»Mas, para que su soberbia no se lisonjee de haber logrado esta ventaja, de haber despoblado el cielo, y locamente presuma del detrimento que me ha causado, he de reparar la pérdida, si como tal puede considerarse el perderse uno a sí mismo. Crearé al punto otro mundo, y de un hombre produciré una raza de hombres innumerable, que habitarán allí, no en este reino, hasta que elevándose gradualmente por sus méritos, se abran y ganen al fin esta morada, purificados largo tiempo por medio de su obediencia. La tierra entonces se convertirá en cielo, y el cielo en tierra, porque uno y otra formarán un solo imperio donde reinen alegría y unión perpetuas. Entre tanto, celestes potestades, gozad de esta mansión con más holgura. Y tú, Verbo mío, hijo por mi engendrado, por ti se cumple todo esto: habla, y quedará hecho. Contigo envío mi Espíritu, que lo llena todo, contigo mi poder. Parte, pues; manda al abismo que forme el cielo y la tierra dentro de ciertos límites. El abismo no los tiene, porque Yo soy quien lleno lo infinito, y el espacio no está vacío. Y aunque Yo no reconozco límites en mí mismo, y reduzco y no llevo a todas partes mi bondad, que es libre de obrar o no, ni la necesidad ni el destino influyen nada en mis actos: el hado consiste en lo que yo quiero.»

»Estas palabras dijo el Omnipotente, y su Verbo, su filial Divinidad las realizó al punto. Los actos de Dios son inmediatos, más rápidos que el tiempo y el movimiento, y para hacerlos comprensibles al sentido humano, hay que valerse de la sucesión de las palabras, de la lentitud con que procede la terrestre inteligencia. Grande fue el triunfo, extremado el júbilo del cielo, al anunciarse así la voluntad divina. «¡Gloria al Altísimo, decían, y buena voluntad y paz en la tierra a los futuros hombres! ¡Gloria a Aquel cuya justicia y vengadora cólera ha arrojado a los impíos de su presencia y de la morada de los justos! ¡Gloria y alabanza al Señor cuya sabiduría ha hecho del mal el bien, y ha destinado a una raza mejor el lugar que ocupaban los espíritus malignos, y difundirá su eterna bondad en los mundos y siglos venideros!»

»Prorrumpieron en este himno las celestes jerarquías, y apareció el Hijo, dispuesto a su grande obra, revestido de la Omnipotencia, ciñendo la corona de la Majestad divina. La sabiduría, el amor inmenso, su Padre todo reflejaba en él. Asistían en torno de su carro innumerables querubines, serafines, potestades, tronos y virtudes, espíritus alados, carros asimismo con alas, sacados del arsenal de Dios, donde existen millares de siglos ha, entre dos montañas de bronce, preparados para los días solemnes; carrozas celestiales, prontas siempre a volar, y que ahora se ofrecían espontáneamente, porque estaban animadas de espíritu vital, atentas al mandato de su Señor. El cielo abrió de par en par sus eternas puertas, que al girar sobre los goznes de oro, produjeron un armonioso sonido, para dar paso al Rey de la Gloria, al Verbo poderoso, al espíritu creador de nuevos mundos.

»Detuviéronse en el continente del cielo, y desde sus orillas divisaron el vastísimo inconmensurable abismo, tempestuoso como un océano, lóbrego, horrible, impenetrable, agitado de arriba abajo por furiosos vientos y encrespadas olas, que como montañas se elevaban para escalar los cielos y confundir el centro con los polos.

«¡Basta, revueltas olas! Y tú, abismo, ¡sosiégate: cesen vuestros furores!» exclamó el Verbo creador. Y no se detuvo más: sino que arrebatado en alas de los querubines, se remontó a la gloria paterna, por en medio del Caos y del mundo que todavía no era, porque el Caos oyó su voz. Seguíale su brillante comitiva para presenciar la obra de la creación y las maravillas de su poder; y paró de pronto las ardientes ruedas de su carro, y tomó en la mano el compás de oro, guardado en los eternos tesoros de Dios, para trazar el círculo de este universo y cuantas cosas habían de existir en él; y fijando uno de sus extremos en el centro y volviendo el otro alrededor de la vasta profundidad de las tinieblas: «Aquí, dijo, llegarás, y estos ¡oh mundo! serán tus límites.»

»Así creó Dios el cielo y así la tierra, materia informe y vacía. Cubrían el abismo profundas tinieblas, pero desplegando sus alas paternales sobre las tranquilas aguas el Espíritu de Dios, infundió en ellas la virtud y el calor vital a través de la masa fluida, arrojó a lo más profundo las negras y frías heces infernales, contrarias a la vida; aunó y condensó cuantas cosas se asimilaban entre sí; y apartando las demás a diferentes lugares, e introduciendo el aire entre unas y otras, apareció la tierra equilibrándose sobre su centro.

«¡Hágase la luz!», dijo y la luz fue hecha. Brotó súbitamente del hondo abismo la luz etérea, lo primero de todo, la esencia más pura de las cosas, y desde su nativo oriente comenzó a esparcirse por entre las sombras aéreas, ciñéndola una nube esférica y radiante, porque el sol no existía aún; y en este nebuloso tabernáculo permaneció algún tiempo. Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas por medio del hemisferio. Y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche; y del espacio que entre uno y otra componen, formó el día primero. El cual no pasó sin ser grandemente festejado y cantado por los coros angelicales; pues cuando percibieron la primera luz que asomaba por oriente, rompiendo las tinieblas, en aquel natalicio del cielo y de la tierra, llenaron de vivas y aclamaciones la vasta concavidad del universo, y al compás de sus arpas de oro y sus acordados himnos, ensalzaron a Dios juntamente con sus obras, proclamándole Creador cuando llegó la primera noche y cuando rayó la primera aurora.

»Y dijo Dios en seguida: «Que en medio de las ondas se ponga el firmamento, y que divida unas aguas de otras.» Y Dios hizo el firmamento, dilatación de un aire fluido, puro, transparente, elemental, que se extiende en redondo hasta la mayor convexidad de aquel anchísimo orbe, división inmutable y segura, que separa las aguas de la región inferior y las superiores. Porque así como la tierra, estableció Dios el mundo sobre reposadas aguas, en medio de un vasto océano de cristal, y alejó de él la tumultuosa irregularidad del Caos, para que el contacto de sus violentas extremidades no alterase su estructura. Y dio el nombre de cielo al firmamento; y los coros nocturnos y matutinos cantaron el día segundo.

Así se precipitan una tras otra las olas...