Así diciendo, apoderose del Hijo de Dios (pues sabía que aún no se le había retirado su poder), y le volvió a llevar al desierto, donde le dejó, aparentando luego que desaparecía. Entonces comenzó a reinar la oscuridad, declinó el día y sucediole la noche, su tenebrosa hija, ser impalpable que roba la luz en ausencia de aquel. Nuestro Salvador tranquilo y sin irritación alguna después de su excursión aérea, aunque rendido de fatiga, de hambre y de sed, se dispuso a buscar reposo en cualquiera parte, debajo de algún árbol, cuyas entrelazadas ramas pudiesen preservarle del rocío y la humedad de la noche. Empero, aquel abrigo y aquel descanso no le proporcionaron el menor alivio, pues el Tentador vigilaba a su cabecera, y no tardó en turbar su reposo con medrosos sueños. Después comenzó a rugir el trueno de los trópicos y el de los polos; las nubes, entreabiertas por todas partes, lanzaron torrentes de lluvia mezclada con relámpagos, pareciendo que el agua y el fuego conspiraban a la destrucción; rugían los vientos en los profundos antros, y precipitándose luego desde los cuatro puntos cardinales, barrieron el trastornado desierto; los esbeltos pinos, a pesar de sus profundas raíces, y las más robustas encinas, inclinaban sus agitadas copas, doblegándose al embate del huracán, o caían tronchados en el acto. Ya no tenías abrigo ¡oh paciente Hijo de Dios! pero continuabas firme e inalterable. Y no se limitaron a esto las causas de terror: espíritus infernales y espantosas furias te cercaron por do quier; aullaban los unos, rugían las otras, gritaban los demás, dirigiendo contra ti sus inflamados dardos; mientras que tú, sin palidecer, conservabas un aspecto tranquilo y la paz de la inocencia. Así pasó aquella noche horrible, hasta que por fin llegó una serena mañana a iluminar con su dulce luz los pasos del peregrino; la radiante aurora hizo enmudecer al trueno, disipó las nubes, apaciguó los vientos, y ahuyentó a los hediondos fantasmas, que el Enemigo había evocado para dominar al Hijo de Dios por el terror.

Ya el sol, con sus más poderosos rayos, había regocijado la faz de la tierra, secando las gotas que humedecían árboles y plantas. Las aves, al verse rodeadas de más frescura y verdor después de tan horrible y tempestuosa noche, lanzaban al aire sus más dulces trinos entre los bosquecillos y el ramaje, como saludando la vuelta de la mañana. Sin embargo, en medio de aquella alegría y de tan risueña naturaleza, y a pesar del trastorno causado, el príncipe de las tinieblas no estaba ausente; hasta quiso parecer satisfecho de tan agradable escena, y se presentó al Salvador. Empero, no había proyectado ninguna nueva trama, pues de todas se había valido; desesperando alcanzar buen éxito, proponíase más bien inferir el último ultraje para desahogar su rabia y su despecho por haber sido tantas veces rechazado. Encontró a Jesús paseándose en una colina descubierta, sombreada al norte y al oeste por un espeso bosque; salió de él en su acostumbrada forma, y con tono indiferente dirigió al Salvador estas palabras:

«Hijo de Dios, hermosa mañana se presenta después de tan horrible noche: he oído el estrépito de la tormenta; la tierra y el cielo parecían confundirse; pero yo estaba lejos, y estas sacudidas que los mortales temen como peligrosas para los cimientos de la celeste bóveda, o los inferiores de la tierra, son para el universo tan ligeras, tan inofensivas, si no saludables, como un estornudo para el cuerpo del hombre, sin contar que duran poco tiempo. No obstante, así como son nocivas para los hombres, los animales y las plantas, allí donde se producen; y así como causan destrozos y trastornos, lo mismo que las sediciones en los asuntos de los hombres, así también presagian y anuncian desgracias para aquellos sobre cuya cabeza, estallan, pareciendo amenazarles. La tormenta se ha desencadenado principalmente en este desierto para ti, porque tú eres el único humano que aquí habita. ¿No te dije que tendrás motivo de arrepentirte si dejas escapar el momento favorable que se te ofrece con mi auxilio, para posesionarte del trono destinado para ti; y que si lo abandonas todo al capricho de la suerte, persistiendo en seguir tu marcha para obtener el solio de David, sin saber cuándo, puesto que no está indicado en ninguna parte el tiempo y la manera, tendrías algún sentimiento? Seguramente llegarás a ocupar el puesto para que estás destinado, pues los ángeles lo anunciaron así; aunque sin decir nada de la época y los medios. Para que una acción sea del todo buena, no basta que esté conforme con el deber; es preciso también que se haga oportunamente; y por lo tanto, si no te atienes a esto, ten por seguro que te asaltarán, según te lo predije, peligros sin cuento, desgracias y penalidades, antes que logres empuñar el cetro de Israel. De ello te ha podido advertir, como signo precursor e infalible, lo ocurrido en la pasada noche, que te ha rodeado de tantos horrores, de tantos prodigios, y durante la cual has oído tantas voces amenazadoras.»

