Deberíamos suponer, aunque sin testimonio directo para ello, que Milton adquirió crédito en todas las clases con sus profesores, que sostuvo con lucimiento los certámenes de la capilla, y que no se mostró desidioso en su estudio privado. No tenemos, sin embargo, datos auténticos para afirmar nada de esto, pero estamos en libertad de presumirlo, además de que para nosotros es de todo punto evidente. Su sobrino Philips dice que «por su extraordinaria capacidad y por la aplicación que había manifestado en los ejercicios hechos por su grado,» era «querido y admirado de toda la Universidad, especialmente de sus compañeros y las personas de más talento de su casa.» Aubrey afirma que «era un estudiante muy aventajado en la Universidad y desempeñaba allí todos los actos con extraordinario aplauso.» Wood encarece aún más su alabanza, añadiendo que durante sus estudios, tres años antes, y lo mismo en el colegio, «acostumbraba a estarse hasta media noche encima de los libros, lo cual fue la primitiva causa de que sus ojos comenzasen a cegar;» pues «se dedicaba con infatigable empeño al estudio en que tanto aprovechó, y desempeñaba los actos así del colegio como los académicos, con admiración de todo el mundo, siendo además un joven muy virtuoso y sobrio; bien que muy persuadido de lo que era.» En 1642 uno de sus contrincantes le pinta como uno de los que más alborotaban la Universidad, de manera que al fin, «fue expulsado de ella.» Y a esto replica Milton: «Por esta gratuita mentira, que hubiera podido ser creíble en otro tiempo, le doy las gracias, pues me ha dado con ella ocasión para mostrarme públicamente y de todo mi corazón agradecido a las extraordinarias consideraciones que se me guardaron sobre todos mis iguales, y a la benevolencia de todos aquellos hombres tan doctos, profesores del colegio en que viví algunos años, los cuales al salir de allí, después de tomar dos grados, como era costumbre, expresaron de diferentes maneras cuánta mayor satisfacción les hubiera cabido en que hubiera continuado allí, así como por diferentes cartas suyas llenas de afecto y cariñosos recuerdos, antes de aquel tiempo y mucho después, pude convencerme de la singular estimación que me profesaban.» Debe tenerse presente que estas declaraciones se publicaron a los diez años de dejar a Cambridge, cuando los que hubieran podido desmentirlas, si no hubieran sido ciertas, vivían en su mayor parte.
Tiempo había de venir en que Milton se hiciera públicamente partidario del Parlamento, y abogara por las grandes reformas que se habían realizado en la Iglesia y el Estado, sin omitir las universidades; y nada entonces más natural que sus adversarios hubieran recordado su vida universitaria; y dado este caso que podía servir de móvil para promover algún escándalo, no solo lo hubieran promovido muchos, sino complacídose en exagerarlo. Así aconteció, que hallándose Milton en el segundo año, tuvo una disputa con su profesor Chappell en la cual medió el doctor Bainbridge; y el resultado parece fue que se obligó a Milton a ausentarse por algún tiempo, o que él mismo creyó conveniente hacerlo. Pero no duró mucho esta ausencia: ocurrió al terminar la Cuaresma de 1626 y no le ocasionó la pérdida del curso. Al regresar se halló con otro profesor llamado Tovey.
Pero estos hechos han servido de fundamento a algunas suposiciones. El doctor Johnson, consecuente con el espíritu de su crítica respecto a Milton, dice: «Hay motivos para creer que Milton no era mirado en su colegio con mucho afecto. Que no obtuvo distinción alguna, está probado; mas el despego con que se le trató fue algo más que negativo: vergüenza nos da referir lo que tenemos por muy cierto, a saber, que Milton era uno de los peores estudiantes de una Universidad en que se imponía la pública infamia del castigo corporal.» Para nosotros nada más infundado que la primera parte de esta aserción, es decir, que Milton fuese mirado con despego por las personas de su colegio; y en cuanto a la otra insinuación referente al ominoso castigo que pudo imponérsele, es no menos improbable. La única razón aparente que hay para semejante imputación, se encuentra en los manuscritos de Aubrey. Citando como autoridad a Cristóbal Milton, dice el mismo Aubrey que nuestro poeta recibió algunos malos tratos de manos de Chappell; y sobre la expresión «malos tratos» se encuentra interlineada la de «le pegó azotes.» De dónde se sacase este dato, no se sabe; no cabe duda que tanto en Cambridge como en Oxford seguían aplicándose estos castigos infamantes; pero con menos frecuencia que en tiempos antiguos, y sobre todo a jóvenes mayores de diez y seis años. Pues bien: en la primavera de 1626 Milton tenía diez y ocho; así que, examinando el caso imparcialmente, antójasenos que esta es una de tantas invenciones como se echaron a volar contra el escritor que se atrevió a combatir sin miramiento ni reparo alguno las preocupaciones y ruindad de los hombres de aquella época[2].
