preparado. Paseándose un día solo, fue conducido por el Espíritu, e impelido por sus profundas meditaciones, a una soledad apartada de toda huella humana, y la más a propósito para reflexionar. Sucediéndose sus pensamientos, y un paso tras otro, penetró al fin en el salvaje desierto, que se extendía en la frontera; y allí, rodeado por do quier de ásperas sombras y peladas rocas, prosiguió de este modo sus santas meditaciones: