Inútil es decir que Milton no conocía la naturaleza humana, pero de estos principios se deduce que le faltó poco para acertar con las tendencias más arraigadas y características del pueblo inglés. Sus instituciones, como todas las de carácter natural y propio, se habían deducido de su vida social. De ninguna de ellas se había echado mano porque únicamente se recomendase por la abstracción de sus teorías o porque en el papel parecieran muy acertadas. Todo dimana de las exigencias, y todo se adopta con tal que se acomode a estas; pero para acomodarlas a la república de Milton, necesitaba la nación olvidarse de casi todas las tradiciones, formas y sentimientos de lo pasado, y reemplazarlos con un orden de cosas que habían de hacerse, mas no con un orden de cosas ya hechas. Exigir una combinación de esta naturaleza de un hombre inteligente, era demasiado; mas exigirlo de un pueblo tan fiel a sus antiguas costumbres como el inglés, no era en manera alguna razonable. Como político, el gran vate proclamaba altas verdades, pero la aplicación de estas verdades a las actuales circunstancias, pedía un pensamiento y un temperamento más flexible que el que Milton podía llevar a la ciencia de la política. Cromwell comprendió que la mayoría de la nación, bajo una u otra forma, era realista, y que dejar la futura suerte del gobierno al sufragio de la nación, equivalía a votar la destrucción de la República. Milton equivocó el concepto de lo que la nación podía hacer y lo que debía ejecutar. Cromwell, que tenía un gran instinto político, vio lo que la nación quería hacer abandonada a sí misma, y procedió con arreglo a este principio.
Por lo que hace a sus creencias religiosas, Milton en lo sustancial no se apartaba de las de su tiempo y su país. La fe de su juventud era la de un puritano, y aunque su piedad participaba de cierta índole libre, resultado natural de su especial inteligencia y modo de ver, nunca dejó de participar, en lo importante al menos, del espíritu y del carácter puritanos. A su muerte dejó dos obras manuscritas, una Historia de Moscovia, publicada poco después, y un Tratado completo de Doctrina Cristiana, que permaneció ignorado hasta que se dio a luz, traducido del latin, en el primer tercio del presente siglo. Verdad es que hasta los cuarenta años próximamente de edad, Milton fue trinitario y calvinista. En punto a la Trinidad, su opinión admitía algunas modificaciones, pero no hay seguridad de esta circunstancia hasta que apareció el Paraíso perdido, es decir, cuando se acercaba a los sesenta años. En este poema hay algunas expresiones oscuras y desusadas sobre las personas que comúnmente se consideran como indistintas, y formando una sola en la Divinidad; en la Doctrina Cristiana, el Hijo se representa como la suprema naturaleza creada, pero creada al fin, y el Espíritu Santo, cuando está representado como una persona, se supone que es el ser más inmediato al Hijo. Debe, sin embargo, advertirse que semejante concepto no afecta en manera alguna a las opiniones de Milton sobre otros puntos teológicos; modificó en esto sus creencias, pero en todo lo demás las conservó inalterables: siguió creyendo en la caída del hombre y en las consecuencias que tuvo respecto al género humano; en la Redención de Cristo, en el perdón por medio de su sacrificio, en la justificación por su Justicia y en el poder regenerador del Espíritu Santo. La Redención, según él, fue concebida por una Trinidad de personas, aunque no iguales entre sí, y por una Trinidad de actos, bien que estos no se produjeran por personas de la misma naturaleza y autoridad.
Los críticos de Milton suelen admirarse de que un drama tan maravilloso como el Paraíso perdido estuviese fundado en datos tan incompletos como los que ofrecen los primeros capítulos del Génesis; pero la verdad es que el poeta no halló los materiales de su obra dentro de aquella pauta: creía, como muchos aventajados críticos creen aún, que la primera parte de la revelación está formalmente expuesta en la última; que el Paraíso perdido no se funda en el Génesis, sino que como la teología del siglo XVII, está únicamente cimentado en la Escritura. Hasta algún tiempo después del en que floreció Milton, casi todos los cristianos, sinceros creyentes, procedían bajo el mismo espíritu.
