Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura.
LIBRO QUINTO
ARGUMENTO
Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que él oye con disgusto; pero hace por consolarla, y salen ambos a su trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana. Para que el hombre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a Rafael, que le recuerde su obediencia, que le manifieste el uso que ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es este y cuál la causa de su enemistad, con todo lo demás que a Adán le importa saber. Baja, pues, Rafael al Paraíso; píntase su celestial hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su albergue, y le regala con las frutas más sabrosas que al efecto ha cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael desempeña su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara quién sea este y lo que le induce a obrar así, empezando su relato por la primera rebelión de Satán en el cielo, el origen de ella, cómo se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a rebelarse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el serafín Abdiel, que contradice sus razones, y se opone a él, y por último le abandona.
Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño, ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba al menor ruido de las hojas, de los brumosos arroyuelos, a que da movimiento el alba, y de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles. Pero se sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó su mano; y con una voz tan dulce como la de Céfiro cuando acaricia a Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa, alma mía, supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta: mira que alumbra ya la mañana, que la frescura del campo nos está llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no vemos cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los pétalos sus almibarados jugos.»
Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándole entre sus brazos, dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a verte y vuelvo a gozar del día! Porque has de saber que esta noche (noche igual no he pasado hasta ahora) he tenido un sueño, si sueño puede llamarse, porque no he pensado en ti, como pienso siempre, ni en nuestras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados que hasta esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he tenido un sueño en que me parecía que, introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué duermes, Eva? me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura y del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro de la noche, que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; esta es la hora en que la luna completamente redondeada y en la plenitud de su dulce claridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo: inútiles encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti, prodigio de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede menos de embelesar a cuantos la ven.» Me levanté, creyendo que eras tú el que me hablabas, mas no te vi; eché a andar deseosa de encontrarte, y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multitud de caminos, hasta que de repente me hallé junto al árbol de la ciencia prohibida, que se me representó hermosísimo, más hermoso que durante el día. Mirándole estaba maravillada, cuando a su lado noté que había una figura con alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus húmedos cabellos estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el árbol, y exclamó: «¡Oh preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni Dios ni hombre, quiera aliviarte de él, ni gustar de su dulzura! ¿Tan despreciable es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo de este placer. De otra suerte ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más vacilar, con mano atrevida cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y mucho más viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él, arrebatado de entusiasmo: «¡Oh, divino fruto, siguió diciendo, dulce por extremo, y más dulce todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fueras de los hombres, los convertirías en divinidades. Y ¿por qué no han de aspirar a ser dioses los humanos? ¿No se acrecienta el bien a medida que se comunica? Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de nuevas adoraciones. Ven, pues, felicísima criatura, Eva hermosa y angelical: gusta como yo de este fruto, que si hoy eres feliz, llegarás doblemente a serlo; gusta de él, y serás una nueva deidad entre los dioses, y tu imperio no se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como nosotros, o podrás remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la vida que viven los dioses, y tú vivirás como ellos.» Y hablando de esta suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal modo mi apetito que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y admirada de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado y de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente desapareció mi guía, y a mí se me figuró que caía precipitada a la tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado, y visto que todo ha sido la ilusión de un sueño!»
Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado Adán al oírlo, la respondió: «Perfecta imagen y amada mitad de mí mismo: ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras dormías, también ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero ¿de dónde provendrá ese mal? En ti, que tan pura eres, ni sombra de él puede darse; pero oye lo que voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores, sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el principal oficio la Imaginación, que de todos los objetos exteriores, que perciben los sentidos cuando están despiertos, forma quimeras y visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, produciendo así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la naturaleza se entrega al reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y acontece con frecuencia que aprovechándose la Imaginación de este retraimiento, como continuamente está en vela, procura imitarla, forjándose allá mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos, especialmente durante el sueño, solo produce pensamientos inconexos, y confunde los hechos presentes con los pasados y los remotos.
»Así, en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza con los asuntos de que tratamos en nuestra última conversación, bien que revestidos de extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte sobresalto alguno. Puede introducirse un mal pensamiento en el ánimo, tanto del hombre como de los espíritus celestiales, indeliberadamente y sin que llegue a contaminarle; y esto me inspira la confianza de que ese sueño que tal aversión te ha inspirado mientras dormías, no consentirás nunca que despierta se realice. Aleja, pues de ti toda tristeza: que no empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante y serena que la que en su primera sonrisa envía al mundo la aurora. Levantémonos, y volvamos nuevamente a nuestras dulces faenas, nuestros bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y exhalan los suavísimos aromas que han guardado durante la noche, para que te goces mejor en ellos.»
Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada; pero en medio de su silencio se deslizó de sus ojos una dulce lágrima que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras a sus cristalinas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo de este modo a aquella tímida demostración de un remordimiento que se alarmaba con la sola idea de la culpa, sin ser culpable.