Calló Satán, y hallándose inmediato Moloc, rey que empuñaba cetro, se puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno y, antes que reputarse inferior prefería dejar de existir, porque sin este cuidado nada tenía que le intimidase. Menospreciaba a Dios, y el infierno y cuanto hubiese más horroroso que este; y así prorrumpió en los siguientes términos:
«¡Guerra abierta! este es mi parecer. No soy experto en ardides, ni me glorío de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario, no ahora. ¡Pues qué!, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas, ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame, y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la vez, sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido, que por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo, ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.
»Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor anonadamiento; pero ¿qué mal más grande que existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras, y a merced del látigo inexorable cuando llega la hora de los tormentos[51]? Mayor castigo que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues ¿qué tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con incesantes asaltos aquel trono fatal, aunque inaccesible; lo cual, ya que no victoria, por lo menos será venganza.»
No dijo más; y frunciendo el ceño, brillaron sus ojos en sed de inextinguible venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gracioso y menos fiero.
Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura: parecía estar predestinado a las dignidades y los grandes hechos, pero todo era en él ficción y vanidad, por más que destilase maná su lengua, y diera apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más acertados. Era de pensamientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero sabía halagar los oídos, y con persuasivo acento comenzó así:
«Desde luego ¡oh príncipes! estaría yo por la guerra a muerte, que en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolvernos a una guerra inmediata, no me disuadiera más, y no me pareciese en último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y su propia fuerza, funda todo su valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo ¿cómo nos vengaremos? Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran por do quiera los reinos de la noche, sin temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume trono, y la sustancia etérea, libre de toda mancha, rechazaría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.
»Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación. Y ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensamiento que abarca toda la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las profundas entrañas de perpetua noche, insensibles a todo y gimiendo en completa inercia? Y ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es dudoso; que no lo consentirá jamás, es seguro. Siendo tan previsor, ¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean, o aniquilar en su cólera a aquellos a quienes preserva su cólera misma a fin de castigarlos eternamente?
»¿Por qué, pues, vacilamos? dicen los que aconsejan la guerra: estamos condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera que procedamos, ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que este? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados? ¡Ah! cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos encadenados en el hirviente lago ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se reanimase el hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los diques de su cólera, y si el firmamento que se extiende sobre el infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas, y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos, y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este abrasado océano. A solas entonces con nuestros incesantes gemidos, sin tregua, ni reposo, ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben, ¡cuánto mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros de la guerra así franca como encubierta; porque ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza en semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquel cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada? Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menosprecia nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para resistir a nuestras fuerzas, como para destruir todas nuestras tramas y conatos.
»¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, ultrajados de esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande, pues el hado y sus decretos irrevocables nos someten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la ley que lo ha ordenado así, no es injusta, y esto hubiéramos debido comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo tan poderoso, y cuando su resultado era tan incierto.
»Ríome de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando esta les falta, se amilanan, y temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos tan lejos de su presencia e inofensivos, se olvidará de nosotros, ya satisfecho de su justicia; y si su aliento no le incita, se templará el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y naturaleza, de tal manera se identificará con él que no experimente dolor alguno, convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, y si infeliz, no llegará al extremo con tal de que no nos hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»