«Rápida ha sido nuestra carrera; pasando sobre las colinas y los valles, los bosques, los campos y los ríos, los templos y las torres, hemos atajado muchas leguas. Desde aquí contemplas la Asiria y las antiguas fronteras de su imperio; ves el Aras y el mar Caspio; por este lado, a la extremidad del oriente, corre el Indus, por el occidente el Éufrates; y con frecuencia fueron traspasados estos límites. Al sur se divisa el golfo Pérsico y la Arabia, desierto intransitable: he aquí a Nínive, en cuyo amurallado recinto se podría viajar durante varios días; edificada por Nino, es el asiento de esa primera monarquía de la edad de oro, y fue residencia de Salmanasar[160] cuyo triunfo llora todavía Israel en su prolongado cautiverio. He ahí a Babilonia, la maravilla de las naciones, tan antigua como Nínive; pero reedificada por aquel[161] que dos veces hizo cautiva a la Judea y a toda la casa de tu padre David, asolando a Jerusalén, hasta que Ciro llegó para libertar a los hebreos. A ese lado ves Persépolis, la ciudad que él fundó; más lejos Bactres, Ecbatana, que se ostenta en toda su extensión y Hecatómpilos, con sus cien puertas; aquí está Susa, a orillas del Idaspes, ese río de color de ámbar, de cuyas aguas solo pueden beber los reyes; y la gran Seleucia, más célebre aún, construida por los Macedonios o los Partos. Nísibe, Artaxates, Teredón y Ctesifonte[162], se ofrecen también a tus miradas; todo este país, conquistado por los libertinos príncipes de Antioquía, se halla actualmente bajo el dominio de los Partos, que conducidos por el gran Arsaces, fundador de este imperio, se apoderaron de él hace varios siglos. Este momento es el más oportuno para darte una idea de su inmenso poderío, porque el rey de los Partos acaba de reunir en Ctesifón todas sus huestes para marchar contra los Escitas, cuyas bárbaras incursiones han asolado la Sogdiana; y se apresura a prestar auxilio a esta provincia. A pesar de la distancia, puedes ver sus numerosas tropas, su aspecto marcial, los arcos de acero y las agudas flechas de esos guerreros, tan temibles en la fuga como en la persecución; todos son jinetes, porque la lucha a caballo es aquella en que más se distinguen. Mira cuán belicoso ardimiento demuestran en esa revista, cómo se forman sus filas en cuadro, en ángulo, en media luna, o se desplegan en alas.»
Jesús miró, y por las puertas de la ciudad vio salir innumerable multitud de guerreros, brillantes con sus cotas de malla y ornamentos militares; sus caballos, aunque cubiertos de acero, no son menos ágiles y vigorosos, y encabritándose avanzan con sus jinetes, flor y nata de las provincias que se extienden de un extremo a otro del imperio. Vienen los unos de Aracosia, de Candahar y de la Margiana; los otros de las montañas de Hircania o del Cáucaso, de los profundos valles de la Iberia, de Atropatis, de las vecinas llanuras de Adiabene y Media, y del sur de Susiana, hasta el puerto de Balsara. Veíaseles alinearse en orden de batalla, girar rápidamente, y huyendo al parecer, lanzar tras sí una terrible granizada de agudos dardos a la cara de sus perseguidores, a los cuales vencían por esta maniobra. El campo estaba cubierto de armaduras, que despedían el sombrío fulgor del hierro; no faltaban allí numerosos escuadrones, y en cada ala guerreros armados de punta en blanco para combatir de cerca; ni carros, ni elefantes, que llevaban torres cuajadas de arqueros; ni peones en gran número, provistos de azadas y hachas, para allanar las alturas, abrir paso por los bosques, cegar los valles, levantar trincheras, o echar puentes sobre los ríos orgullosos, como para someterles al yugo. Detrás de ellos iban mulos, camellos, dromedarios, y furgones cargados de instrumentos de guerra; jamás se habían visto tantas fuerzas reunidas ni tan vasto campamento. Cuando Agricán, con todos sus aliados del norte, sitió a Albraca, la ciudad de Galafrón, según cuentan los romanos, a fin de conquistar la mano de Angélica, la más hermosa de las mujeres e hija de aquel príncipe, solicitada en matrimonio por muchos valerosos caballeros, por los dos Paynim, y los pares de Carlomagno, su ejército no era más brillante ni más numerosos sus guerreros[163]. El gran Enemigo, lisonjeándose de que aquel espectáculo había producido gran impresión en nuestro Salvador, dirigiole de nuevo la palabra en estos términos:
«Para que reconozcas que no es mi ánimo comprometer tu virtud, y que no omito medio alguno a fin de que tu seguridad repose en sólidas bases, escucha y sabrás con qué objeto te he conducido aquí, mostrándote tan hermoso espectáculo. Aunque tu reino haya sido anunciado por los profetas o por los ángeles, si no tratas de conquistar ese trono, como lo hizo tu padre David, nunca reinarás; en todas las cosas y sobre todos los hombres, la predicción supone medios de éxito, y si no se hace uso de ellos, la profecía se revoca. Pero supongamos que tomas posesión del trono de David con el libre consentimiento de todos, sin oposición alguna por parte de los Hebreos o de los Samaritanos: ¿cómo podrías abrigar la esperanza de disfrutarle largo tiempo, tranquilo y seguro, hallándote entre dos enemigos cual los Partos y los Romanos? Por esto debes obtener el apoyo de uno de los dos; yo te aconsejaría comenzar por los primeros, que son los vecinos más cercanos, y que demostraron en otro tiempo ser capaces de asolar tu país, haciendo cautivos a sus antiguos reyes Antígono y el viejo Hircano. De mi cuenta corre poner a los Partos a tu disposición, por el medio que tú elijas, bien por conquista o alianza, pues solo con su apoyo recobrarás el poder, sin el cual no puedes ocupar realmente el trono de David, como su legítimo sucesor. De este modo conseguirás la libertad de tus hermanos, de esas diez tribus cuya posteridad conserva todavía aquel pueblo en su territorio. Entre los Medos andan también dispersos diez hijos de Jacob y dos de José, perdidos lejos de Israel y esclavizados, como lo estuvieron en otro tiempo sus padres en la tierra de Egipto. El ofrecimiento que te hago te proporciona ocasión de alcanzar su libertad; si así lo haces, y les devuelves su herencia, entonces, y solo entonces, reinarás cubierto de gloria en el trono de David, desde el Egipto al Éufrates, y aún más allá, sin que nada debas ya temer de Roma ni de César.»
A lo cual contestó nuestro Salvador sin inmutarse: «Me has hecho ver una grande y vana ostentación del poder mundano, frágiles armas, y un pomposo aparato guerrero, tan largo de preparar como fácil de destruir: me has comunicado secretos de alta política, hábiles proyectos sobre enemigos, alianzas y batallas, plausibles todos a los ojos del mundo; pero que no tienen para mí ningún valor. Dices que debo poner en juego todos los medios, porque si no quedará sin efecto la predicción y me veré privado del trono. Mi hora, según antes te dije, no ha llegado aún, y debieras desear que estuviese lejana todavía. Cuando haya sonado, no creas que me verás vacilar en dar principio a mi obra, sin recurrir a tus máximas políticas, ni hacer uso de ese incómodo aparato guerrero que me has mostrado, más propio para demostrar la debilidad humana que su fuerza. Alegas que es preciso liberte a mis hermanos, según les llamas, los Israelitas de las diez tribus, si aspiro a reinar como el heredero legítimo de David, y a extender su dominio sobre todos los hijos de Israel. Pero dime, ¿de qué proviene ese celo por su independencia? ¿Por qué no mostraste el mismo por Israel, David, o su trono, en vez de excitarle por orgullo a que hiciese el recuento de su pueblo, lo cual costó la vida a setenta mil hombres en tres días de epidemia[164]? ¡Tal fue entonces tu celo por Israel; y ese es el que afectas hoy por mí! En cuanto a esas tribus cautivas, ellas mismas labraron su desgracia, pues abandonaron a Dios para adorar el becerro de oro, los ídolos de Egipto, Baal y Astarot, y los de todos los pueblos vecinos. Además de esto imitaron sus crímenes, que excedían en perversidad a los de otros pueblos paganos; no habiendo implorado con arrepentimiento al Dios de sus padres, murieron impenitentes, dejando una raza que se les asemeja, que no se distingue de los Gentiles sino por una vana circuncisión, y que rinde a Dios un culto confundiéndole con los ídolos. ¿Cómo he de pensar en devolver su independencia a esas tribus, que una vez libres volverían sin vacilar, sin humillarse, sin arrepentimiento y sin conversión, a buscar sus dioses de Betel y de Dan, como un antiguo patrimonio? No; que sigan esclavizadas por sus enemigos, puesto que adoran ídolos con su Dios. Sin embargo, es posible que al fin (Dios sabe cuándo), acordándose de Abraham, se inclinen a un arrepentimiento sincero por alguna vocación milagrosa; y que se abran paso a través de la multitud de Asirios, cuando se dirijan alegres y presurosos a su país natal, así como en otro tiempo cruzaron sus padres el mar Rojo y el Jordán al encaminarse a la tierra prometida. Yo abandono su porvenir a la Providencia.»
Así habló el verdadero Rey de Israel, contestando con dulzura al Enemigo, de un modo que burlaba todos sus artificios, como sucede siempre cuando con la verdad se combate la falsía.
