Estando en estos preliminares, tuvo Milton ocasión de comprender hasta qué punto influían en los realistas sus preocupaciones y yerros, y cuánto importaba ver si se podría encauzar bien a los mismos parlamentarios, ya que se estaba en los principios de la contienda; lo cual hubiera sido hacedero en el Parlamento, si sus paisanos le hubieran enviado a él; pero en aquellas circunstancias el único medio de poder prestar algún servicio al Estado era la prensa, y sus enemigos se hubieran alegrado mucho de verle comprometido en semejante agresión, y echar mano de las groseras armas que la multitud podía manejar tan bien o mejor que él mismo.

La obra que Milton dio a luz en 1641 se titulaba: De la Reforma en Inglaterra, y de las causas que la han frustrado hasta ahora. Escrito a un Amigo. El autor había manifestado en su Lycidas que la condición de la Iglesia anglicana estaba muy distante de satisfacerle; y véanse las elocuentes palabras con que describe el origen y principios de la Reforma en el siglo XVI: «Mas para no recargar más el cuadro de las iniquidades de la Iglesia, de cómo nacieron y de cómo tomaron cuerpo; cuando recuerdo por fin después de tantos siglos de tinieblas, en que la negra sombra del error ha ocultado todas las estrellas del firmamento de la Iglesia, cómo la brillante y bendita Reforma ahuyentó con el divino poder la negra y pesada noche de la ignorancia y tiranía anti-cristiana, me parece que un nuevo e indecible júbilo debe animar el pecho del que lee u oye, y que el suave placer de ojear el Evangelio debe inundar su alma en celestial fragancia. Entonces se difundió la Sagrada Biblia hasta los últimos rincones de que la profana falsedad y menosprecio la habían arrojado; se abrieron las escuelas; la ciencia divina y humana volvieron sus acentos a las lenguas que habían enmudecido; los príncipes y ciudades se agolparon al punto bajo la nueva bandera de salvación, y los mártires, con la irresistible fuerza de su debilidad, quebrantaron el poder de las tinieblas, y triunfaron de la fiera rabia del antiguo dragón.» De este lenguaje deducirá el lector el fervor y animación de estilo con que está escrito el folleto. El impulso que debió nacer de semejante cambio quedó paralizado; y las causas fueron varias, entre ellas la injusta preferencia que se dio a los obispos, cuya afición a pomposas ostentaciones, consecuencia natural de la falsa posición en que se les colocaba, dícese que los convirtió en grandes corruptores, en vez de ser, como su título lo indica, padres espirituales de la Iglesia.

Esta publicación debió ver la luz a principios de 1641. Fue seguida inmediatamente de otra, La Humilde Manifestación en favor del Episcopado, debida a la pluma de Hall, obispo de Norwich, excitado por el arzobispo Laud para tomar parte en esta cuestión. En respuesta al obispo apareció de allí a poco una obra con el título de Smectymnuus, nombre formado por las iniciales de los cinco teólogos puritanos que se encargaron de escribirla. Esta contra-réplica puso en un conflicto al arzobispo Usler. Milton contestó a la Institución apostólica del Episcopado, escrita por su excelencia, con dos tratados, el uno sobre la Prelacía episcopal, y el otro que se decía Razones del gobierno de la Iglesia. El obispo Hall publicó entonces una defensa de su Manifestación, a la cual tardaron poco en seguirse las Advertencias de Milton. Todos estos escritos aparecieron antes de expirar el año 1641.

Profunda fue sin duda la impresión que produjeron los folletos de Milton. En 1642 se dio a luz un volumen titulado: Modesta Refutación contra un Libelo calumnioso y grosero, el cual se consideró generalmente como debido a la pluma del hijo del obispo Hall. A los infundados ataques que dirigía esta obra contra el carácter privado de Milton, contestó él victoriosamente en su Apología del Smectymnuus.

