A la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección...

Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia y a desempeñar sus quehaceres hospitalarios, pensando en cómo escoger lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar cosas extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable variedad que contribuyese a aumentar su agrado. Discurre de un lado a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la tierra, madre universal, produce en la India oriental y en la de occidente, en las orillas del Ponto, en las costas de África, o en el país en que reinó Alcínoo[83]; frutos de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos otros. De ellos hace largo acopio, que amontona con mano pródiga; exprime los dorados racimos, que le dan un licor inofensivo y grato, y de simientes y dulces almendras que tritura, saca almibarada crema. No carece de vasos puros que contengan una y otra bebida; y por fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos, que para serlo no habían menester de luego.

Entre tanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino huésped, sin más séquito que sus cabales perfecciones, que constituían toda su grandeza, incomparablemente mayor que la enojosa pompa que arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente enjaezados y tantos palafreneros cuajados de oro, que deslumbran a la multitud, dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a su superior naturaleza se debía, profundamente inclinándose, le dijo: «Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga más que del cielo: ya que descendiendo de los supremos tronos, te dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos, a quienes el Soberano del mundo ha otorgado la posesión de morada tan espaciosa, haznos la merced de reposar en este umbrío albergue, tomando asiento, y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que ceda el calor del mediodía, y más benigno el sol, vaya declinando.»

Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido, Adán. Tal como has sido creado, y dueño de una mansión como la presente, bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a que con frecuencia te visiten. Llévame, pues, a ese apartado recinto cubierto de sombra; tengo para estar contigo desde esta hora del mediodía hasta que comience la noche.» Y se encaminaron ambos a la campestre vivienda, que como el asilo de Pomona, se cobijaba entre fragantes flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella propia, más encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas tres diosas que en el monte Ida sostuvieron desnudas la competencia de su hermosura; estaba para servir al divino huésped, y no necesitaba de otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento impuro alterase la calma de su semblante. «¡Salve!» le dijo el Ángel, empleando la santa salutación que después se dirigió a la benditísima María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped, cercado de asientos de muelle musgo, y sobre su ancha y cuadrada superficie se extendían las producciones todas del otoño, aunque allí otoño y primavera se daban la mano. Entablaron los comensales su plática reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los manjares; y nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate, divino extranjero, gustar de estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni medida procede todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celestial alimenta a todos.»

A esto replicó el Ángel: «Pues lo que Él (alabado sea perpetuamente), lo que Él da al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia de estos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra llevan en sí las facultades subalternas de los espíritus, como son oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura, digiere y asimila las sustancias, convirtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse y repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al más puro, la tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina a la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas, que son vapores todavía impuros que no se han transformado en sustancias; mas no por eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la noche el licor del océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el cielo nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque al amanecer extraigamos melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado aquí Dios sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis, que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y así no creas que deje de quedar mi gusto satisfecho.»

Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente...»

Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la apariencia ni figuradamente, como es común opinión de los teólogos, sino con todo el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor digestivo transformó los manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante salió a través de la espiritual por medio de la traspiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por medio del carbón ardiente trueca, o cree posible trocar, el empírico alquimista la escoria más vil en el oro más puro, cual si saliese de la mina. Desnuda Eva, hacía oficios de sirviente, y apuradas las copas, las coronaba de nuevo con licores a cual más gratos. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Nunca como entonces hubieran tenido disculpa los hijos de Dios en enamorarse de la hermosura; pero en aquellos corazones no cabía el amor impúdico, ni se comprendían los celos, infierno de los amantes ofendidos.

Una vez satisfecha, mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas, la necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de no perder la ocasión con que tan importante conferencia le brindaba para saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres poblaban el cielo, cuya excelencia tanto sobre la suya se distinguía, cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad, y cuyo envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa prudencia se insinuó así: