Ocho años fecundos en acontecimientos habían de pasar, antes de que Milton volviera a casarse. El alivio de trabajo que tenía en su cargo de secretario, le dejaba algún tiempo más de que disponer; seguía ocupándose en la Historia de Inglaterra, y ahora dio principio a los apuntes preparatorios para un diccionario latino reformado, y a la reunión de materiales para una obra de Teología; mas poco después de haber enviudado segunda vez, comenzó a pensar en el asunto de la Caída del Hombre para el poema épico que de tiempo atrás meditaba. Según su amigo Aubrey, empezó esta grande obra en 1658, mas en esta época todavía no se consagraba a ella del todo, sino a ratos. En 1658 publicó el manuscrito de la obra de Sir Gualterio Raleigh titulada el Consejo del Gabinete. En 1659 dio su importante tratado de la Potestad civil de los casos eclesiásticos, y un vigoroso opúsculo sobre los medios de suprimir los Jornaleros de la Iglesia. En el mismo año escribió también una carta a un amigo, tocante a los trastornos de la República, y otra al general Monk en favor de una República libre, exponiendo los medios que debían emplearse para asegurarla; pero eran cartas confidenciales y breves que no llegaron a imprimirse. El folleto dado a luz algunos meses después bajo el título de Breve y fácil camino para establecer una República libre, era de más importancia y estaba dirigido a la nación. En este opúsculo recomendaba con mucho empeño la excelencia de una República libre «comparada con los inconvenientes y peligros de la restauración monárquica en aquel país.» Otro fragmento publicó por entonces en contestación a un sermón altamente realista, predicado por un doctor Mateo Griffith, que se decía «Capellán del último Rey.» En estos dos escritos protesta Milton con toda su energía contra el restablecimiento del gobierno de los Estuardos, y en el mismo sentido seguía clamando, cuando los cañones de Dover Castle anunciaban el desembarque de Su Majestad Carlos II; pero la nación no le oía, y la corte y el pueblo se apresuraban a realizar las fatídicas predicciones tantas veces anunciadas por Cromwell, reproducidas por Milton al presente. La parte sensata del país estaba cansada de una guerra de facciones, del desorden que cada vez introducía más profunda perturbación, y anhelaba se realizasen sus esperanzas, fundadas en las prudentes y patrióticas intenciones del Rey proscrito. Aquellas esperanzas iban a salir fallidas; pero la experiencia vino demasiado tarde, y lo hecho ya no podía menos de realizarse.

En los ocho años que precedieron a la Restauración, vivió Milton en su aislado domicilio de Petty France, cerca del centro en que se agitaban todos aquellos años las ruidosas cuestiones suscitadas entre la Iglesia y el Estado. En aquel solía recibir a sus amigos, entre los que nos figuramos oír a Ciriaco Skinner discurrir libremente sobre los últimos debates del Parlamento o del club, y sobre la marcha de los negocios públicos. En el mismo sentido resonaba allí la honrada voz de Andrés Marvell, que a veces hacía también ingeniosas y profundas observaciones críticas acerca de la poesía y de la literatura en general. Allí es de suponer que Roberto Boyle hablase a su ciego amigo de los nuevos experimentos filosóficos, pasando de los misterios de la naturaleza a las religiosas consideraciones que le inspiraba su supremo Autor. Los escritos de Milton prueban las relaciones personales que tenía con los hombres más distinguidos del ejército y del Estado, y que estos acudían de vez en cuando a visitarle. La admiración que causaba su genio, lo mismo que el de Bacon, era mayor entre los extranjeros que entre sus compatriotas, y en esa época, después de Cromwell, el inglés que más llamaba la atención de los primeros, y a quien manifestaban más deseos de conocer, era nuestro autor; por lo que muchos emprendían un viaje y se dirigían a su modesta vivienda solo con este objeto.