Lo evidente es que la juventud de Milton, sin afectar pureza, rectitud ni virtudes de ningún otro género, se distinguió por su gravedad y por la castidad de sus costumbres. Pero su gravedad era la que debe tener todo hombre, sin mezcla alguna de intolerancia ni de altivez. En cuanto a su castidad, no solo fue un hecho, sino hecho nacido del convencimiento que aún el hombre más puro estimaría como demasiado ideal y místico para profesado en un mundo como el nuestro. En su opinión la falta de esta virtud era más reprobable en el hombre que en la mujer, porque arguye debilidad de naturaleza en quien debe ser más fuerte y ejercer más dominio sobre sus pasiones. En sus versos a Hobson manifiesta que a veces tenía sus ratos de buen humor, y en la epístola a su amigo Diodati, en la primavera de 1626, confiesa que mientras estuvo en Londres iba alguna vez a las funciones de los teatros. En tiempos posteriores, como le acusasen algunos de sus émulos porque escribía como hombre demasiado familiarizado con los espectáculos escénicos, creyó deber replicar en los siguientes términos: «Pero desde el momento en que se hacía preciso echar mano de los afeites, del peluquín o de la carátula que se ven en las comedias ¿no era extraño que en el colegio hubiera tantos teólogos o aspirantes a teólogos, que subiesen a las tablas y retorciesen y atormentasen sus miembros clericales con todas las livianas posturas y gesticulaciones de los polichinelas, bufones y payasos, prostituyendo la dignidad de aquel ministerio, tuviésenlo o no lo tuvieran, en presencia de los cortesanos y de las damas, de los lacayos y de las doncellas? Allí donde ellos representaban tan sin escrúpulo entre los otros estudiantes mozos, yo era espectador: se creían galanes, y yo los tenía por locos; ellos se divertían así, y yo me reía de ellos; ellos disparataban, y yo pasaba un mal rato; y cuando daban en afectar aticismo, ellos embrollaban un párrafo, y yo los silbaba sin compasión.» Todo parece que se refiere a la gran representación que se dio delante del rey y la reina en Cambridge en 1629. La descripción indica la idea que Milton pudo adquirir del drama, y nos la da asimismo de los estudiantes del colegio de Cristo cuando añade, «con otros estudiantes mozos,» y manifiesta el desagrado con que vio aquella disparatada representación, hasta que por último no pudo reprimirse y soltó una estrepitosa silba.
En resumen, aunque Milton no ejerció el sacerdocio en la Iglesia anglicana, no por eso dejó de considerarse como sacerdote bajo cierto aspecto. El sacerdocio a que aspiraba era el de la poesía; la inspiración que anhelaba era la que recibieron los antiguos profetas, inspiración de que se hacían dignos aun siendo seglares, pero que los elevaba al goce de los títulos más sagrados. En su concepto, un poeta tan excelente como él esperaba que llegaría a ser, debía tener en su carácter algo de divino. El cantor de las Bacanales no era mucho que se confundiera con las Bacantes; pero un poeta que se remonta en su imaginación a cosas celestiales, no puede vagar por la tierra, no puede considerarse como terrestre. El mal inseparable de nuestra naturaleza le da aptitud para pintar el mal; pero si ha nacido para imprimir en los hombres el sentimiento del bien, debe dirigir el vuelo a las sublimes regiones donde el bien impera. En todas las artes los sentimientos verdaderamente religiosos proceden de hombres religiosos también. El genio desprovisto de santidad puede llegar al arca, mas no tocar a ella sin profanarla. Por más que uno se distinga en otros géneros, si carece de facultades especiales para este, jamás conseguirá éxito alguno. En artes, como en religión, el hombre natural no puede tratar de asuntos espirituales.
La doctrina admitida es que los hombres de facultades poéticas o artísticas son seres dotados de grande imaginación y sensibilidad, y por consiguiente se elevarán o descenderán alternativamente a impulsos de su capricho, hallándose aun lo moral y lo religioso sujeto a esta ley de su naturaleza, o más bien a esta falta de toda ley. La vida de Milton no es la única que prueba semejante inconstancia e irregularidad: tan persuadido estaba de este defecto, que a él precisamente debió la profunda convicción que toda la vida le sirvió de norma. Así es que reflexionando sobre esto, escribía: «He llegado a adquirir el convencimiento de que si uno, realizando sus esperanzas, consigue escribir con acierto cosas dignas de loa, debe ser por sí un verdadero poema, es decir, una composición, un dechado de todo lo mejor y más honroso, sin creer que pueda celebrar altos hechos de héroes o pueblos famosos, mientras no lleve en sí la experiencia o la práctica de todo lo que es loable.»
