No parece que Milton se apresuró mucho a seguir su vocación. Tan indeciso estaba en este punto, aun en el postrer año de su permanencia en Cambridge, que un amigo cuyo juicio miraba con alguna deferencia, parece que le reconvino por aquella indecisión. En una carta esmeradamente escrita, trata de vindicarse a sí mismo. Niega que se deje llevar exclusivamente de su amor a la ciencia; y aunque no existieran motivos más poderosos, bastaban las «consideraciones propias y las de familia,» y «las del honor y la reputación,» para tener un eficaz estímulo. Pero el amor de la ciencia, que en sí es tan provechoso, puede infundir tal respeto a lo que debe hacerse, que predisponga a un hombre a arrostrar la nota de ser el último, antes que incurrir en la censura de no haberse preparado suficientemente. Copió para su amigo el soneto que había escrito al entrar «en la edad de veintitrés años,» como una prueba evidente de que no había dejado de pensar en aquel asunto; y el amigo entonces cobró fundadas esperanzas de verle adoptar el estado eclesiástico. Milton no manifestó en esta ocasión repugnancia alguna a hacerse clérigo, pues no tenía necesidad de hacerlo; pero hay razones poderosas para presumir que ya entonces sentía escrúpulos en este particular, pues contaba con motivos bastantes para justificar su conducta sin entrar en los pormenores que Laud y los que le servían de instrumentos se esforzaban en presentar como otros tantos crímenes. Diez años después prescindió ya de reticencias, pues decía, según hemos visto, que sus padres y amigos le destinaban «desde niño» a la Iglesia, y que su inclinación le encaminaba a lo mismo «hasta que entrando en años más maduros y conociendo la tiranía que se había introducido en la Iglesia,» vio claramente «que el que se decidiera a recibir las órdenes, debía suscribir a ser esclavo, y además a pronunciar votos, que a no tener muy ancha la conciencia, equivaldrían a un perjurio o a la ausencia de toda fe.» Creyó pues preferible «guardar un silencio vituperable antes que prometer lo que llevaba en sí la violencia y la falsedad.» Hablaba por consiguiente de sí como de un hombre «excomulgado por los prelados» y a quien en cambio asistía el derecho de criticar lo mismo a la Iglesia que a sus pastores.

Tenemos motivos para creer que hubo algunos momentos en que Milton pensó dedicarse a las leyes; pero sus escritos en prosa y verso antes de dejar a Cambridge, sugirieron a sus amigos la sospecha de que su vocación era escribir poesías que le diesen fama; y tal a no dudarlo era el sueño de su imaginación cuando se dejaba llevar de sus ilusiones. A esta idea fue gradualmente acostumbrando también la prudente sagacidad de su padre. Hízole presente la pasión que este sentía a la música; y ¿qué mucho que hijo de semejante padre se hubiese apasionado por la poesía? Sentía llegar a verse contrariado en esperanzas que tan empeñadas tenían sus aficiones, porque en su concepto las minas de platas del Perú eran nada comparadas con el don de producir versos inmortales. Su padre, hombre generoso y cuerdo, le ayudó a realizar este anhelo con que vivía, coadyuvando a satisfacer esta necesidad de su naturaleza. En tal estado Milton dejó a Cambridge.

Por aquel tiempo el notario se retiró de su oficio, y se estableció en el pueblo de Horton, en Buckinghamshire, con la intención al parecer de acabar sus últimos días en aquel retiro. Cómo se condujo con su hijo durante los cinco postreros años de su vida, él mismo lo declara en pocas palabras. «En la residencia, dice, a donde se retiró para pasar su vejez, tuve tranquilidad bastante para ocupar largo tiempo en el estudio de los autores griegos y latinos, no sin que algunas veces reemplazase el campo por la ciudad, ya con el objeto de comprar libros, ya con el de adquirir algunas nociones de matemáticas y música, que entonces eran todas mis delicias.» En aquellos cinco años escribió Milton su soneto al Ruiseñor, el Allegro y Penseroso, los Arcades, el Comus y el Lycidas. El Ruiseñor está fundado en la credulidad de los campesinos, que suponían, si llegaba a sus oídos el canto de aquel pájaro en la primavera, antes que el del cuclillo, que era señal de prosperidad en amores. En cuanto al Allegro y Penseroso, no necesitamos repetir que figuran entre nuestros primeros idilios poéticos. Los Arcades es una composición incompleta: la parte que falta probablemente estaba en prosa. Harefield, residencia de la distinguida condesa viuda de Derby, donde pasaba la acción de aquel poema dramático, distaba solo unas cuantas millas de Horton; pero no hay razón alguna para suponer que Milton fuese conocido de aquella familia; lo probable es que la composición fue escrita a ruegos de su amigo el músico Enrique Lawes; por lo menos a una excitación semejante no dudamos que se debió el origen del Comus, del que hablaremos en otra parte.