Pero todo cambió con la Restauración. Milton debió comprender que su vida no estaba segura; había terminado su carrera política, y no bastaba en lo sucesivo su silencio para preservarle de las consecuencias de lo pasado. Abandonó entonces a Petty France y halló en Bartolomé Close un asilo y un amigo. A la proclamación se siguió su encarcelamiento; pero tenía amigos de influencia deseosos de favorecerle, como su cuñado Sir Tomás Clarges, Morrice, secretario de Estado y primo del general Monk, Andrés Marvell, que era individuo del Parlamento, dos distinguidos realistas, regidores de York, y sobre todo Sir Guillermo Davenant. Aun entre sus enemigos había algunos que consideraban su pérdida de vista con lástima, y su genio con respeto. Hay quien dice que algunos de sus amigos le dieron por muerto, y fingieron hacerle exequias fúnebres para frustrar la persecución del gobierno que andaba en busca suya; pero semejante recurso hubiera parecido sobrado cándido además de no ser creíble que Milton se hubiera prestado a semejante farsa. A ser cierta esta especie, los ingenios de la corte de Carlos no la hubieran dejado dormir tanto tiempo después del suceso.

En junio de 1660 resolvieron los Comunes que los Iconoclastas y su Defensa del Pueblo de Inglaterra se quemasen por mano del verdugo, y así se verificó en el mes de agosto; pero al mismo tiempo se pronunció sentencia de indemnidad, absolviendo de la pena de muerte al autor, aunque algunos meses después, no sabemos por qué causa, le hallamos bajo la vigilancia del macero del Rey. Sin embargo, en breve fue puesto en libertad, castigándole solo a pagar sus alimentos; pago a que resistió con su carácter independiente y resuelto, fundándose en que era excesivo, y se modificó el tanto antes prefijado.

Al dejar la casa de Bartolomé Close, tomó otra en Holborn, cerca de Red Lion Square, de donde a poco se trasladó de nuevo a Jewin Street. Aquí publicó una obra sobre los Accidentes y Gramática de la Lengua Latina, y además los Aforismos del Estado de un manuscrito que dejó Sir Gualterio Raleigh. Debemos añadir que en esta casa de Jewin Street contrajo Milton su tercer matrimonio, mas no parece que fuese con mucha anterioridad a 1664. Su amigo el doctor Paget le recomendó a Isabel, hija de Mr. Roberto Minshull de Wistaston, cerca de Nantwich, en Cheshire, como mujer que podría contribuir a su felicidad, y se verificó este enlace. Tenía entonces Milton cincuenta y seis años, y treinta menos su esposa. Su hija mayor contaba diez y ocho, y la segunda diez y seis.

Permaneció Milton tanto tiempo sin casarse con la esperanza al parecer de que sus hijas adquirieran afición y capacidad para el arreglo de la casa, pero estas esperanzas debieron frustrársele. Milton incurrió al parecer en la falta de haberse conducido con sus hijas no tan dignamente como era de esperar de él; conducta que por una y otra parte dejamos al juicio de los lectores.

A mistress Foster, nieta de Milton, se atribuye la declaración de que su abuelo, además de la aspereza con que trataba a sus hijas, miraba con tal indiferencia su educación, que no quiso que aprendiesen a escribir. La mayor no podía leer por cierto impedimento que tenía en la lengua, pero las otras dos, y Débora la más joven lo dice así, sabían leer en ocho idiomas, entre ellos el griego y el hebreo; pero la ocupación de verse obligadas a leer mucho en estas lenguas, o por lo menos en una que no sabían traducir, debía ser tan desagradable como inútil. El sobrino del poeta, Philips, refiere que luego que las jóvenes concluían esta ocupación, iban todas tres fuera de casa «a aprender algunas labores curiosas y entretenidas, propias de mujeres, especialmente el bordado en plata y oro.» El hecho de que Milton al morir dejó cuanto poseía a su esposa, excepto lo que podían reclamar sus hijas por la parte de su madre, de la familia de los Powells, ha venido a confirmar los desfavorables informes que se tienen en el particular.