LIBRO CUARTO
ARGUMENTO
Persistiendo Satán en tentar a nuestro Señor, muéstrale la imperial ciudad de Roma en el apogeo de su pompa y esplendor, como potencia que pudiera preferir a la de los Partos; y dice que con la mayor facilidad podría expulsar a Tiberio, devolver a los romanos su independencia y hacerse dueño, no solo del imperio, sino también de todo el mundo, incluso el trono de David. El Salvador contesta, manifestando su desprecio por el poder y las grandezas mundanas; censura la pompa, la vanidad y el libertinaje de los romanos; demuestra cuán poco merecen recobrar la libertad que habían perdido por su mala conducta; y termina refiriéndose a la grandeza de su propio reinado futuro. Desesperado Satán, y para encarecer el valor de sus dones, declara que únicamente los otorgará a condición de que Jesús se prosterne ante él y le rinda culto. Nuestro Señor manifiesta su indignación con firmeza, aunque moderadamente, al escuchar proposición semejante; y reprende con severidad al Tentador, diciéndole que está condenado para siempre. Humillado Satán, intenta justificarse; apela después a otro género de tentación, y proponiendo a Jesús el premio de la sabiduría y del talento, muéstrale el celebrado templo de la antigua literatura, Atenas, sus escuelas, los ilustres maestros y sus discípulos, haciendo al propio tiempo un encomiástico panegírico de los músicos Griegos, poetas, oradores y filósofos de las diferentes sectas. Jesús le contesta demostrando la vanidad e insuficiencia de la decantada filosofía gentílica, y manifiesta preferir a la música, poesía, elocuencia y didáctica poética de los Griegos, la de los inspirados escritores Hebreos. Irritado Satán al ver defraudadas todas sus tentativas, censura la inconsideración de nuestro Salvador en rechazar sus ofertas; y prediciéndole los padecimientos que debe sufrir, después de ridiculizar su esperado reino, condúcele de nuevo al desierto, dejándole allí. Llega la noche: el Enemigo hace estallar una espantosa tormenta, procurando, además, alarmar a Jesús con tremendos sueños y terribles espectros, que sin embargo no causan impresión alguna en el Salvador. Una hermosa y serena mañana sucede a los horrores de la noche: Satán se presenta de nuevo a Jesús, y refiriéndose particularmente a la tempestad de la víspera, toma motivo una vez más para ultrajarle, enumerando las penalidades que debe sufrir. Nuestro Señor se limita a reprenderle; y entonces, en el colmo de la desesperación, el Enemigo confiesa que había vigilado con frecuencia a Jesús desde su nacimiento, expresamente para descubrir si era el verdadero Mesías; y que coligiendo que probablemente lo sería, por lo acontecido en el Jordán, habíale seguido desde entonces más asiduamente, con la esperanza de alcanzar alguna ventaja sobre él, lo cual probaría hasta la evidencia que no era en realidad la Divina Persona destinada a ser su «fatal enemigo». Reconoce que hasta entonces ha sido completamente derrotado; pero que está resuelto a someterle a una prueba más. Así diciendo, le conduce al templo de Jerusalén, y colocándole en la punta de la más elevada torre, le intima a que pruebe su divinidad, bien sosteniéndose allí, o precipitándose sin sufrir daño alguno. Asombrado Satán, y confundido al ver que Jesús permanecía inmóvil, cae de pronto, y reaparece entre sus infernales cómplices, a quiénes da cuenta del mal éxito de su empresa. Los ángeles, entretanto, conducen a nuestro Señor a un hermoso valle, y mientras le sirven celestiales manjares celebran su victoria con un himno de triunfo.
Perplejo y turbado por el mal éxito de su tentativa, el Enemigo permanecía inmóvil, sin que su artificioso espíritu le dictase contestación alguna, después de haber sido descubierto su engaño, y tantas veces defraudadas sus esperanzas. Aquella persuasiva retórica que dulcificaba su lenguaje, cuando tan fácilmente sedujo a Eva, parecía faltarle entonces y haber perdido toda su fuerza. Bien es verdad que Eva no era más que Eva. El que había dominado a esta con su gran superioridad, veíase a su vez burlado y sorprendido, por no haber sabido apreciar mejor de antemano la fuerza que trataba de combatir y la suya propia. Semejante al hombre que, habiendo sido considerado antes como sin igual por su destreza, se ve eclipsado en la ocasión en que menos lo esperaba, y que a fin de salvar su honor, y contra todas las probabilidades de triunfo, quiere aún medirse con quien le ha vencido, sin poder confesar su derrota, aunque aumente con esto su bochorno; o cual otro enjambre de moscas, que en la época de la vendimia se lanza sobre el lagar de dónde corre el dulce líquido y vuelve después mosconeando; o tal, en fin, como las olas que se levantan contra la dura roca, y aunque se estrellan todas, repiten sus acometidas inútilmente, resolviéndose en espuma o vapor; así Satán, después de recibir negativa sobre negativa y de verse reducido a un humillante silencio, no cede sin embargo; y aunque desesperando del éxito, renueva sus vanas tentativas.