Para ello transportó a nuestro Salvador a la vertiente occidental de aquella elevada montaña, desde donde se podía ver otra llanura bastante larga; pero no muy ancha, bañada por el mar del mediodía, y terminada en el lado del norte por una cadena paralela de colinas, que protegían los productos de la tierra y las moradas de los hombres, de los fríos vientos del septentrión. En el centro deslizábase un río en cuyas dos orillas se elevaba una imperial ciudad, con torres y templos, que se destacaban orgullosamente sobre siete pequeñas colinas ornadas de palacios, pórticos, teatros, baños, acueductos, estatuas, trofeos, arcos de triunfo, jardines y bosquecillos. Aquel espectáculo se desplegaba a los ojos de Jesús a pesar de las altas montañas que debían ocultarle (por qué extraño paralaje, o ilusión óptica, multiplicada a través de los aires o por los cristales de un telescopio, averígüelo el curioso lector); y el Tentador rompió el silencio con estas palabras:
«La ciudad que ves no es otra sino la opulenta y gloriosa Roma, la reina del mundo, cuya fama se extiende a lejanos países, y que se ha enriquecido con los despojos de las naciones. Ahí ves el soberbio Capitolio, que domina sobre todos los demás edificios desde lo alto de la roca Tarpeya, esa ciudadela inexpugnable; allí está el monte Palatino, palacio imperial, vasto recinto, edificio soberbio, obra maestra de los arquitectos más ilustres, que brilla a lo lejos por sus doradas almenas, sus torres, sus terrados y esplendentes pirámides. No lejos de él, elévanse magníficos palacios, semejantes más bien a las moradas de los dioses; y he dispuesto mi aéreo microscopio de tal manera, que puedas ver por dentro, y exteriormente, sus columnas y bóvedas, ricamente cinceladas por mano de los más célebres artistas, labradas en cedro, mármol, marfil y oro. Dirige ahora tus miradas del lado de las puertas, y verás qué multitud entra y sale: son pretores, procónsules, que vienen de sus provincias o vuelven a ellas; visten la toga bordada de púrpura, y van acompañados de los lictores, que ostentan la segur, insignia de su dignidad; de cohortes, legiones y brillantes jinetes. Aquellos que pasan por la vía Apia o la vía Emiliana, y visten diverso traje, son embajadores que llegan de remotos países: vienen los unos de las últimas regiones australes, de Siena, de Meroé, de la isla de Philæ, cubierta de sombra por ambos lados; o más al occidente, del reino de Baco[165], hasta el lago de Libia. Otros son enviados por los reyes de Asia y por el de los Partos; llegan de la India, del Quersoneso de Oro[166] y de la isla de Trapobana[167], situada más allá de aquel país; su cutis es bronceado, y cubren sus cabezas turbantes de blanca seda; otros proceden de la Galia, de Bretaña, de Gades, del país de los Germanos, del de los Escitas y de los Sármatas, que habitan desde más allá del norte del Danubio hasta el Quersoneso Táurico[168]. Todas esas naciones, sometidas actualmente a Roma, prestan obediencia a su poderoso emperador, que por sus vastos dominios, sus riquezas y poderío, su civilización, su progreso en las artes y el valor guerrero de sus súbditos, pudiera ser a tus ojos preferible al rey de los Partos. Exceptuando estos dos imperios, todos los demás pueblos son bárbaros, apenas dignos de fijar en ellos la atención, pues obedecen a príncipes poco poderosos, que se hallan demasiado lejos; al mostrarte esos dos grandes imperios, te enseño todos los reinos de la tierra y toda su gloria. El emperador romano no tiene hijo alguno; es de edad avanzada, viejo y libertino[169]. Se ha retirado de Roma para vivir en Caprea, pequeña isla, aunque de difícil acceso, situada cerca de las orillas de la Campania, donde se propone entregarse secretamente a sus desenfrenadas pasiones. Confiando a un perverso favorito los asuntos públicos, aún cuando de él sospeche, aborrece a todo el mundo y es de todos aborrecido. ¡Cuán fácil te sería, dotado como estás de regias virtudes, dándote a conocer, e inaugurando tu carrera con grandiosas hazañas, expulsar a ese monstruo de su trono, convertido ahora en inmundo lupanar, y sustituirle en el solio, librando de su vergonzoso yugo a un pueblo triunfante! Y con mi apoyo te es dado conseguirlo, pues yo tengo el poder de hacerlo, y te lo cedo a ti. Aspira, pues, al imperio del mundo entero; aspira a cuanto hay de más elevado, que si no lo alcanzas con el supremo dominio, no llegarás a sentarte en el trono de David, ni permanecerás en él largo tiempo, por mucho que hayan dicho los profetas.»
