Desde Florencia tomó el camino de Roma, dirigiéndose por Siena. En Roma contrajo desde luego amistad con Lucas Holstenio, el conservador de la Biblioteca del Vaticano, sin casi necesidad de recomendación alguna. Holstenio había estudiado tres años en Oxford, hecho que explica en parte la cortés acogida que Milton recordaba con tanto agradecimiento, pero la cortesía se trocó pronto en admiración, así que el bibliotecario descubrió la mucha ciencia de aquel extranjero, y se convenció de la superioridad del que iba a juzgar de sus conocimientos. Tal importancia le concedió, que hizo llegar sus elogios a oídos del cardenal F. Barbarini, pariente y primer ministro del Papa. Pocos días después el cardenal daba un gran concierto, y entre otras muchas personas, invitó al extranjero que tanto había fascinado a Holstenio; con cuya ocasión, dice Milton, el cardenal, saliendo hasta la puerta, «no solo me buscó entre toda aquella multitud, sino que cogiéndome de la mano, me entró dentro con demostraciones las más honrosas.» Todo esto, dijo a su amigo Holstenio, era debido sin duda a sus favores. En casa del cardenal probablemente oyó Milton cantar a Leonora, notable por su juventud y su belleza, y cuya voz y habilidad le daban una celebridad superior a todas. Milton demuestra el entusiasmo que sintió al oír a aquella sirena, dado que escribió no menos que tres composiciones en alabanza de la cantante. Dos romanos, Juan Salsilo y Salvaggi, nombres olvidados ya en nuestro tiempo, pero entonces muy conocidos, compusieron en loor de Milton versos llenos de hipérboles extravagantes; mas los del primero fueron tan estimados del poeta, que al saber más adelante que estaba enfermo, le dirigió una sentida composición en versos latinos.
Pasado que hubo dos meses en estudiar los monumentos de la antigua Roma, y en este íntimo trato con sus actuales moradores, Milton emprendió el viaje a Nápoles. En el camino subió a su carruaje un ermitaño, que demostró ser hombre de alguna cultura literaria, y habiendo quedado prendado del viajero como antes que a él le había sucedido a Holstenio, al llegar a Nápoles vio que un hombre de tanto mérito no podía estar en aquella ciudad sin ser presentado a Manso, marqués de Villa, personaje de gran consideración en aquel país, y Mecenas de los talentos en los demás. Todo el que conozca la triste historia de Torcuato Tasso debe estar familiarizado con el nombre de Juan Bautista Manso, su constante y generoso amigo. Manso rayaba a la sazón en los ochenta años: recibió con mucha finura a Milton, y el resultado de esta entrevista lo dice el hecho de haberse constituido personalmente en guía del joven estudiante por todos los sitios que ofrecían algún interés en Nápoles y sus alrededores. «Yo le merecí, dice Milton, todo el tiempo que permanecí allí las más benévolas atenciones. Me acompañaba a los diferentes puntos de la ciudad, yendo a buscarme al palacio del virrey, y repetidas veces a mi casa para visitarme. Al despedirme, me pidió mil perdones, por no haber podido dispensarme más atenciones como lo deseaba, a causa de no haber disimulado yo mis sentimientos religiosos.» Milton había resuelto al salir de su casa no mezclarse para nada en cuestiones religiosas, a no ser que otros las provocasen; pero esta precaución parece que no fue bastante para preservarle de algunas inconveniencias, a veces hasta peligrosas, pues cuando pensaba volver a Roma, le advirtieron algunos mercaderes de Nápoles, que por ciertas cartas habían sabido lo preparados que estaban contra él los jesuitas ingleses, si otra vez se presentaba en aquella ciudad. Pero tenía que volver, y no hubiera desistido de su vuelta, porque manejaba bien la espada, y nada tenía que temer si se empeñaba un lance de hombre a hombre.
En Nápoles fue donde llegaron a sus oídos graves noticias sobre el conflicto que había surgido en Inglaterra entre el soberano y sus vasallos. Su deseo era haber ido a Sicilia y después a Grecia, pero en virtud de aquellas novedades, escribe: «Consideraba una deshonra que mientras mis compatriotas estaban combatiendo en mi país por la libertad, yo estuviese viajando por el extranjero por mi gusto, y con un objeto puramente intelectual.» Los escoceses habían destruido con incontrastable fuerza todas las innovaciones de Laud y del rey. Inglaterra experimentaba grande simpatía por lo que Escocia había hecho; y si no había comenzado la guerra civil al sur del Tweed, los hombres pensadores la veían como inminente. Próximo a dejar a Nápoles, Milton dirigió a Manso una epístola en hexámetros latinos y en estilo más sublime que cuanto la música de Tasso había inspirado a este en su favor. En contestación Manso envió a su amigo dos copas ricamente trabajadas, y en ellas dos líneas que formaban una expresiva dedicatoria.