Se ha alegado como un grave cargo contra Milton que en sus últimos años no se sabe que formase parte de Iglesia alguna, ni profesase una forma dada de culto público; pero los que esta acusación propalan parece que se olvidan de que Milton sostuvo sus controversias eclesiásticas con el gran partido presbiteriano, casi tanto como con la Iglesia de Inglaterra; que en sus últimos años la única Iglesia permitida era esta última; que el haberse afiliado en un culto cualquiera distinto del de esa Iglesia, hubiera equivalido a una violación de la ley y a incurrir en la pena de multa y encarcelamiento. Ciertamente que si se hubiera concedido libertad de cultos, apenas habría hallado Milton iglesia cuyo credo estuviese conforme con el suyo; que concedida semejante libertad, dudamos que hubiera aprovechado la ocasión para valerse de ella. Hombres religiosos hay que convienen en un culto sin estar afiliados en ninguno.
Ya hemos hablado bastante de la crítica del doctor Johnson con respecto a Milton. El autor que no tiene escrúpulo en decir a sus lectores que cree a Milton capaz de forjar una oración para el Eikon Basilike, con el objeto de poder, fundado en ella, acriminar mejor al Rey, se priva de toda autoridad en cuanto se relaciona con la reputación del autor del Paraíso perdido. Mr. De Quincey, aun siendo tory y nada afecto al puritanismo, ha calificado la conducta de Johnson respecto a Milton con frases muy severas, pero que no por eso dejan de ser exactas. «Por lo que hace al doctor Johnson, dice, ¿he de perdonarle yo por la trivial consideración del perjuicio que le irrogue? El doctor Johnson, cuando juzgaba a Milton, obraba con malicia, con falsedad y sin pudor alguno. Era hombre muy tentado de la falsedad, y no tenía la virtud de resistir a la tentación. Lo que hay es que Johnson ni capaz era de comprender a Milton. Johnson tenía su paraíso en las calles de Londres, y no tenía para qué hacer caso del que Milton había creado: para Milton, la religión y el gobierno eran los grandes intereses de la humanidad; para Johnson la religión no tenía más influencia que intimidar y rebajar el alma en lugar de sublimarla e infundir en ella nobilísimas aspiraciones; y en cuanto a gobierno, los hombres debían darse por contentos del que Jorge III tenía la dignación de darles. La naturaleza humana pintada por Johnson es una pobre naturaleza, pobre para este mundo y pobre para el otro; pintada por Milton tiene facultades divinas, y la perfección de que es capaz, y que él reconoce, es la profecía de su destino. Muy bien puede el poeta haberse remontado tanto a las regiones de lo ideal, que se olvidara de cuanto le rodea; pero el moralista que rebaja tanto la actualidad, se priva de la fuerza que puede elevarle hasta lo ideal. Johnson puede analizar y considerar los seres humanos en su vida mundana como ninguno otro hombre, pero seres humanos que puedan alternar con los ángeles, estaba muy lejos de concebirlos. Preferible, infinitamente preferible, es soñar con Milton, a no tener esperanza alguna como Johnson. Pero ¿qué decimos soñar? La fama del poeta es toda una realidad; el mundo celestial en que su espíritu penetró, una realidad todavía más grande, y los principios que de sus labios oímos son los más nobles que han salido jamás del pensamiento humano, y seguirán siéndolo siempre.»
EL PARAÍSO PERDIDO
LIBRO PRIMERO
ARGUMENTO
Este primer libro contiene en breves palabras la exposición o asunto de todo el Poema: la desobediencia del hombre, y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que el primer móvil de su caída fue la Serpiente, o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles, fue por disposición divina arrojado del cielo y precipitado con toda su hueste en el profundo abismo. Terminada esta exposición, el poema prescinde de los demás antecedentes, y representa a Satanás con sus ángeles, sumidos ya en el infierno, que se describe aquí, no como si estuviese situado en el centro del mundo (porque debe suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún, y por lo tanto, no podían ser mansión de réprobos), sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente caos. Lanzado allí Satanás, con todos los suyos, en medio de un lago ardiente, herido del rayo y anonadado, vuelve por fin en sí como al despertar de un sueño, llama al que yace junto a él y es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él. Levántanse a su voz unas tras otras: su número, su orden de batallar y sus principales jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de un nuevo mundo y de un nuevo ser, conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo visible. Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a los principales. Resolución que adoptan. El Pandemonium, palacio de Satanás, construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los próceres infernales.