El Hijo de Dios le contestó con calma: «Toda esa grandeza y majestuoso aparato de riquezas y lujo, que llaman magnificencia, lo mismo que esa ostentación guerrera que antes me mostraste, no seducen mis miradas ni mucho menos mi corazón. También hubieras podido hablarme de sus banquetes suntuosos, de sus espléndidos festines, de sus desenfrenadas orgías, de sus mesas de madera de limonero o de mármol del Atlas, pues yo también he oído, o acaso leído algo de esto; de sus vinos de Setía, de Cales, de Falerno, de Quíos y de Creta; de sus copas de oro y de cristal, bañadas en mirra, guarnecidas de piedras preciosas y engastadas en perlas; detalles todos interesantes para cualquiera a quien acosare el hambre o la sed. Elogias además a esos embajadores, enviados por naciones lejanas o vecinas: ¡qué honor, pero también, qué fastidio! ¡Qué enojosa pérdida de tiempo el sentarse en un trono para escuchar tantas vanas y mentidas lisonjas, tantas alabanzas extravagantes! Después me hablas del Emperador, a quien se podría vencer fácilmente, y cuya derrota me cubriría de gloria; dices que debo expulsar a ese monstruo cruel; pero ¿no sería necesario hacerlo al propio tiempo con el demonio que lo ha convertido en tal? Sírvale su conciencia de verdugo: no he sido yo enviado para destronarle, ni tampoco para libertar a ese pueblo, victorioso en otro tiempo, vil y humillado ahora, que merecido tiene su servilismo; que antes justo, frugal, humilde y moderado, conquistó gloriosamente, pero gobernó mal las naciones sometidas a su yugo, despojando a las provincias para satisfacer su sed de rapiña o sus dispendiosos placeres. Esos romanos, poseídos primero de la ambición del triunfo, orgullosa e insultante pompa; y feroces luego por haberse acostumbrado a ver correr en sus circos la sangre de las fieras que luchan entre sí, así como la de los hombres expuestos a sus ataques, han llegado a ser con sus riquezas apasionados por el lujo, y siempre más insaciables y afeminados por los espectáculos que diariamente presencian. ¿Qué hombre sabio y valeroso intentaría libertar a ese pueblo degenerado, que se ha esclavizado él mismo? ¿Quién podría convertir en hombres libres a los que son serviles de por sí? Sábelo pues; cuando llegue la hora de sentarme en el trono de David, mi reinado será como un árbol cuyo ramaje se extendiese sobre toda la tierra, para cubrirla con su sombra, o bien como la piedra que haría pedazos todas las monarquías existentes en el mundo. Y mi reinado no tendrá fin: medios se encontrarán para ello; pero no te corresponde a ti saber cuáles son estos, ni tampoco revelártelo debo.»
A lo cual contestó el Tentador con descaro: «Veo en qué poco estimas todas mis ofertas, y cómo las rechazas por ser yo quien te las hace. Nada es de tu agrado; te muestras por demás receloso, y con tus exagerados escrúpulos, te limitas a contradecirme. Sin embargo, quiero que sepas en cuánto estimo los ofrecimientos que te hago, y qué lejos está de mí apreciar en poco las ventajas de que te quiero hacer partícipe. Todo cuanto abarca tu mirada, todos esos reinos del mundo, yo te los doy (que a mí me los han dado y yo los cedo a quien me place); no es ninguna bagatela; pero te impongo una condición indispensable. Es preciso que te prosternes y me rindas adoración como a tu superior y tu dueño (fácil te es hacerlo), reconociendo que todo lo has recibido de mí. ¿No es esto lo menos que merece tan considerable donativo?»