«Volví, dice Milton, a Roma, a pesar de lo que se me había dicho. Si alguien me preguntó lo que era yo, no se lo oculté, y si alguien atacó en la ciudad papal la religión ortodoxa, yo como antes, y por espacio de dos meses, la defendí calorosamente.» En Florencia como en Roma reanudó Milton relaciones con sus antiguos amigos, y pasado aquel tiempo, se dirigió por Bolonia y Ferrara a vivir un mes en Venecia. Desde Venecia fue por Verona y Milán, subiendo el monte de San Bernardo, a Ginebra, en la cual ciudad permaneció algunas semanas, hasta que desandando el camino que había llevado, desde París arribó a Inglaterra cuando finalizaba junio, tras una ausencia de «un año y tres meses poco más o menos.» Esta breve relación de sus viajes la hizo cuando la parte que tomó en los negocios públicos le expuso a mil calumnias aventuradas, y por esta razón concluye su resumen con las siguientes palabras: «De nuevo pongo por testigo a Dios de que en todos aquellos puntos donde multitud de cosas se reputan legales, viví libre e incólume de todo libertinaje y vicio, teniendo siempre presente la máxima de que por más que me ocultase a los ojos de los hombres, no dejarían de verme los ojos de Dios.»
Es digno de observarse que todas las poesías que escribió Milton en Italia, así como casi todas sus composiciones de Cambridge, forman graves descripciones. En su noble epístola a Manso no hizo misterio alguno de la idea de escribir un poema épico, y los versos que le dirigían sus amigos de Roma y Florencia, indicaban harto claro que alguna expresión se le había deslizado sobre tal propósito, dado que no desconfiaban de que su genio acometiese alguna obra de aquella naturaleza. En este tiempo, sin embargo, no se le había ocurrido aún tomar por asunto de un libro la pérdida del Paraíso: la historia del rey Arturo y de los caballeros y damas que llenaban su corte caballeresca, fue lo que sugería a su imaginación animados y brillantes cuadros.
Cuando volvió Milton a Inglaterra, su padre había dejado la casa de Horton y trasladádose con su hijo Cristóbal a Reading. Los gastos inevitables en el viaje que había hecho el poeta, no le impidieron comprar gran cantidad de libros, de los cuales unos llevó consigo y otros llegaron después. En realidad no tenemos motivos en que fundarnos para suponer que los recursos con que contaba fueran bastantes para asegurarle una modesta independencia. En carrera comercial no pensaba, y a la vida profesional estaba poco inclinado. Si su buen padre pudo sostenerle en términos de que no tuviera que pensar más que en sus libros y en sus obras literarias, seguros estamos de que lo haría, y parece evidente que en efecto lo hizo.
El primer paso que dio Milton al volver a Londres, fue alquilar parte de una casa en St. Bride’s Churchyard. Allí acomodó sus libros y volvió de nuevo a sus estudios; era esto a fines de 1639. Pero al año siguiente le vemos tomar una «casa con jardín,» es decir, una casa aislada con un jardín alrededor en Aldersgate Street, calle que se describe como una de las más tranquilas y de las más decentes de los arrabales de Londres. Por este tiempo mistress Philips, su hermana, quedó viuda y volvió a casarse. Cuando vivía en St. Bride’s Churchyard, se encargó del cuidado y educación del hijo más joven, mozo de nueve años a la sazón y de grandes esperanzas, y ahora recibió al sobrino más pequeño como pupilo. Habiéndose comprometido a dirigir por sí la educación de aquellos dos sobrinos, vemos que luego se encargó de algunos más, hijos de amigos suyos, de quienes sin duda recibía buenos honorarios por sus servicios.
