«Veo, conciudadano de Dios, hasta dónde llega tu bondad, por el honor que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra humilde morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de los ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin embargo, ¡qué comparación cabe!»
Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente de quien proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que no viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen con variedad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los vivientes; pero todo se completa y espiritualiza y depura a medida que más se aproxima a Él o a aquella esfera de acción que a cada cosa está designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace esbelto su verde tallo, y de este las hojas más delicadas, y de las hojas, en fin, la flor primorosamente esmaltada, que exhala aromáticas esencias. Y así las plantas y los frutos que dan alimento al Hombre, siguiendo una escala gradual, se transforman en espíritus vitales, o animales o intelectuales, que armonizados entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación y la inteligencia, de donde el alma adquiere la razón: la razón, que constituye su esencia, ya proceda discursivamente, ya por medio de la intuición. El discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros, los celestiales; diferimos en el grado de razón, mas no en cuanto a su naturaleza, que es siempre idéntica. No te admires, pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a propósito para ti, porque, como tú en la tuya, los convierto yo en mi sustancia propia. Tiempo vendrá quizá en que los hombres lleguen a participar de la dignidad angélica, y en que gusten del manjar celestial juzgándolo adecuado a su subsistencia; en que vuestros cuerpos, así sustentados, se despojen un día de todo lo que no es espiritual, y se remonten alados a la región etérea, como nosotros, y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais entonces muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el amor que debéis al que os ha hecho progenie suya. Entre tanto gozad de cuantos dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en vano aspiraríais a más.»
«¡Cuán bien, generoso espíritu y benigno huésped, repuso el patriarca de la raza humana, cuán bien nos has trazado el camino que puede conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que recorre desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación de las cosas creadas basta para elevarnos de una en otra hasta la majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con lo de si dais muestras de ser obedientes? ¿Es posible que no lo seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos ha sacado del polvo, establecídonos aquí y colmádonos de cuantos bienes puede concebir o apetecer el anhelo humano?»
Y el Ángel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A Dios eres deudor de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia, en la cual debes mantenerte fiel, porque es la prenda de tu ventura: tenlo presente. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario, y no forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza, ni lo aceptaría, ni sería homenaje. ¿Cómo un corazón esclavizado ha de mostrar que se somete voluntariamente a su servidumbre, si cohibido por el destino, carece de toda elección posible? Nosotros también, y cuantas angélicas legiones asisten al trono de Dios, ciframos nuestro estado de bienaventuranza, como vosotros el vuestro, en la obediencia; que no tenemos otra seguridad. Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad depende el amar o no, y en ella por consiguiente estriba nuestra elevación o nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia, cayeron algunos desde los cielos al profundo abismo. ¡Oh! ¡y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué gloria tan sublime!»
A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he escuchado tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los armónicos acentos de los vecinos montes cuando repiten por la noche los cantos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres tanto para querer como para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único mandamiento, que tan justo es en efecto, pues así me lo persuade y ha persuadido siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocurrido en el cielo me hace dudar de mí mismo, y me inspira el deseo de oír, si te dignas de referirlo, la relación completa del caso, que debe de ser muy extraño y digno de escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado; que apenas ha llegado el Sol a la mitad de su carrera, y comenzado la otra mitad en el ancho círculo del cielo.»
A este ruego de Adán condescendió Rafael después de una breve pausa, diciendo: «En arduo empeño me pones, padre de los hombres, arduo y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las invisibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena la ruina de tantos gloriosos seres, y tan perfectos mientras guardaron fidelidad? ¿Cómo, por fin, revelar los secretos de un mundo que quizá no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo espiritual formas corpóreas, por donde mejor se entienda; pues si la tierra es una sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?
»No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego Caos donde hoy giran las célicas esferas, donde la tierra se asienta ahora equilibrada sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no obstante la eternidad, aplicado al movimiento mide cuanto es capaz de duración por medio de lo presente, lo pasado y lo futuro), cuando un día, digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por mandato supremo convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los más apartados ámbitos del Empíreo, rodearon el trono del Omnipotente, presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil enseñas, banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las diferentes jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus brillantes campos sagrados recuerdos y memorables hechos de virtud y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensurable extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde una montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva claridad que luce en ella, pronunció estas palabras:
«Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto, que ha de ser para siempre irrevocable. En este día he engendrado al que declaro mi único Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarle. A mi diestra le tengo; vedle. Desde hoy será vuestro superior, pues por mí mismo he jurado que todas las rodillas se doblarán en el cielo ante él, y que le reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma, bajo el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente dichosos; que el que le desobedezca, me desobedecerá a mí, romperá los vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de su visión beatífica, caerá en las más hondas tinieblas, en el profundo abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin esperanza de redención.»
»Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente sus palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo. Aquel día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera de los planetas y los astros fijos imita antes que otra alguna en sus intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares, sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.
»Acercábase entre tanto la noche (que también nosotros tenemos mañana y tarde, no porque nos sean necesarias, sino porque su variedad es más agradable), y terminadas las danzas, sentimos el deseo de regalarnos con dulcísimos manjares; y puestos en círculos como estábamos, aparecieron las mesas llenas de angélicos alimentos, de líquidos rubíes y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando en vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en dulce consorcio se henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en presencia del bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas toma parte en su regocijo. Entre tanto la ambrosía de la noche, exhalándose entre nubes desde el alto monte de Dios, fuente de la luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo en un crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos, excepto los de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la tierra, si aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios, se dispersaron en legiones y curias, acampando orillas de arroyos cristalinos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e improvisados pabellones, como en otros tantos tabernáculos, gozaban los celestiales espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban del sueño todos, menos los que durante el transcurso de la noche se empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del Señor.