Durante su permanencia en Horton, fue Milton incorporado a la Universidad de Oxford, porque en aquel tiempo la agregación de un estudiante a cualquiera Universidad, le daba derecho para trasladarse a otra y Oxford estaba más próxima a Horton que Cambridge.

En Horton además, y en aquel mismo intervalo, Milton perdió a su excelente madre. «Fue sepultada en el presbiterio de la iglesia parroquial, y al lado de su sepultura asistió Milton y derramó tiernas lágrimas con su desconsolado padre, su hermana y su hermano, al cubrir de tierra el ataúd y dirigir su última mirada a la estrecha mansión en que todos hemos de parar, cumplidos que sean nuestros días.»

Al fin también de aquellos cinco años de Horton, fue cuando Eduardo King, del colegio de Cristo y amigo de Milton, pereció en el canal de San Jorge, suceso que inspiró al poeta el canto con el nombre de Lycidas. El ilustrado joven cuya vida fenecía así a los veinticinco años, se dedicaba a la carrera eclesiástica; y Milton censuraba aquel propósito como para indicar claramente el disgusto con que veía el estado eclesiástico y la esperanza de su amigo de fijar su porvenir en él. Cuando se reimprimió este monólogo en 1645, el autor se atrevió a expresar todo su pensamiento, y así puso la siguiente advertencia a la cabeza de la composición: «En este canto el autor lamenta a su sabio amigo, desgraciadamente ahogado en su travesía de Chester al mar de Irlanda, en 1637: Y con este motivo predice la ruina de nuestro corrompido clero, que se hallaba entonces en su apogeo.» Pero había de trascurrir aún algún tiempo hasta que se cumpliera esta profecía.

Dos cartas de Milton tenemos escritas por aquella época a su amigo Diodati, que nos ponen hasta cierto punto de manifiesto sus costumbres y su vida íntima. Asegura a su amigo que tiene poca destreza para escribir cartas, y que otra de las causas que influían en su negligencia como corresponsal, era su poca habilidad para alternar el trabajo con el descanso porque en su opinión y por lo general, el dedicarse a una cosa debía ser dedicarse a ella sin interrupción hasta dejarla terminada, o hasta que se pudiera tomar algún reposo natural. Que bajo cierto aspecto él no se aventuraría a decir lo que Dios podía no haberle concedido, pero que un don por lo menos le había inspirado, a saber, un ferviente amor a la belleza y un afanoso anhelo de buscarla donde quiera que se encontrase. Que estas eran sus aspiraciones, y que si no las había realizado con éxito proporcionado a sus esperanzas, su postrer esfuerzo debía ser rendir homenaje a aquellos que habían sido más afortunados. Confiesa que con este designio había ido templando sus alas volando despacio, pero confiando hacerlo con algún tino. No debe, sin embargo, suponerse que careciera de toda mira práctica; lejos de eso, tenía intenciones de ocupar algún puesto en un colegio de abogados, y añade que tendría mucho gusto en ver allí a sus amigos y en pasear con ellos las noches de verano por aquellos alrededores.

No creemos fundada la suposición de que obrase a impulsos de este pensamiento; otro fue el que por entonces ocupaba toda su imaginación. Sus estudios le habían sugerido mil ilusiones de lo pasado, juntamente con los recuerdos de los Alpes, la tierra de los Apeninos y los países existentes más allá de estas regiones. ¿Qué cosa más natural que el deseo de recorrer aquellos países, visitar sus antiguas ciudades, y detenerse ante los maravillosos monumentos que en ellos se conservan? La quebrantada salud de su madre le había obligado a aplazar la realización de estos deseos; mas la circunstancia de que a poco de haber muerto, se casó su hermano Cristóbal y pasó a residir en compañía de su padre, parece que le permitió poner por obra aquellos proyectos. Eran costosos porque había resuelto viajar como un caballero, llevando consigo a su criado. Su cariñoso padre es de suponer que contrariase menos aquel propósito que algunos otros; ello es que le dio su consentimiento, y que en mayo de 1638, Milton cruzó el canal haciendo rumbo a París. Había tenido la precaución de procurarse buenas recomendaciones, y una de ellas era la de su distinguido vecino Sir Enrique Wotton, preboste de Eton. Este señor se había proporcionado recientemente un ejemplar del Comus impreso por Enrique Lawes, que le agradó sobremanera. En más de una ocasión había hablado también con el autor, y asegurádole que el placer que tenía en tratarle le hacía esperar que alguna vez beberían una botella juntos, invitándole a «hacer penitencia,» cuando «pudieran reunir cierto número de buenos autores.» En una carta del anciano y cumplido preboste, se lee esta postdata; «Muy señor mío: os envío esta por medio de mi lacayo, para anticiparme a vuestra marcha y deciros lo agradecido que quedo a vuestra fina carta, que he recibido, interrumpiendo mis quehaceres, que no son pocos, y no queriendo valerme del correo ordinario. En cualquiera parte que os establezcáis y de que yo tenga noticia, me alegraré, y aprovecharé la ocasión de discurrir con vos sobre algunas novedades, a fin de mantener viva una amistad que apenas comenzada, se ha interrumpido tan inesperadamente.»

Al llegar a París, una de las personas a quienes Milton iba recomendado le proporcionó una amistosa entrevista con Lord Scudamore, el embajador inglés; y atendiendo a sus distinguidas prendas personales, el joven inglés fue presentado al sabio Hugo Grocio, que estaba entonces de embajador de la reina de Suecia en la corte de Francia. Nada sabemos de lo que pasó en esta entrevista, sino que Grocio dicen que recibió «muy amable su visita,» y que conferenció con él muy prevenido en su favor por su buen aspecto, y por los elogios que de él se le habían hecho. Pero Grocio estaba a la sazón muy ocupado en el ilusorio proyecto de consolidar el protestantismo, uniendo las iglesias episcopales de aquella creencia en Inglaterra, Suecia, Dinamarca y Noruega, prescindiendo de todos los demás protestantes; y si algo se indicó a Milton de tan desvariado proyecto, seguros estamos de que su respuesta no sería muy satisfactoria.

Milton permaneció en París solo unos cuantos días; de aquí se dirigió a Niza, donde se embarcó para Génova y para Liorna. Desde Liorna se encaminó por Pisa a Florencia, y en esta última ciudad se detuvo dos meses. Era entonces Florencia, como siglos atrás había sido, el emporio de la civilización italiana; casi en cada calle tenía una academia o club que se componía de estudiantes, poetas, artistas y sabios asociados voluntariamente; y a favor de las recomendaciones obtenidas en Inglaterra y París, fácilmente fue Milton admitido en las más distinguidas de aquellas sociedades. Para merecer este privilegio, era necesario presentar alguna producción de su pluma, y así lo hizo llevando algunas de las cosas que había escrito en Cambridge, y otras que llevó a cabo con aquel objeto. Hablando correcta y fácilmente el latin y el italiano, podía conversar de igual a igual con sus nuevos amigos, y estas reuniones parece que le fueron sumamente agradables. Cuando generosamente abogaba en tiempos posteriores por la libertad de la imprenta, decía: «Pudiera referir lo que he visto y oído en otros países sujetos a la tiranía de esta especie de inquisición; países en que traté con hombres de gran ciencia, que este honor me dispensaron, los cuales me contemplaban feliz por haber nacido en tierra de libertad filosófica, como suponían que era Inglaterra, al paso que ellos se lamentaban de la servil condición en que vivía la ciencia entre ellos; que esto había eclipsado la gloria de los ingenios italianos, y que nada se había escrito los últimos años en aquel país, sino bajezas y fanfarronadas.» Alternando con personas de esta clase, fue Milton presentado y pudo hablar al gran filósofo de la época.» «Allí, dice, fue donde hallé y visité al famoso Galileo, ya anciano y preso en la Inquisición, por pensar en astronomía de distinto modo que pensaban los franciscanos y dominicos, árbitros de la ciencia.» ¡Milton y Galileo conversando uno con otro, y Galileo en un estado en que el joven temía llegar a verse, privado de la luz, enteramente ciego! Mas por entonces Milton gozaba de la vista, del esplendor del cielo de Italia, y cuando expiraba el día de las brillantes lumbreras que iluminaban así aquellas sabias reuniones y círculos de Florencia, porque es evidente que Milton halló ingreso en los últimos, y que su corazón, por más reservado que fuese, no podía enteramente librarse de la impresión que el encanto de aquellos círculos le causaba. Entre sus composiciones se hallan algunas escritas en Florencia, versos compuestos en su alabanza, y que si no muestran gran genio en sus autores, manifiestan por lo menos muy claramente la extraordinaria admiración que se tributó al de Milton.