Pero aunque el joven Milton quedó realmente por este motivo, abandonado, no parece que se desanimara, pues vemos que dejando a Oxford algunos años después, figura en Londres, donde se colocó en casa de un escribano, o curial como decimos ahora, con el propósito de obtener un oficio público. Casose por los años de 1600, y si damos crédito a Philips, nieto de este ciudadano ya establecido, su mujer fue «de la familia de los Castons, originaria del país de Gales;» y siendo esto así, Juan Milton el poeta, como fruto de este matrimonio, debió llevar lo mismo que Shakespeare, algo de sangre céltica en sus venas, y en su ardiente temperamento algo también del fogoso y emprendedor carácter de un pueblo a quien describe «como una antigua y altiva raza,» de cuyas añejas e interesantes ficciones estuvo siempre prendado. Pero Antonio Wood dice, refiriéndose a Aubrey, que conoció aquella familia, que la madre del poeta fue «Sara, de la antigua casa de los Bradshaws.» Nosotros, sin embargo, nos inclinamos a creer que aunque Philips no sea, digámoslo así, testigo tan abonado como Aubrey, no había de haberse equivocado en punto tan peculiar a la historia de la familia, sobre todo habiéndose propuesto escribir la vida de Milton. Mistress Philips, hermana del poeta, indudablemente debía saber cómo se llamaba su madre cuando soltera. Posible es, no obstante, que tanto Philips como Aubrey tengan razón. La abuela de Milton por parte de madre pudo muy bien llamarse Bradshaws, y estar casada con Caston; y siendo así, la relación de los Miltons con los Bradshaws no era quimérica. Además es muy difícil que ni Philips ni Aubrey hubieran tan positivamente afirmado lo que aseguran, sin bastantes pruebas, y en este punto no tenemos necesidad de suponer lo que ellos dan como cierto. Philips, como realista que fue siempre, no se cuidaría de realzar mucho el nombre de Bradshaws, y Aubrey participaría, por la inversa, del mismo sentimiento. Andando el tiempo después de este matrimonio, la casa de los Bradshaws radicó en el Lancashire y Cheshire, en cuyos condados no era raro que emparentasen con los Welsh.
De este matrimonio nacieron seis hijos, tres de los cuales murieron en la infancia; de los otros que quedaron, fue uno Juan el poeta, que nació en Londres, en Bread-Street, el 9 de septiembre de 1608, criándose con una hermana algo mayor en edad que él, y con un hermano que tenía siete años menos. La residencia de esta familia durante los primeros años de Milton fue en el centro de la ciudad, siendo Bread-Street una calle que partía de la de Cheapside. La casa se distinguía de las demás por la enseña o muestra, del Águila desplegando las alas, puesta sobre la puerta, distintivo que en aquellos tiempos, y sobre todo en las casas de negocios, equivalía a lo que los números ahora. Del Bread-Street de las juventudes de Milton no queda el menor vestigio; desapareció completamente de resultas de un gran incendio en 1666; pero se edificaron nuevas casas en los antiguos solares, de manera que la calle quedó la misma; y cuando pasamos por ella cerramos los ojos a las actuales construcciones, y nos figuramos aquellos altos edificios de madera y yeso, pintados muy primorosamente, cuyos pisos bajos, pesados y sombríos, se destinaban a las oficinas, y los superiores para habitación de las familias, aun en el caso, que era lo más común, de que fuesen ricas.
Dice Milton de su padre, con cierto orgullo que le honra mucho, que «era un hombre de la más cabal integridad.» Más adelante añade: «Desde mis primeros años y por la infatigable diligencia y cuidado de mi padre (a quien Dios tenga en el cielo), me ocupé en el estudio de las lenguas y de algunas ciencias, conforme a mi edad, y con varios maestros y profesores, así en mi casa como en las escuelas.» Y por último concluye diciendo: «Mi padre me destinó cuando era pequeño al estudio de las humanidades, y tanto en la escuela de gramática, como en casa, hizo que diariamente se me instruyese.» Sabemos también, porque lo afirman otros, que Milton el padre fue un hombre de grande instrucción, y no solo aficionado a la música, sino excelente compositor. Algunos cantos escritos por él se conservan aún entre nuestra música de iglesia, y en su tiempo se oía también tararear algunos en bocas de las niñeras. Aubrey le califica de «hombre ingenioso,» y su nieto Philips recuerda que a pesar de lo enfrascado que estaba en los negocios, sabía hurtar algún tiempo para distraerse en aquel entretenimiento. Vivió hasta edad muy avanzada, pues contaba al morir ochenta y cuatro años. En cuanto a la compañera que le ayudó a sobrellevar los cuidados de la vida, Milton escribe que «era una excelente madre, conocida en la vecindad por su buena índole y espíritu caritativo.»
El ministro de la parroquia en que estaba comprendida Bread-Street, era hombre de alguna distinción entre el clero puritano, y en casa de Milton reinaban costumbres que no desdecían del sentimiento religioso; sin embargo, no tenemos razón ninguna para suponer que Milton fuese un fanático ni hiciese extremada ostentación de las prácticas piadosas. El espíritu grave y religioso de que tan evidentes muestras dio en sus postreros días, fue característico en él desde sus primeros años; pero el puritanismo que pública y privadamente profesaba no tenía nada de adusto ni repulsivo. Llevaba siempre el cabello largo, de tal manera, que a juzgar por este indicio, más tenía de caballero que de cabeza redonda[1]. Era muy dado a la lectura de Shakespeare, que ni en su lengua ni en ninguna otra podía darse poesía más acomodada a su genio. Pertenecía, en fin, al partido puritano, en cuanto el puritanismo representa la religión y la libertad; pero no iba más allá.
Tenemos datos para asegurar que el talento de Milton comenzó a desarrollarse muy temprano, pues a la edad de diez años, su familia se admiraba ya de que fuese un muchacho tan despierto, y se leían con asombro los versos que ya por entonces componía. En aquellos tiempos religiosos, nada más natural que el propósito de sus padres de que el joven se consagrase a la Iglesia. Milton mismo refiere que tales eran las intenciones que se tenían respecto a él, y que por aquel mismo rumbo se encaminaba su inclinación; y sin duda con esta mira, fue enviado a la escuela de gramática de San Pablo, establecimiento muy floreciente entonces, y distante unos cinco minutos de donde vivía. Cosa de diez años tendría Milton, cuando de la enseñanza doméstica pasó a frecuentar una escuela pública; y el ardor con que se dedicó a los estudios en aquellas aulas, él mismo nos lo encarece. Hablando de las humanidades, por cuyo estudio su padre le sacó de casa, dice: «Con tanto afán las tomé, que desde los doce años no dejaba los libros para acostarme antes de media noche, y esta fue la primera causa de mi padecimiento de la vista, a cuya debilidad natural se unían frecuentes dolores de cabeza; con lo que cada vez más embebecido en el estudio, no lo dejaba de la mano, ni en el aula a que asistía, ni con los maestros que tenía en casa. Luego que hube aprendido varias lenguas y me aficioné algún tanto a las dulzuras de la filosofía, me enviaron a Cambridge.» Esto mismo aseguran Aubrey y Philips, hablando de él, y por su parte lo confirma Wood. Así pasó Milton de la niñez a la juventud, y este tributo de agradecimiento rindió al celo y liberalidad con que su padre fomentó sus buenas disposiciones. Copiaremos aquí las siguientes palabras que dirigió al mismo autor de sus días en una poesía latina: «Cuando por vuestra generosidad saludé la elocuencia de la lengua de Rómulo y las delicias del Lacio, y oí las sublimes palabras que salían de los labios de Jove, proferidas por los griegos magnilocuentes, me previnisteis que añadiese las flores que son ornamento del galo, y el habla que los nuevos italianos, introduciendo barbarismos en su idioma, sacan de su boca degenerada, y los misterios que pronuncia el profeta de Palestina.» ¡Dichoso el joven a quien su padre enriquecía con tales conocimientos, y que tan grata memoria conservaba de la casa en que se educó!
En su vida escolar Milton parece que fue también muy afortunado. Mr. Gill, director a la sazón de la escuela de San Pablo, era un hombre muy apto para la profesión del magisterio, y tenía un hijo que por algún tiempo estuvo de auxiliar en la escuela y con quien Milton contrajo una estrecha amistad. No era seguramente este joven el que Milton hubiera elegido por amigo; no tenía la gravedad que requería aquel cargo, y sus modales bruscos y desconcertados le perjudicaban a él tanto como a su padre; pero teniendo diez años más que Milton, conocía perfectamente los clásicos, había publicado versos griegos y latinos y era tan útil a los jóvenes estudiantes, que Milton años adelante se vio obligado a hablar de él con mucho agradecimiento. Es de suponer que sometiera a la experiencia y criterio del que se consideraba como compañero suyo alguno de sus ensayos en verso, y que le debiese estímulos y ayuda en las dificultades que le ocurrieran.