Nuestro Salvador contestó con acento desdeñoso: «Jamás me agradó tu lenguaje, y mucho menos tus ofrecimientos; ahora desprecio tanto estos como aquel, ya que has osado exponer en tan abominables términos tu impía condición. Pero sufriré con paciencia, hasta que expire el plazo durante el cual te será permitido obrar contra mí. Escrito está en el primer mandamiento: «Amarás al Señor, tu Dios y le servirás a él solo;» ¿y te atreves a proponer a su Hijo que te rinda culto, a ti, maldito, doblemente maldito ahora por esta pretensión, más impía y osada que la que tuviste con Eva? No se hará esperar tu expiación. Dices que te dieron los reinos del mundo; di más bien que te los abandonaron y que los usurpaste; ningún otro donativo podrías hacer. Y aun cuando te los hubiesen dado, ¿de quién los habrías recibido sino del Rey de los reyes, del Dios supremo, dueño de todas las cosas? Y si te los ha dado ¡con qué generosa gratitud le pagas! Pero hace ya mucho tiempo que la gratitud se ha extinguido en ti. ¿Tan falto estás de temor, o tan desvergonzado eres que osas ofrecérmelos a mí, al Hijo de Dios, ofrecerme lo que me pertenece, bajo la infame condición de prosternarme y adorarte como a Dios? ¡Atrás! ¡aléjate de mí! Ahora es cuando te manifiestas evidentemente como el mal personificado, como Satán, maldito para siempre.»
Confuso y poseído de temor, replicó el Enemigo: «No te muestres tan gravemente ofendido, Hijo de Dios, pues también los ángeles y los hombres son hijos de Dios, y yo he querido asegurarme de que llevas ese título por ser superior a ellos. Por esto te propuse que me rindieses el homenaje que recibo de los ángeles y de los hombres; de esos tetrarcas que presiden el fuego, el aire, el agua y la tierra, así como también de las naciones que habitan en toda la superficie del globo. A mí me invocan como al dios de este mundo y de aquel que está debajo; y más que a ningún otro, impórtame asegurarme si tú eres Aquel cuya llegada, según las profecías, debe serme tan fatal. La prueba no te ha perjudicado en modo alguno; más bien has alcanzado honor y aprecio, al paso que yo no gano nada, y hasta debo renunciar a lo que me proponía obtener. Dejemos, pues, los reinos de este mundo, puesto que son transitorios; no te hablaré más de ellos; adquiérelos o no, según te plazca, que eso a ti solo te concierne.
»Parece que tú aspiras a alguna cosa más noble que a una corona mundana: prefieres entregarte a la meditación y a las sabias discusiones, según lo indicaba ya aquel rasgo de tu infancia, cuando escapaste de la vista de tu madre para ir solo al templo, donde te hallaron en medio de los más graves doctores, discutiendo sobre puntos y cuestiones relativas a la cátedra de Moisés; enseñando pero no enseñado. La infancia anuncia al hombre, como la mañana anuncia el día: sé ilustre, pues, por tu saber; y así como tu imperio debe extenderse sobre todo el mundo, extiéndase también tu espíritu sobre el universo entero y en todo cuanto contiene. No está comprendida toda la ciencia en la ley de Moisés, en el Pentateuco y en los escritos de los profetas; también los Gentiles, guiados por la luz natural, saben, escriben y enseñan cosas dignas de admirarse; y tú debes conferenciar con los Gentiles, dirigiéndoles por la persuasión según tus miras. Sin conocer su sabiduría, ¿cómo quieres conversar con ellos, o que ellos se entiendan contigo? ¿Cómo has de discutir, cómo refutar sus idolismos, sus tradiciones y paradojas? Con sus propias armas se debe combatir su error. Antes de abandonar esta despejada montaña, mira otra vez por la parte del occidente, y mucho más cerca, hacia el mediodía, verás en la ribera del mar Egeo una ciudad con magníficos edificios, donde el aire es puro y el terreno llano. Es Atenas, el ojo de Grecia, la madre de las artes y de la elocuencia, la patria o mansión hospitalaria de los sabios célebres, que encuentran en su agradable retiro, en la ciudad o los arrabales, paseos cubiertos de sombra, para entregarse al estudio. He ahí el olivar de Academo, el asilo de Platón, donde el ruiseñor deja oír todo el verano las rápidas y variadas