El éxito de las apasionadas controversias sobre este asunto se vio primero en la expulsión de los obispos de la Cámara de los Lores, y finalmente en la supresión de aquella clase; mas el demostrar hasta qué punto contribuyeron los escritos de Milton a este resultado, haría preciso detenerse en su análisis, y las condiciones de esta breve memoria nos impiden entrar en cuestiones semejantes.

Pasados los borrascosos años de 1641 y 1642, hallamos a Milton en sosegada compañía con sus pupilos, o meditando sobre el gran poema que tenía pensado, y de que había anticipadamente hablado con pomposos anuncios en su Apología del Smectymnuus. Recordando los esfuerzos que le costó exponer sus opiniones sobre la educación, naturalmente tenemos curiosidad de ver cómo las pondría en práctica; mas por desgracia los hechos están muy lejos de corresponder a las esperanzas. Debemos suponer que bajo la dirección del autor del Comus y del Allegro y el Penseroso, sus pupilos estarían familiarizados con los más acabados y brillantes modelos que podía ofrecer una biblioteca clásica. No sucede nada de esto. Los libros que debiéramos hallar en primer término, tales como Virgilio, Horacio y Ovidio, ceden el puesto a Lucrecio, Manlio y otros prosistas de los inferiores y menos inteligibles en materia de lenguaje. No se hable de Tácito, de Livio ni de Cicerón. En el curso de autores griegos, no se tropieza con un solo trágico, orador ni aún historiador, a excepción de algunos fragmentos de Jenofonte. La idea de Milton parecía ser que con adquirir el conocimiento de la lengua, la comprensión de sus bellezas vendría por sí. Debemos añadir que los discípulos de este único establecimiento tenían que aprender hebreo y leerlo, comparándolo con el caldeo y el siriaco. No se olvidaban las lenguas modernas; y los domingos, Milton acompañaba la lectura del Nuevo Testamento en griego con oportunas explicaciones, con ciertas teorías de lectura y con algunas ideas respecto a la divinidad.

Johnson pregunta satíricamente, qué grandes hombres produjo aquella «admirable academia.» Un preceptor de enseñanza hubiera debido saber que el que lo es, ha de aspirar a desenvolver la capacidad, y que donde no hay germen alguno de esta capacidad de comprensión, en vano es dirigirse a ella. No dudamos que Milton enseñaría muchas cosas que se pueden aprender en cualquier libro impreso. Un autor que debía pasar por bien informado, dice que puso a sus sobrinos en disposición de interpretar los autores latinos a primera vista en el espacio de doce meses, y que así como era severo bajo un aspecto, bajo otro se mostraba franco y familiar en su conversación con aquellos de cuya educación estaba encargado. Su sobrino Philips añade que si sus pupilos hubieran recibido sus lecciones «con la penetración y profundidad, el ingenio, actividad y sed de saber de que estaba dotado el maestro, hubieran sido unos prodigios de talento y ciencia.» Por este último sabemos además que Milton tenía en este tiempo amigos personales que se contaban entre «los pisaverdes de aquella época,» y que de cuando en cuando se daba a bromear con ellos, haciendo fiesta lo mismo para sus pupilos que para él.

En algunos de estos «alegres días,» como ellos los llamaban, y en otros de alguna más sobriedad, suponemos que Milton hacía lo que hacemos todos, convencido a veces de que un hombre no es bien que esté siempre solo; pero la vida propiamente de calavera, ni en aquella ocasión era compatible con el vivo interés que le inspiraban los asuntos públicos, ni con los propósitos que abrigaba de llegar a ser útil y servir exclusivamente a su país. En aquellos días residía en Forest Hill, unas cuatro millas de Oxford, una familia llamada Powell. Era numerosa, y el cabeza de ella, Ricardo Powell, un magistrado que vivía con el desahogo de persona muy bien acomodada. Antes de que el padre del poeta abandonase a Bread Street, habían existido relaciones y negocios de intereses de alguna cuantía entre él y Powell, y en estos asuntos pecuniarios tuvo Milton alguna intervención directa y legal. Al trasladarse los Milton a Horton, debemos suponer que ambas familias, a causa de la mayor proximidad, se tratarían con más frecuencia; mas sea de esto lo que fuere, sabemos por el sobrino del poeta, entonces en su compañía, que por la pascua de Pentecostés de 1643, «emprendió un viaje por el país, cuyo objeto, o no se sabía, o era con alguno más que un mero pasatiempo. Ello fue que al cabo de un mes, el que salió soltero volvió casado con María, la hija mayor de Ricardo Powell, que entonces era juez de paz en Forest Hill, cerca de Shotover, en Oxfordshire.» Milton tenía que reclamar un dinero de su cuñado al tiempo de su casamiento, y que recibir, creemos que con el importe de su deuda, 1000 libras por vía de dote; pero ni este ni aquella llegó a cobrar jamás, por razones que indicaremos luego.

Entonces se mudó a su nueva casa de Barbican, a la cual llevó a su mujer, acompañándola algunos de sus parientes para pasar las fiestas de la boda, que duraron algunos días, y a que concurrieron también varios amigos de la novia. María Powell es de creer que fuese una joven de bella figura y agradable trato, pero ignoramos si tendría del mismo modo otras buenas cualidades. A las pocas semanas de su llegada a Londres, se recibió una carta invitando a mistress Milton a regresar por breve tiempo a su país; ella se mostró dispuesta a aceptar la invitación, y probablemente la provocaría. Su esposo no puso dificultad en complacerla, pero exigió que no difiriese su regreso más allá del día de San Miguel. San Miguel llegó y la perezosa señora no parecía; Milton escribió una y otra vez, y ninguna de sus cartas mereció respuesta; despachó un propio con este objeto, y parece que se le despidió sin hacerle caso. Nuestro poeta era un hombre profundamente virtuoso: llegó a lisonjearse con la esperanza de que casado sería feliz; pero esta esperanza tardó poco en desvanecerse.

¿A quién debe atribuirse la culpa de semejante desengaño? Los hombres dados a la vida pública pueden ser maridos cariñosos, mas por necesidad tienen que renunciar a la insistencia no interrumpida de su cariño. Las mujeres que se casan con semejantes hombres, deben no solo desear que sus maridos sean personas de suposición, sino apechugar con los inconvenientes que esto trae; y hay pocas mujeres que transijan así consigo mismas. Atendiendo a la vida puramente intelectual a que estaba entregado Milton, a su ardiente temperamento y a la energía de voluntad que le caracterizaban, preciso es confesar que las probabilidades de que hiciese un matrimonio feliz, no eran muy grandes. En favor de María Powell puede alegarse que su familia era de realistas; que en su casa, generalmente bulliciosa, probablemente reinaría mas animación de la acostumbrada por la presencia de los caballeros que en aquel tiempo moraban cerca del Rey en Oxford; y que la transición de la vida doméstica en casa de su padre, a la que tenía con Milton en Barbican, no era para halagarla mucho; pero por otra parte debe considerarse que los principios de Milton y la vehemencia con que los profesaba, eran tan conocidos, que no podían ignorarse en Forest Hill, siendo un error creer que su casa había de ofrecer escenas divertidas, y no ocupaciones formales y severas. En la época de este matrimonio, la fortuna de los Parlamentarios andaba un tanto decaída; para muchos, y especialmente para los partidarios del Rey en Oxford, era más que probable que la balanza se inclinase en favor de los realistas, tanto que el sobrino de Milton, Philips, supone que esta consideración bastó para que la familia tratase de cortar unas relaciones que, según el rumbo que tomaban las cosas, podían llegar a serle perjudiciales. Si esto era realmente la causa que los movía, no necesitamos decir más para encarecer su egoísmo, injusticia y crueldad.