El 12 de febrero de 1625 entró Milton en el colegio de Cristo, de Cambridge, como «pensionado menor,» que era una posición media entre los estudiantes «aventajados,» que pagaban más, y los «inferiores» que satisfacían menos. Todos recibían la misma educación, pero la diferencia de honorarios que pagaban establecía distinción en sus respectivos privilegios. Los estudiantes y agregados del colegio de Cristo en aquella época venían a ser unos doscientos cincuenta; los de la Universidad se acercaban a tres mil. En el colegio de Cristo el profesor más notable era José Meade, conocido entre los teólogos por su Clavis Apocalyptica y sus estudios en esta materia, y ahora más familiar a los que estudian la Historia de Inglaterra, a causa de sus cartas llenas de noticias y anécdotas de aquel tiempo. Muchas de estas cartas se han impreso poco ha. Meade podía decir con razón: «sé muy bien lo que pasa en el mundo;» y afortunadamente para los que le trataban, su ingenio natural estaba siempre pronto a comunicarles cuanto a fuerza de afanes adquiría. Era, por decirlo así, un periódico ambulante en aquel colegio; y si los que estaban en él ignoraban algo de lo que acontecía en el parlamento, en la corte o fuera de ella, a su poca solicitud debían atribuirlo. Seguros estamos de que Milton no incurriría en tal falta. Otro profesor del colegio de Cristo era Guillermo Chappell que durante algún tiempo fue maestro de Milton. Chappell sabía disputar en latin, según la moda escolástica que privaba aún, con mucha sutileza y facilidad; pero en materias eclesiásticas era de la escuela de Laud, y no parece que poseía las mejores disposiciones para inspirar profundidad e independencia a los entendimientos.
La permanencia de Milton en Cambridge duró por espacio de siete años, desde 1625, en que él tenía diez y siete de edad, hasta 1632 en que cumplió veinte y tres. Bajo el aspecto de los negocios públicos aquellos años fueron memorables. Jacobo I había muerto; Carlos había continuado sus luchas con el Parlamento, y determinádose por fin a dar el arriesgado paso de gobernar a Inglaterra, sin contar con las Asambleas. A la guerra con España se había añadido la de Francia, que después de ocasionar una y otra en el país mil trastornos y calamidades, tuvieron un éxito desgraciado. El duque de Buckingham había caído bajo el puñal de Felton, y el gobierno vino a parar a manos de Carlos y Laud. Resonaban ya en los oídos del pueblo los nombres de los jefes de los Comunes, los Eliots, los Cokes y los Seldens, y la persecución de que eran objeto los hombres de aquella clase excitaba donde quiera murmuraciones de toda especie. Los principales de entre los parlamentarios circulaban mil pronósticos respecto al estado de los negocios, que a la sazón, según decían, no iban tan mal como antes: de todos modos no puede recordarse sin satisfacción que aquellos hombres consignasen la petición de derechos en nuestro código político, como punto que había de hacer época en nuestra historia constitucional.
Los sucesos que en este intervalo ocurrieron en Cambridge, no merecen especial mención. La elección de Buckingham para el cargo de Canciller, secundando los deseos del rey, produjo en la mitad de la Universidad un sentimiento de humillación, y predispuso a la otra a demostraciones de adulación que tuvieron no poco de ridículo. Entonces, o poco después, se verificó la instalación de Su Gracia con todos los honores y oficiosidades que en aquella ocasión parecieron oportunas. Y a consecuencia de esto el Rey y la Reina favorecieron a la Universidad con su visita, haciéndose alarde entonces de un servilismo de fidelidad que no podía engañar a los que veían la realidad de las cosas.
La serie de estudios que se daban cuando Milton estaba en Cambridge, constituía un período de transición entre las antiguas formas de la Edad media, y lo que con el tiempo se había ido progresando. En la enseñanza de las matemáticas, la fama de la Universidad era nula, pues hasta unos treinta años después de haber salido Milton de ella no hubo cátedra particular de aquella ciencia. Explicábanse elementos de geometría, pero se daba el primer lugar a la filología, la teología y la filosofía, refiriéndose principalmente esta última a la lógica y la metafísica. Dábanse las lecciones por profesores de la Universidad, a las que asistían con más o menos asiduidad los estudiantes de los diferentes colegios. El cargo de profesor en estos, aunque se proveía sistemáticamente, no podía sustituir al de los profesores universitarios como en tiempos posteriores. Los estudiantes de cada colegio estaban divididos en secciones, y estas dirigidas respectivamente por distintos profesores. Tanteábase el mérito comparativo de los estudiantes no por medio de los exámenes, como se acostumbra ahora, sino en los certámenes que sostenían aquellos en latin en la capilla del colegio, y estos certámenes en que iban turnando todos, pero no muy a menudo, además de las lecciones que daban con el profesor y las que privadamente estudiaban, venían a completar la rutina que se observaba en la educación universitaria.