notas de su canto. Allí está el monte Himeto, cuyas flores atraen a la industriosa abeja, que con su ligero zumbido invita a las meditaciones graves; y más allá se desliza el Ilisos con sus ondas de suave murmullo. Dentro de la ciudad puedes ver las escuelas de los antiguos sabios: el Liceo, dónde enseñaba aquel[170] que preparó al gran Alejandro para subyugar al mundo; y poco más lejos el Pórtico, ornado de pinturas. En esa ciudad podrás estudiar la secreta influencia de la armonía, por medio de tonos y números indicados con la voz o con la mano[171]; las distintas medidas de los versos que tal encanto comunican a las odas líricas de los poetas eolios y dorios, y a los cantos muy superiores de aquel que a todos les inspiró, del ciego Melesígenes, llamado más tarde Homero, cuyos poemas se atribuyó Febo. En la misma fuente fue donde los graves y sublimes trágicos adquirieron los profundos conocimientos, que comunicaban luego con sus coros y sus yámbicos, esos excelentes preceptos de prudencia moral, que acogidos con gusto en forma de breves sentencias, recuerdan al hombre las leyes del destino, la inconstancia de la fortuna, las vicisitudes de la vida humana, ofreciendo a su vista el espectáculo de los actos más nobles, y el cuadro fiel de las grandes pasiones. Allí es dónde podrías formarte sobre el modelo de esos célebres oradores antiguos, cuya irresistible elocuencia dirigía a su antojo a la arrogante democracia, abría los arsenales y fulminaba sus rayos por encima de Grecia, hasta Macedonia y el trono de Artajerjes. Presta también oído a las lecciones de esa filosofía que bajó del cielo a la modesta morada de Sócrates. He ahí donde habitaba aquel a quien el bien inspirado oráculo declaró el más sabio de los hombres, y de cuya boca brotaron aquellos raudales de dulce elocuencia que iban a bañar todas las escuelas de los académicos antiguos y modernos, así como las de los Peripatéticos, de los Epicúreos y de los severos Estoicos. Estudia sus doctrinas en esos lugares, o si lo prefieres, en tu humilde morada, hasta que el tiempo madure tu edad para soportar el peso de un reino; sus preceptos te convertirán en un cumplido príncipe, que sabrá reinar en sí mismo, y cuya sabiduría resaltará más a la cabeza de un imperio.»
Nuestro Salvador contestó con estas sabias palabras: «No creas que conozco estas cosas, o más bien, cree que las ignoro; y sin embargo, no dejo de saber lo que debo. El que recibe sus luces del cielo, de la fuente misma de la luz, no necesita otras doctrinas, por más que las reconozca como verdaderas; pero las de que tú hablas son falsas, son casi ensueños, conjeturas, ficciones que no se fundan en ninguna base sólida. El primero y más sabio de todos esos doctores confesó no saber más que su ignorancia; su primer discípulo se dejó llevar por las fábulas y las ideas seductoras; una tercera escuela dudó de todas las cosas, hasta del buen sentido; otros fundaron la felicidad en la virtud; pero acompañada esta de riquezas, de larga vida, del placer de los sentidos, y sin inquietudes ni zozobras. Por último, el Estoico, poseído de su filosófico orgullo, al que llama virtud; con su sabio, hombre virtuoso, perfecto en sí, que todo lo posee, lo mismo que Dios, causa vergüenza muchas veces cuando lejos de preferir la virtud, no teme al Señor ni al hombre; lo desprecia todo, riquezas y placeres, penas y tormentos, la muerte y la vida, jactándose de renunciar a esta cuando quiera, o de perderla a su antojo. Pero toda esa enojosa prosodia se reduce a una vana jactancia o a sutiles subterfugios para eludir la convicción. ¡Ah! ¿qué pueden enseñar ellos, y cómo no han de engañarse, si no conociéndose a sí propios, y mucho menos a Dios, no saben cómo tuvo principio el mundo, y cómo cayó el hombre, degenerado por sí mismo, sin depender más que de la gracia? Hablan mucho del alma; pero todo cuanto dicen está plagado de errores: buscan la virtud en sí mismos; se atribuyen toda la gloria para no cedérsela a Dios; y designan más bien al Eterno con los nombres vulgares de fortuna y destino, cual si fuese un ser extraño a los asuntos de