Así habló Satán, mientras que el Hijo de Dios continuaba su camino sin detenerse: pero contestole con estas breves palabras:

«No he sufrido más molestia que el mojarme un poco: esos terrores de que hablas no me han causado pena alguna; jamás creí que pudiesen producir sino un ruido incómodo, que no pasaría de amenazas. Lo que puedan hacer como presagios o signos de mal agüero, yo lo desprecio, pues todo se reduce a falsos prodigios, que no proceden de Dios, sino de ti. Sabiendo que debo reinar a despecho de todos los obstáculos que suscitar pudieras, me importunas al ofrecerme apoyo y auxilio, con el objeto de que, si yo lo aceptase, pareciera, cuando menos, que tú me has conferido todo el poder. ¡Espíritu ambicioso, tú quisieras ser considerado como mi Dios; y levantas tempestades por haberte dado una negativa, imaginándote que podrías atemorizarme a tu antojo! Desiste, pues, que tus designios son conocidos, y en vano te cansas; no me molestes más inútilmente.»

A lo que contestó el Enemigo, henchido de rabia: «Pues bien, escucha, hijo de David, nacido de una virgen, porque aún dudo que seas el Hijo de Dios. Yo oí decir que todos los profetas habían predicho la llegada del Mesías; con los primeros supe al fin tu nacimiento, anunciado por Gabriel y por los cantos que entonaron los ángeles en las llanuras de Bethleem, celebrándote como el Salvador recién nacido la noche en que viste la luz. Desde aquel momento, y aunque te criabas en tu retiro, rara vez he dejado de observarte en tu niñez, en tu infancia, en tu juventud y en tu edad viril, hasta el día en que, habiéndome dirigido con toda la multitud a las orillas del Jordán para acercarme a Juan Bautista (aunque no con el objeto de ser bautizado), oí que una voz celeste te proclamaba como el Hijo querido de Dios. Entonces juzgué que eras digno de que te observase más de cerca, de que te examinara más atentamente a fin de averiguar en qué grado y en qué sentido se te llamaba Hijo de Dios, título que puede entenderse de varios modos. Yo también soy, o era hijo de Dios, y si lo fui, aún lo soy, luego el parentesco subsiste. Todos los hombres son hijos de Dios; pero yo juzgué que habías sido declarado tal en un sentido más elevado; por consiguiente, vigilé tus pasos desde aquel momento, y te seguí hasta esta soledad, donde por las conjeturas más fundadas, deduje que tú debes ser mi fatal enemigo. Tengo, pues, plausibles razones para procurar conocer de antemano a mi adversario, saber quién y qué es; a qué punto llega su sabiduría y su poder, y cuáles son sus designios, procurando vencerle u obtener de él cuanto pueda por medio de conferencias o acuerdos, una tregua o una alianza; y he hallado aquí una ocasión favorable para ponerte a prueba, para escudriñarte. Confieso que te has mostrado endurecido contra toda tentación, firme como diamantina roca o como el centro del mundo; que has llegado a la mayor superioridad que alcanzar pudiera un simple mortal, tan sabio como virtuoso; pero nada más, pues ya se han visto hombres que despreciaron honores, riquezas, el trono y la gloria, y aún se verán otros. Por lo tanto, a fin de asegurarme que eres más que un hombre, digno de ser proclamado Hijo de Dios, por una voz celeste, debo apelar ahora a otra clase de prueba.»

Al pronunciar estas palabras, arrebató al Salvador, y sin tener las alas de un hipogrifo, llevole a través de los aires por encima del desierto y la llanura, hasta que vieron debajo de ellos la hermosa Jerusalén, la Ciudad Santa, con sus altas torres y su glorioso templo, más elevado aún, cuya cúpula parece desde lejos una montaña de alabastro cubierta de doradas espirales. Allí, en la flecha más alta, fue donde Satán colocó a Jesús, dirigiéndole en tono de burla estas palabras: «Tente aquí derecho, si quieres, pues se necesita alguna destreza para mantener el equilibrio; te he traído a la casa de tu padre, eligiendo en ella el sitio más alto, que es también el mejor. Manifiéstame ahora tu origen, ya que no manteniéndote firme, precipitándote al menos, pues bien puedes hacerlo sin temor, si eres en efecto el Hijo de Dios, toda vez que está escrito: «Mandará a sus ángeles que velen sobre ti, y te llevarán en brazos para que no tropiece tu pie contra ninguna piedra.»