¿Qué extraño, pues, que un joven como el de Cambridge, que pensaba de esta manera, y tan juicioso y firme era en sus propósitos, viviese en cierto modo apartado de todos los demás? ¿Por qué hemos de maravillarnos si se lamentaba de la ausencia de personas que abrigasen estos pensamientos o inclinaciones entre los que se hallaban a su lado[3]? Que la antipatía y reserva consiguientes a tal aislamiento sean prueba evidente de su altiva condición y excesivo amor propio, con razón habrá quien lo presuma. En ciertas situaciones, para hacerse enemigos, no se necesita más que infundir la sospecha de que a todos juzgamos inferiores; y es indudable que por esta causa Milton debió sufrir mucho en los primeros tiempos del colegio. En su aspecto debía sin duda haber algo de altivez, aunque fuese una apariencia que proviniera de otra causa; su amor propio debía ser grande, pero natural, inteligente, el que su inteligencia no le vedaba mostrar, aun proponiéndose no ocultarlo. Su superioridad era tan verdadera, que hubiera sido en él una afectación fingir que no estaba penetrado de ella. Todos saben que por su excelente complexión y la belleza de sus facciones, se le dio alguna vez el nombre de «la señorita del colegio de Cristo.» Pero tampoco se ignora que era diestro en la espada, y Wood afirma que «era de afable semblante, de gallardo y varonil continente, y animoso y resuelto en sus palabras.» Siendo muy joven, empezó el estudio del hebreo. Las primeras poesías que se conservan de su pluma, son una paráfrasis de los salmos 114 y 136. Estos ensayos los hizo, según confesión propia, a los quince años. En ellos se advierte un tono robusto y vigoroso, como el que caracteriza sus escritos posteriores; el que sigue en orden de tiempo pertenece a un año después de su llegada a Cambridge. Es una poesía titulada: «A la muerte de un hermoso niño.» El niño era un hijo de su hermana; los versos manifiestan grande imaginación, y están llenos de conceptos y expresiones de que solo es capaz un verdadero poeta. Hallamos a continuación el «Tiempo de vacaciones,» que se escribió cosa de un año después, y que es sumamente interesante como indicio de la facilidad con que el joven poeta aplicaba la lógica escolástica y el artificio propio de aquel asunto. El himno que viene luego, se titula: «A la mañana del nacimiento de Cristo» y es de muy distinto género; es una exuberante exposición propia de tal asunto, y a juicio de Mr. Hallam, el himno más bello que tiene la lengua inglesa. Se compuso para la Navidad de 1629. Síguense otras composiciones «A la Circuncisión» y «A la Pasión;» pero al llegar al octavo verso de esta última, el poeta no pasó adelante, y algún tiempo después manifestó la razón que tuvo para hacerlo así: «Convencido el autor de que este asunto era muy superior a la edad que entonces tenía, y no estando satisfecho de la manera con que lo empezó, lo dejó interrumpido aquí.» Los críticos han considerado exacto este juicio. Sus diez y seis versos «A Shakespeare» se suponen escritos en una hoja en blanco de un ejemplar de las obras del gran dramático, ejemplar probablemente de la primera edición en folio. En 1632 los hallamos con otros del mismo género al principio de la segunda edición de las mismas obras, pero se imprimieron anónimos; la circunstancia, sin embargo, de su aparición es interesante, por ser los primeros versos de Milton que en concepto nuestro se dieron a la imprenta. Otros escribió por el mismo tiempo al oír una «Música solemne.» Son enteramente del corte de los de Milton.
La marquesa de Winchester era una señora de extremada hermosura, muy querida de todo el mundo por su benevolencia, y respetada por sus relevantes dotes. Una inflamación de la cara que le bajó a la garganta, acabó repentinamente con ella a la sazón que se hallaba en cinta. Fue su muerte muy sentida, y con este motivo escribieron versos laudatorios a su memoria Ben Jonson, Devenant y otros ingenios muy conocidos. Milton insertó también una composición en su corona fúnebre con el título de «Epitafio a la marquesa de Winchester.» De esta composición únicamente diremos que el joven poeta del colegio de Cristo no pudo en esta ocasión competir con los veteranos del arte, concluyendo por añadir el soneto que hizo al entrar en «La edad de los veintitrés años,» sus versos «Al tiempo» y los dirigidos «A Hobson,» para completar el catálogo de las composiciones inglesas más conocidas de Milton durante los siete años que residió en Cambridge.
Pero las latinas que compuso mientras fue estudiante, no deben pasarse por alto; y si ninguna de ellas se dio por entonces a la imprenta, indudablemente consistió en que eran ejercicios de escuela, más bien que primicias de su genio poético.
No debió Milton quedar muy satisfecho de la preparación que recibió en Cambridge; pero recuérdese que Gibbon tampoco tuvo que agradecer mucho en este concepto a la Universidad de Oxford, un siglo después, y que lo mismo puede decirse en nuestros tiempos de un hombre tan eminente como el poeta Wordsworth. La verdad es que en los mejores colegios y en los tiempos más florecientes, el joven cuya educación no pasa de la ayuda que pueden prestarle los profesores, consigue muy poca cosa. Algo ciertamente debió Milton a su maestro Tovey, pero más, inmensamente más al magisterio de la sociedad y de los libros, que fueron los que ejercieron influencia en la voluntaria propensión de su naturaleza. Las inclinaciones que se desarrollan en el alma están más o menos en armonía con las disposiciones de cada cual. Educar el entendimiento, es dar dirección a sus facultades, y donde no hay facultades, mal pueden ser dirigidas. Todo talento privilegiado debe estar convencido de esta verdad; y así sucedió exactamente con el que había de llegar a ser autor del Paraíso perdido.