los mortales. Así pues, aquel que busca la verdad en esos doctores, no la encuentra, o bien, juguete de una ilusión, que es mucho peor aún, solo ve una falsa imagen, un vano fantasma. En cuanto a lo demás, los sabios han dicho que un excesivo número de libros es origen de fatigas y confusión; el que los lee continuamente, sin analizar su contenido con un juicio igual o superior (¿y a qué buscar en otra parte lo que lleva en sí?), continúa siempre en la duda y falto de principios fijos. Está versado, sí, en la ciencia de los libros; pero siendo su juicio superficial, nada maduro, o poseído de preocupaciones, recoge bagatelas o frivolidades, cual si fueran pensamientos escogidos, aunque no valen lo que una esponja; pareciéndose a esos niños que van cogiendo piedrecillas por la ribera. Y si yo quisiera distraer mis horas de ocio con la música o la poesía, ¿dónde mejor que en nuestro idioma nativo podría encontrar tan grato solaz? Toda nuestra ley, toda nuestra historia, están llenas de himnos; los salmos se han compuesto con mucho arte; los cánticos y las arpas, tan agradables a los oídos de nuestros vencedores en Babilonia, revelan que la Grecia es más bien la que tomó de nosotros estas artes; pero las ha imitado mal, consagrándolas a celebrar con pompa los vicios de sus divinidades y los suyos propios, así en fábulas como en odas y cantos, donde representa a sus ridículos dioses, perdiendo ella misma todo decoro. Suprime en esos poemas los epítetos pomposos, semejantes al espeso afeite que cubre las mejillas de una cortesana, y todo lo demás se desvanece, sin dejar placer ni provecho. Indignos serían de compararse con los cánticos de Sión, que tanto agradan a todos aquellos cuyo gusto es puro, esos cánticos en los que se celebra noblemente a Dios, al santo de los santos, así como a sus hombres (divinamente inspirados, y no por ti). Solo exceptúo los poemas en que se pinta la virtud moral por la luz natural, aún no perdida del todo entre los hombres. Ensalzas a sus oradores cual si hubiesen llegado al apogeo de la elocuencia; son seguramente hábiles políticos, amantes de su patria, a lo que parece; pero distan mucho de igualar a nuestros profetas, porque a estos les ilumina la luz celeste, y con su estilo, tan majestuoso y natural, enseñan mucho mejor que todos los oradores de Grecia y Roma, las verdaderas reglas para gobernar las ciudades. En sus escritos se enseña, clara y fácilmente, la manera de hacer a una nación dichosa y conservar su felicidad; lo que arruina los reinos y destruye las ciudades; y estos son, con nuestra ley, los preceptos más propios para formar un monarca.»
Así habló el Hijo de Dios; pero Satán, apurado hasta el extremo (pues había agotado todos sus artificios), contestó a nuestro Salvador con enojado tono:
«Puesto que ni las riquezas ni los honores, ni las armas ni las artes, ni el trono ni el imperio, tienen para ti atractivo alguno; puesto que todo cuanto te propongo para alcanzar prez y gloria, con la vida contemplativa o activa, es rechazado por ti, ¿qué haces en este mundo? El desierto es lo que más te conviene: allí te encontré y allí te volveré a dejar; pero acuérdate de lo que te voy a predecir. Bien pronto tendrás motivos de arrepentirte por haber rechazado así, con tanto escrúpulo y prudencia, el auxilio que te ofrecía, y con el cual hubieras ocupado pronto y fácilmente el trono de David, o el trono del mundo entero. Ahora estás en la edad viril; llegado es ya el tiempo y la hora en que mejor pueden realizarse las profecías que a ti se refieren. Pero si yo sé leer alguna cosa en el cielo, o si este anuncia algo acerca del destino, por lo que me permiten descifrar las inmensas estrellas que se hallan en conjunción, veo que te amenazan penalidades y fatigas, la oposición y el odio, el escarnio, las censuras, los ultrajes, la violencia, los golpes, y por último una muerte cruel. Cierto que estos signos anuncian para ti un reino; mas no puedo discernir si real o alegórico, ni tampoco cuándo; eterno será seguramente, y sin principio ni fin, pues ninguna fecha precisa me dirige en el estrellado círculo.»