A lo cual contestó Jesús: «También está escrito que no tentarás al Señor, tu Dios.» Y así diciendo, permaneció tranquilo e inmóvil; pero Satán, mudo de asombro, cayó en el acto. Así como el hijo de la Tierra, Anteo (para comparar las cosas pequeñas con las grandes), cuando combatió en Irasa contra el hijo de Júpiter, aunque derribado con frecuencia, levantábase siempre, recibiendo de la tierra, su madre, nuevas fuerzas; y fortificado por su caída, empeñaba la lucha con nuevo vigor, hasta que al fin, arrebatado del suelo y ahogado en el aire cayó muerto[172]; así el orgulloso Tentador, después de ser vencido muchas veces, y al renovar sus ataques, cayó, dominado por su soberbia, del sitio donde se había colocado para ver la caída de su vencedor. Así también aquel monstruo de Tebas, que proponía su enigma y devoraba a quien no lo adivinase, poseído de pena y despecho cuando fue por fin explicado y comprendido, se precipitó de cabeza desde lo alto de la roca Ismeniana[173]. De igual suerte, herido de terror y angustia, el Enemigo cayó, y arrastrado hacia la muchedumbre de sus secuaces, que entonces deliberaban (prometiéndose alegremente un seguro éxito), presentose entre ellos anunciándoles el triste resultado de su empresa, la ruina, la desolación y el espanto, por haber osado con tanta arrogancia tentar al Hijo de Dios. Así cayó Satán; y de improviso, semejante a un globo ardiente, una cohorte de ángeles pasó cerca de allí a vuelo tendido, con toda la rapidez posible. Recibieron al Señor en medio de ellos, y sosteniéndole sobre el blando tapiz formado por sus plumas, transportáronle a través de un cielo sereno; después le depositaron sobre el banco de césped de un florido valle, y pusieron delante de él una mesa cubierta de celestiales manjares, de los frutos divinos de la ambrosía y del licor inmortal que producen el árbol y la fuente de la vida. Bien pronto le repusieron de sus fatigas y repararon sus fuerzas, si es que el hambre o la sed las habían debilitado; y mientras comía, los coros de ángeles celebraban con celestiales himnos su victoria sobre la tentación y el orgulloso Tentador.

«Fiel imagen de tu Padre, bien ocupes tu trono en el seno de la bendición, y reflejes la primitiva luz, o ya te halles alejado del cielo, revestido de envoltura carnal y en forma humana, recorriendo el desierto; cualquiera que sea el lugar que habites, tu figura, tu condición o tu carrera, siempre te presentas como el Hijo de Dios, dotado de una fuerza divina contra el agresor del trono de tu Padre y el raptor del Paraíso. En tiempos muy remotos, tú le venciste y precipitaste del cielo con todo su ejército; hoy has vengado la derrota de Adán, y al triunfar de la tentación, has recobrado el perdido Paraíso, inutilizando la fraudulenta conquista del Enemigo. No volverá este a sentar de nuevo su planta en el feliz jardín para tentar a los habitantes; sus tramas se han frustrado, pues aunque se haya destruido aquella morada de terrenal bendición, se ha fundado ahora un Paraíso más hermoso para Adán y su raza elegida, que como Salvador has venido a restablecer aquí bajo, y donde vivirán seguros cuando llegue el tiempo, sin que deban temer a la tentación ni al Tentador. En cuanto a ti, serpiente infernal, ya no reinarás más tiempo: encerrada en una nube, lo mismo que un astro de otoño o un relámpago, caerás del cielo hollada bajo los pies del Hijo de Dios. He aquí tu castigo, antes que sientas tu herida (que no será la última ni la más grave), por la derrota que acabas de sufrir, y que no te valdrá ningún triunfo; en todas las puertas del infierno, Abaddón maldice tu temeraria empresa. Aprende a temblar en lo sucesivo ante el Hijo de Dios, que aunque desarmado, le expulsará a ti y a todas tus legiones, por el terror que te inspirará su voz, de todos tus infernales antros. Emprenderán la fuga aullando, e implorarán la gracia de ocultarse en una pocilga, por temor de que les mande precipitarse en el abismo, donde encadenados, serían sometidos al tormento antes de llegar su hora. ¡Salve Hijo del Altísimo, heredero de ambos mundos, vencedor de Satán! Comienza ahora tu gloriosa carrera, y da principio a tu obra de salvar a la humanidad.»

Así glorificaron con sus cánticos al Hijo de Dios, nuestro buen Salvador, celebrando su gloria; y recobradas las fuerzas con los celestiales manjares, púsose en camino alegremente para volver al hogar doméstico a reunirse con su madre.