Dando pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo; y apenas traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre, a la luz del día y del sol, que al aparecer en su carro, tocaba con las ruedas la superficie del océano, y cuyos rayos impregnados de rocío y paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar a su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de variedad ni de santo entusiasmo, bien fuesen recitados, bien cantados de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios una elocuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del arpa ni del laúd; y dieron así principio:

«Estas, Padre del bien, Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras. Obra es de tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se encumbra sobre esos cielos, invisible para nosotros, confusamente vislumbrada en tus más pequeñas obras, en las cuales, sin embargo, se descubre tu bondad, superior a toda idea, y tu poder divino. Celebradle vosotros, que podéis hacerlo más dignamente, espíritus angélicos, hijos de la luz; vosotros, que le contempláis de cerca, y que en torno de su trono, en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis cánticos de alegría; vosotros, que estáis en el cielo. Unid también vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en honor del que es principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito. Y tú, la más brillante de las estrellas, última que recorres la vía nocturna, si no perteneces más bien al alba, precursora del día, que con tu fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálzale asimismo en tu luminosa esfera, a la hora apacible en que asoma la luz de oriente. Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje como superior a ti, y en tu incesante giro proclama sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu apogeo y cuando te ocultas a nuestros ojos. Luna, que acompañas unas veces al Sol en su oriente, y otras te apartas de él, huyendo con las estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de cinco, que al compás de armónicos sonidos os movéis en misteriosa danza: publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz. Aire y los demás elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno Naturaleza: pues vuestra cuádruple virtud recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e influís e inspiráis la vida en todo, que vuestro continuo movimiento sirva para tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y más variados. Y vosotras, nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos lagos, negras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria de vuestros ropajes: surgid para honrar el nombre del magnífico autor del mundo; y ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o derraméis vuestra fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadle también con manso murmullo o rugiendo impetuosamente, oh vientos que sopláis de los cuatro ángulos de la tierra; y vosotros, excelsos pinos, árboles y plantas de toda especie, inclinad vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadle asimismo al son susurrante de vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid a las demás vuestras voces, criaturas todas vivientes. Aves, que cantando os remontáis hasta las puertas del cielo, sublimad su gloria en vuestras melodías y llevada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que vagáis por la tierra, ya hollándola majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la noche, y de que mi voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y en la fresca sombra de las enramadas, que de mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas, Señor del Universo! Que tu bondad, como hasta aquí, nos dispense únicamente bienes; y si la noche ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo, como la luz ahuyenta las tinieblas en este instante.»

Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la cual, recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma. Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre prados cubiertos de rocío y de flores; y llegaron a un plantel de árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta reformase su estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos entre sí; la cual, como amante esposa, le ciñe con sus flexibles brazos, y le ofrece en dote sus racimos, y embellece con ellos su inútil hojarasca.

Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó de ellos, y llamando a Rafael, el espíritu amigable que se dignó de viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la doncella siete veces casada[82]: «Rafael, le dijo, ya sabes la perturbación que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso abismo, ha movido Satán en el Paraíso terrestre, y la inquietud que ha causado esta noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la ruina de ellos labrar a la vez la de su descendencia. Ve, pues, allá; emplea el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan los amigos. Le encontrarás en un sitio sombrío y retirado que le preserva del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso repara las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo que le hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad depende su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por exceso de confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que, por haber sido expulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan también indignos de tal ventura, no empleando a este fin la violencia, que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenle, en suma, de cuanto debe hacer, no sea que delinquiendo voluntariamente, alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de consejo y de previsión.»

Esto ordenó el Padre Eterno; con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia. No demoró un punto al alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de entre la innumerable multitud de serafines en que estaba, cubierto por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio del firmamento. Apártanse a uno y otro lado las angélicas legiones para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta llegar a las puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte el sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se interponen a sus miradas, y ve la tierra, pequeña como en sí es y semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios coronado de cedros por encima de las más altas montañas. Así, aunque menos distintamente, contempla el observador durante la noche, por medio de los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias en lo interior de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa al aparecérsele, las islas de Delos y Samos entre las Cícladas.

Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad del espacio aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas, ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el movible aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas remontarse, mirábanle todas las aves asombradas como al fénix, único en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas. Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las dos que cubren sus anchos hombros le caen sobre el pecho como un magnífico manto real; los dos de en medio ciñen su talle como una estrellada zona, y orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos resguardan sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color del firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus plumas, llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en torno le circuía.

Reconociéronle al punto las legiones de ángeles que custodiaban el Edén, y le recibieron con el honor debido no solo a su dignidad, sino a su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia de la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas, y entró en el bienaventurado campo, atravesando odoríferas florestas de mirra y casia, de nardos y de bálsamos, que sobrepujaban en dulzura a todo encarecimiento; porque exuberante allí y risueña como en su primavera, la naturaleza, desplegaba todos sus encantos juveniles y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros en medio de aquel silvestre espectáculo, superior a toda perfección artística.

Sentado a la entrada de su fresca gruta, le vio Adán según iba adelantándose por en medio de la aromática floresta. Desde su mayor elevación, lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo más profundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en lo interior de su albergue, a la hora en que solía, preparando para su comida los sabrosos frutos, que con solo ser gustados, eran deleite del apetito, y al propio tiempo despertaban la sed del néctar que la leche, el jugo de ciertas frutas o los racimos de la vid les suministraban. Llamó, pues, Adán a su Esposa, diciendo:

«Ven, Eva, corre, verás un objeto digno de contemplarse: a la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en la mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones que guardes; no escasees prodigalidad alguna, y recíbele con todo el honor debido a un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que tan liberalmente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí sus inagotables tesoros, y que al desprenderse de ellos para hacerse más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»

A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo de la tierra que animó Él mismo: el cuidado de guardar lo que ha de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se encargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran reservándose, porque pierden así su humedad superflua. Pero no omitiré solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada sabroso fruto lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical huésped, el cual se convencerá de que Dios ha derramado sus beneficios en la tierra como en el cielo.»