Pero ¡oh maravilla! los que antes semejaban superar en altura a los gigantes, hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India, o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de media noche, junto al lindero de un bosque o a la orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus, entregados a sus danzas y juegos, halagan el oído del aldeano, cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo[48].
De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones, y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retirado los grandes señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la solemne deliberación.
Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez...
LIBRO SEGUNDO
ARGUMENTO
Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deberá aventurarse otra batalla para recobrar el cielo: algunos son de este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán, que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el consejo, retíranse los espíritus por diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega este entre tanto a las puertas del infierno, que encuentra cerradas. Refiérese quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo, abriéndoselas al fin, le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de aquel lugar, hasta que llega a la vista del nuevo mundo que buscaba.
En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India[49], y de las regiones en que el suntuoso oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y oro[50], encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la desesperación le ha puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra contra los cielos, no escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación:
«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora, no doy por perdido el cielo. Después de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi derecho y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más seguro, no envidiado, y cedido con pleno consentimiento. En el cielo, el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se halla más expuesto, por ser vuestro antemural, a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación en la pena actual, para codiciar, por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta ventaja, pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo examinaremos: hable quien se sienta capaz de dar consejo.»