En este punto de la vida de Milton, Johnson da una completa explicación sobre el ningún afecto que le profesaba. «No permitáis, escribe, que veneremos a Milton; prohibidnos ver con cierta plenitud de satisfacción sus grandes promesas y sus pequeños cumplimientos; hombre que se apresura a volver a su país porque sus compatriotas pelean por su libertad, y cuando llega al lugar de la acción, emplea su patriotismo en una casa de pupilos.» Milton nos dice que resolvió dejar en esta ocasión «el éxito de los asuntos públicos, primero a Dios y después a aquellos a quienes el pueblo había encomendado esta empresa.» Pero los escritos de Milton constituyen su biografía; y si Johnson se hubiera tomado la molestia de leer sus obras en prosa con el cuidado que se merecen, habría fijado su atención en el siguiente pasaje, y no hubiera abusado tanto de su humor satírico: «Confiando en la ayuda de Dios, el pueblo inglés rechazaba la esclavitud con la más justa de las guerras; y aunque yo no reclame parte alguna en la alabanza que le es debida, fácilmente puedo defenderme de la imputación (si alguna de esta naturaleza se me ha hecho) tanto de timidez como de indolencia. Porque si no arrostré las penalidades y riesgos de la guerra, fue porque en otra esfera podía con más eficacia, y con no menos peligro para mí, servir de algo a mis compatriotas y mostrar un espíritu que ni se rendía a la adversidad de la fortuna, ni obraba por vil miedo a la calumnia o a la muerte. Desde que en mis primeros años me consagré a los estudios más liberales, y me sentí más robusto de entendimiento que de cuerpo, siendo extraño a las labores del campo, en que cualquier soldado de vigorosa naturaleza me hubiera fácilmente excedido, recurrí a las armas que yo podía manejar con más efecto, y comprendí que obraba cuerdamente al ejercitar así mis mejores y más poderosas facultades en el servicio de mi país y de su honrosa causa.» Cualquiera otra conducta que hubiera seguido Milton, le hubiera expuesto a menos calumnias que las que arrostraba, siendo un motivo de asombro para él y para todos, que después de tantos peligros no rodase su cabeza en un cadalso para castigo de su temeridad.
Milton se mudó juntamente con sus libros, a St. Bride’s Churchyard, en el otoño de 1639, y de aquí a Aldersgate Street en 1640, y publicó su primer folleto contra el Parlamento y la reforma eclesiástica en 1641. Por espacio de once años siguió Carlos I gobernando a Inglaterra sin contar con el Parlamento, y deliberadamente había suspendido las leyes que a sí mismo se impuso con su juramento al coronarse, y con las solemnes promesas que después hizo de mantenerlas. El fin de todo gobierno es proporcionar seguridad a las personas y propiedades, pero allí no había seguridad posible. El rey esquilmaba a sus súbditos cuanto podía, ejercía en todos los ramos del comercio el monopolio que más le agradaba, y detenía, desterraba o encarcelaba a su antojo a los tildados de descontentos, fuésenlo o no realmente. Nadie estaba seguro, si no alegaba el mérito de la sumisión y del silencio, y nadie era dueño de sí, ni aún con semejantes méritos. En los negocios eclesiásticos predominaba el sistema romano sostenido por Laud, y la única aspiración de sus amigos era suprimir toda oposición y libertad de pensamiento, perpetuar la jerarquía más aferrada a los intereses clericales, imponer el rezo inglés no solo a los ingleses sino a los escoceses, y asimilar el ritual anglicano al romano de tal manera, que apenas se advirtiese entre ellos diferencia alguna. Esta era la política que con relación a la Iglesia miraba Laud como la mejor y más conforme al modo de ver de su soberano.
Pero en 1639 se sublevó la Escocia, reprobando y proscribiendo, en uso de sus fueros, este orden de cosas. Llamó el Rey a sus súbditos ingleses para que le ayudasen a sofocar aquella rebelión; mas la respuesta que le dieron fue que para obtener aquella ayuda, era menester anular las leyes que regían, y conceder la libertad que las mismas leyes otorgaban para corregir tantos abusos y fomentar los intereses de la nación. En 1641 Carlos empleó cuantos recursos creyó oportunos, con la esperanza de orillar así aquellas dificultades, pero en vano. Congregó una asamblea de pares en York; disolvió el Parlamento Corto convocado en la primavera de 1640, y se vio obligado a pasar por la reunión de aquel Largo Parlamento tan memorable, en noviembre del mismo año. Pero aunque en Escocia se había desenvainado la espada contra el gobierno del Rey, ningún golpe le amenazaba aún por parte de Inglaterra; y dado que Milton se hubiera resuelto a esgrimir sus armas en esta contienda, el partido que hubiera podido tomar durante los tres años de su regreso de Italia, era el de emigrar a Escocia, y unirse en aquel reino a la bandera de los insurgentes. En Inglaterra, por aquel tiempo, la oposición se reducía al principio a meras discusiones, y uno y otro partido protestaban contra el pensamiento de emplear otros ningunos medios. Baste esto para aquilatar la justicia de las censuras que en el tono de mofa que hemos visto se permitió Johnson.