Dijo, y en muestra de aprobación, levantáronse en alto millones de flamígeras espadas, que desenvainaron los poderosos querubines. Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipita una numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que, armados de picos y azadas, se esparcen por los reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón[44] es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los espíritus caídos del cielo, pues aun en este sus miradas y pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la visión beatífica. Por él primero, y guiados por sus indicaciones, saquearon los hombres el centro de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que se produzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago, y separa cada especie, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros, en fin, forman con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano, un solo soplo de viento, repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.

De repente, al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra como vaporosa llama un edificio inmenso, construido como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante magnificencia, para honrar a sus dioses, Belo o Serapis, o para entronizar a sus reyes, cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y ostentación.

Queda fija por fin la ascendente mole, ostentando su majestuosa altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver interiormente su vasto espacio, y toda la extensión de su pavimento terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos fanales que, alimentados por la nafta y el asfalto, difunden la luz como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra, y otros al arquitecto. Diose a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal poder, encargándoles que gobernasen las celestiales milicias, cada cual conforme a su jerarquía.

Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua Grecia: los hombres de Ausonia[45] le llamaron Múlciber[46]. Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la mañana al medio día y desde el medio día hasta la noche; y al ponerse el sol cayó del zénit, como una estrella volante, en Lemnos, isla del mar Egeo. Referíanlo así los hombres y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su rebelde hueste, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo, ni se salvó a pesar de todas sus máquinas, siendo arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.

Entre tanto, los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército la convocación de un consejo solemne, que debe reunirse inmediatamente en el Pandemonium, capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del templo, y sobre todo el inmenso salón, semejante a un campo cerrado, donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del Sultán, retando a la caballería pagana a un combate a muerte o a romper lanzas[47]. Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como en la primavera, cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populosa prole, y revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío, o sobre la plancha unida, que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar, y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado; así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el momento de darse la voz de alerta.

Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase...

Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno.