»La tierra estaba formada, pero sumergida como rudo embrión en el seno de las aguas, aún no se descubría. Inundaba toda su superficie el grande océano, y no en balde, porque se infiltraba en todo su globo un templado y fecundo humor que hacía fermentar y concebir a la madre universal, fertilizada por una humedad vivificadora, cuando dijo Dios: «Aguas que os derramáis por los cielos, congregaos en un lugar y aparezca el continente enjuto.» Y salieron de pronto las enormes montañas, que elevando sus cimas hasta las nubes, tocaban con las estrellas. Y tanto como sus hinchadas moles subían, tanto se ahuecaban y hundían sus cóncavos senos para dejar anchos y profundos lechos por donde las aguas se dilatasen. Y por ellos corrían con bulliciosa rapidez sus turgentes ondas, como inflamadas gotas que ruedan sobre el polvo árido. Unas se elevan cual murallas de cristal, otras saltan por encima, formando puntiagudos montes; que tan raudo movimiento imprimió el imperioso mandato a sus corrientes. Como en los ejércitos de que ya tienes una idea, acuden a sus filas los soldados al oír el llamamiento de la trompeta, así se precipitan una tras otra las olas por donde más fácil camino encuentran, impetuoso torrente en los despeñaderos, mansas y apacibles en las llanuras. Ni les son de obstáculo alguno las rocas o las montañas; hallan siempre salida, ya introduciéndose subterráneas, ya serpenteando por mil rodeos y abriéndose profundos canales en aquellos terrenos cenagosos que fácilmente se descomponían antes que Dios les mandase quedar secos y endurecidos, menos los destinados a recibir los ríos, que llevan en pos húmedos despojos perpetuamente. A la parte árida llamó el mismo Señor tierra; al ancho receptáculo en que las aguas se acumulaban, mar. Y vio que aquello era bueno; y dijo: «Que la tierra se vista de verde yerba, de plantas que den simiente, y de árboles con frutos de especies varias, que lleven entre sí su propia semilla, para reproducirse sobre la tierra.»

»No bien dijo estas palabras, cuando de aquella misma tierra que hasta entonces se mostraba rasa, árida, desierta, desagradable, sin ornato alguno, brotó delicado césped, con cuyo verdor se atavió toda su superficie, luciendo en torno su vistoso esmalte. Viéronse allí las plantas con su infinita variedad de hojas, florecer de improviso, arrebolarse de mil colores y embalsamar el seno de la madre tierra con los aromas dulcísimos que exhalaban. Apenas abrían sus cálices, provocaba la floreciente viña con sus apretados racimos; redondeábase en sus rastreros tallos la calabaza; mecíanse en sus hazas formadas en espesas legiones, las huecas cañas, y el humilde arbusto y la punzante zarza enlazaban sus enmarañadas cabelleras. Alzábanse por fin los arrogantes árboles, moviéndose acompasadamente y dilatando sus ramas, unas cubiertas de copiosos frutos, otras matizadas de flores. Erguíanse sobre las colinas gigantescos bosques, y espesas arboledas sobre las cañadas, a las márgenes de las fuentes y en las orillas de los ríos. ¿Qué le faltaba a la tierra para asemejarse al cielo? Bien podían morar en ella los dioses, y recorrerla embelesados, y reposar al amor de sus umbrías sagradas. Dios no le había enviado aún lluvia que la regase, ni formado al Hombre que había de cultivarla; pero de sus nuevas entrañas fluía un jugoso vapor que abonaba el suelo y alimentaba las plantas antes de que brotasen, y la menuda yerba antes de verdeguear sus tallos. Y vio Dios que esto era bueno; y la mañana y la noche renovaron los cantos del tercer día.

»Y volvió a hablar el Altísimo: «Que luzcan astros en el espacio de los cielos para distinguir los días de las noches, y para que marquen las estaciones y los días y el transcurso de los años; y mando que su oficio sea servir de luminares en el cielo y de antorchas para la tierra.» Y así fue hecho. Y puso Dios dos grandes astros, grandes por lo que habían de servir al Hombre, los cuales alternasen, el mayor en presidir al día, y el más pequeño a la noche. Y también hizo las estrellas, poniéndolas en el firmamento de los cielos, a fin de que iluminasen la tierra, y regulasen las vicisitudes de los días y de las noches, y diferenciasen la luz de las tinieblas. Y parose a contemplar su grande obra, y le pareció bien. Porque el primero de aquellos astros fue el sol, cuya inmensa esfera careció en un principio de luz, aunque era de sustancia etérea; y luego formó el globo de la luna, y las varias magnitudes de las estrellas, y las sembró por el cielo, como en un campo. Y tomando una gran parte de luz de su nebuloso tabernáculo, la trasladó al orbe solar, que por sus poros recibe y aspira el brillante líquido, y que con su fuerza retiene la plenitud de sus rayos, siendo a la sazón el gran palacio de la luz. De él, como de su manantial, se mantienen los demás astros, depositando aquella misma luz en sus urnas de oro, y allí abrillanta sus cuernos el planeta de la mañana; mientras ellos iluminados o por reflejo acrecientan el fulgor escaso que les es propio, aunque a la vista humana aparezcan tan diminutos por la mucha distancia a que los contempla.

Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles...»

»Por vez primera apareció en su oriente el glorioso astro, regulador del día, que derramó sus espléndidos rayos por todo el horizonte, ufano al verse recorriendo el sublime cielo en toda su longitud, yendo precedido de la aurora y de las pléyades, que en festivas danzas difundían anticipada su benéfica influencia.

»Menos brillante que él, en la parte opuesta del occidente y a igual altura, alzábase la luna, que recibía de lleno su claridad, reflejándola como un espejo, no necesitando otra luz en aquella posición, y manteniéndose a igual distancia hasta que llegó la noche. Asomó entonces por el oriente para dar la vuelta en torno del eje de los cielos, y dividió su imperio con mil astros menores, con mil y mil estrellas que alumbraban a la vez, tachonando la celeste bóveda; con lo que también por vez primera ornaron el hemisferio, ascendiendo y declinando sucesivamente, y coronaron con los encantos de la noche y de la mañana el cuarto día.

»Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles, seres vivientes, de fecundos gérmenes; y que las aves vuelen sobre la tierra, desplegando sus alas en el libre firmamento de los cielos.» Y creó las ballenas enormes, y todos los seres que viven y nadan, y producen abundantemente las aguas en todas sus especies, y todas las especies también de pájaros alados.» Y vio que esto era bueno, y los bendijo a todos, diciendo: «Creced y multiplicaos, y llenad las aguas de los mares, de los lagos y de los ríos; y vosotras, aves, multiplicaos sobre la tierra.» Y por golfos y mares y calas y bahías bullen al punto cardúmenes innumerables, millones de peces que con sus aletas y escamas relucientes se deslizan entre las verdosas ondas, en muchedumbre tal, que forman a veces inmensos bancos en medio del océano. Solitarios o en compañía, pacen unos las ovas de que se sustentan, y se pierden entre los enmarañados bosques de coral, o serpentean con la velocidad de un relámpago, luciendo a la luz del sol sus tornasoladas mallas con recamos de oro; otros, reposando tranquilos entre sus conchas de nácar, saborean su líquido alimento; otros en fin, cubiertos de fuertes armaduras, acechan su presa bajo las rocas. Triscan en tanto sobre la tranquila llanura del mar las focas y los combados delfines; otros, de prodigioso volumen, moviéndose pesadamente, revuelven el océano como una tempestad; mientras el leviatán, mayor que ningún otro viviente, tendido como un promontorio sobre aquel abismo, dormita o nada, y se asemeja a una flotante playa, sorbiendo y arrojando alternativamente todo un mar por sus agallas.

»En las cálidas grutas, en los pantanos y orillas de las aguas salen al propio tiempo numerosas bandadas de las infinitas crías encerradas en los huevos, que rompiéndose al ser sazón, dan a luz sus desnudas avecillas; las cuales tardan poco en vestirse de plumas y en ensayar su vuelo, y se remontan a lo más encumbrado del aire, y cantan su triunfo desdeñándose de la tierra, que cubren con su sombra como una nube. Allí, en la cima de las rocas y de los cedros, labran sus nidos las águilas y las cigüeñas. Aves hay que se mecen solas en la región aérea; más cautas otras, viajan unidamente, en formación regular y teniendo en cuenta las estaciones, y dirigen sus caravanas por encima de los mares y de las tierras, prestándose mutua ayuda para facilitar su vuelo. Estribando así en los vientos, emprende su viaje anual la prudente grulla, moviendo y azotando el aire al pasar con sus pobladas alas. Saltando de rama en rama, alegran las arboledas con sus gorjeos los pajarillos, y ejercitan sus pintadas alas durante el día; mas no porque se acerque la noche deja el ruiseñor su solemne canto, antes la emplea toda en exhalar sus sentidos ayes. En los argentados lagos, como en los ríos, bañan otros el delicado vello de sus gargantas; el cisne enarca su cuello entre las blancas alas majestuosamente tendidas; luce su pompa haciendo de sus pies remos, y cuando abandona el húmedo elemento, se lanza en medio de la región del aire; al paso que otros caminan con pie seguro, como el crestudo gallo que con su clarín anuncia las silenciosas horas, y el que se gallardea con su rica cola, sembrada de los colores del iris y estrellados ojos. Así las aguas se poblaron de peces, y el aire de aves; y la noche y la mañana solemnizaron el quinto día.

»El sexto y último de la creación, comenzó al son de las arpas nocturnas y matinales; a tiempo que el Señor dijo: «Que la tierra produzca las especies de animales vivientes, los que andan en rebaños, y los reptiles y las bestias de la tierra, cada uno según su especie.» Y obedeció la tierra, y abrió de pronto sus fecundos senos, y dio de una vez a luz innumerables criaturas vivientes, perfectas en sus formas, y en sus miembros completamente organizadas. Y como de sus madrigueras, salieron de las entrañas de la tierra las fieras salvajes, y ganaron los bosques, los matorrales, las espesuras y las cavernas, estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles; y los ganados discurrieron por los campos y verdosas praderas, estos en corto número y solitarios, aquellos en grandes baños, brotando todos de una vez y pastando juntos. Aquí, de entre el tupido césped nacía la terneruela; allí asomaba el flavo león y se asía de sus garras para dejar libre el resto de su cuerpo, saltando cual si hubiese roto sus ligaduras y sacudiendo su áspera melena; y la onza, el leopardo, el tigre, levantaban la tierra, como el topo, escarbando a su alrededor y formando montecillos. El ágil ciervo sacaba de debajo del suelo la enramada de su cabeza, y Behemot[88], el más voluminoso engendro de la tierra, podía apenas desembarazar de la que le cubría su pesada mole. Balando y vestidas de sus vellones, despuntaban, a manera de plantas, las ovejas; y entre el agua y la tierra se mostraban indecisos el caballo acuático y el escamoso cocodrilo.