En cambio debe recordarse que mistress Foster, la nieta del poeta, no es enteramente digna de crédito, pues la aserción de que Milton no quiso enseñar a sus hijas a escribir, es positivamente falsa, dado que Aubrey afirma ser Débora, la más joven, la amanuense de su padre, y que aprendió latin y a leer griego, es decir, a traducir una lengua y leer otra. Débora además asegura que aunque no fueron a colegio, «aprendían en casa con una maestra que se tomó a este fin.» Esto significa que estaban bajo la dirección de un aya. A este gasto hay que añadir el del aprendizaje del bordado, y la asignación que tuvieron los cuatro o cinco años antes de morir su padre, en que dejaron de formar parte de la casa. Al fin de ese tiempo, dice él que había «gastado la mayor parte de su fortuna en esta atención,» y al mismo tiempo que habían sido «descuidadas y poco afectuosas con él;» que «no le cuidaban estando ciego, ni hacían nada en obsequio suyo;» que «en lugar de servirle de apoyo, que tanto necesitaba, se confabulaban con la criada para sisarle en la compra;» que habían inutilizado algunos de sus libros, y vendido los demás a las prenderas; y que María, la segunda, sabiendo que su padre estaba para casarse, decía que la mejor noticia que podrían darle de él era que había muerto.

La nueva mujer de Milton tenía veinte y seis años de edad cuando se casó, y Aubrey, que la conoció, la pinta como «una bella persona, de carácter bondadoso y dulce.» Por lo que de ella se dice, debemos en efecto presumir que se distinguía por sus atractivos personales. Sábese que profesó a su marido gran respeto; que los versos que se le ocurrían a él de noche, los escribía ella al dictado al siguiente día; que procuraba complacerle en todo, y que de hecho probó ser una excelente señora. Milton mismo confiesa que era una «amante esposa», y su hermano Cristóbal asegura que así como él «se quejaba, aunque sin acritud, de que sus hijas le habían tratado con poco cariño, de su esposa decía que había sido amable y cuidadosa.» Al dejar para ella la propiedad de que podía disponer, que, sin embargo, no le proporcionaba más que los medios de una regular subsistencia, daba a entender que satisfacía una deuda de gratitud. En el convenio últimamente hecho cuando se litigó la herencia, las hijas se contentaron con recibir cien libras cada una por su parte; y al mismo tiempo las mil libras que seguía debiendo la familia de Powell, reconocidas por personas que se obligaban a pagarlas como una deuda legítima, quedaban a las hijas como objeto de reclamación. «Philips cuenta» dice Johnson, «que mistress Milton persiguió a las hijastras en vida de su marido, y las despojó de lo suyo después de muerto;» pero baste decir que Philips nunca dijo semejante cosa, ni es la primera vez que la ojeriza de Johnson le lleva a incurrir en difamaciones de esta naturaleza. La mejora hecha en favor de la viuda, probablemente sugerida por ella misma, es el único cargo que puede hacérsele; y por lo que hace a la persecución que se le atribuye, Débora bien podía dejar su casa, aun recibiendo buen trato, para ser adoptada, como de hecho lo fue, por mistress Merien, mientras sus dos hermanas difícilmente hubieran vivido cinco o seis años al lado de su madrastra, si tan mal se hubiera conducido con ellas. En todo esto, en lo que se dice del proceder de Milton para con sus hijas y su primera mujer, no es fácil asegurar en quién estuvo la falta, pero no creemos aventurar mucho al decir que si él fue culpable con los demás, estos lo fueron en mucho mayor grado para con él.

No siguió viviendo mucho tiempo en Jewin Street; de allí se trasladó, por último, a una casa situada en Artillery Walk, que entonces era una hermosa calle que salía a Bunhill Fields; pero no había residido mucho tiempo en su nueva vivienda, cuando le lanzó de ella la peste, que tan terriblemente invadió la metrópoli en 1655; hubo de refugiarse por algún tiempo en una casa cualquiera de Chalfont, en Buckinghamshire, que había alquilado para él su joven amigo Wood, el Cuáquero. En este tiempo concluyó o dejó casi concluido su Paraíso perdido.