Y se asemeja a una flotante playa...
En las orillas de las aguas salen bandadas de avecillas.
Estableciéndose y viviendo en parejas entre los árboles.
»Bullía a la vez todo cuanto se arrastra por la tierra, insectos o gusanillos, los unos agitando los flexibles abanicos de sus alas y decorando sus diminutos contornos con los pomposos blasones del estío, esmaltados de oro y de púrpura, de verde y azul; los otros prolongando como una línea su estrecho cuerpo, y marcando en la tierra su sinuosa huella; y no son estos los seres más pequeños de la naturaleza. Algunos, de la especie de las serpientes, prodigiosos por su longitud y corpulencia, enroscan sus pliegues anulosos y se añaden alas. Es la primera la económica hormiga, próvida de lo futuro, que en un pequeñísimo pecho encierra un gran corazón, modelo quizá de la perfecta igualdad de algún día, y que logra establecer en común sus populares tribus. Aparece en seguida el enjambre de la abeja hembra, que alimentando con delicioso manjar a su holgazán esposo, construye de cera sus celdillas y deposita la miel en ellas. Los demás son innumerables. Conoces la naturaleza de cada uno, los nombres que tú mismo les has dado, y no tengo necesidad de repetírtelos. Conoces asimismo a la serpiente, el animal más astuto de cuantos se crían en los campos, de desmedida longitud a veces, con sus ojos de bronce, y la terrible cresta que lleva por cabellera, aunque lejos de serte a ti nociva, se somete dócilmente a tu voluntad.
»Mostrábanse ya en la plenitud de su esplendor los cielos y giraban movidos por el impulso que les comunicó al principio la mano de su gran Motor; ricamente ataviada se sonreía la tierra, contemplándose ya perfecta; veíanse poblados el aire, el agua, la tierra, por las aves, peces y animales, que volaban, nadaban y caminaban; y sin embargo no estaba aún completo el sexto día. Faltaba la obra maestra, el ser para quien todo aquello se había creado, la criatura que sin encorvarse, sin ser bruto como las demás, dotada de la santidad de la razón, pudiese erguir su cuerpo, alzar su frente serena, avasallarlo todo y conocerse a sí mismo; pudiese elevarse magnánimo para desde aquí comunicar con el cielo sus pensamientos, y lleno de gratitud, reconocer la fuente de donde todo su bien emana, y con espíritu devoto, dirigir su corazón, su voz y sus miradas, adorando y tributando culto al Supremo Dios, que hizo de él la primera de sus obras. Por lo que el Omnipotente y Eterno Padre (que ¿dónde deja de estar presente?) habló así a su Hijo, siendo oído de todo el mundo:
«Hagamos ahora al Hombre a nuestra imagen y semejanza; y que reine sobre los peces del mar y los pájaros del aire, sobre las bestias del campo, sobre la tierra, en fin, y los reptiles que se arrastran por el suelo.»
»Y esto dicho, te formo a ti, Adán, a ti, Hombre, polvo de la tierra, e inspiró en tu aliento el soplo de la vida, y te creó a su propia imagen, a imagen del mismo Dios, y quedaste hecho alma viviente. Te creó varón, y para perpetuar tu raza, creó hembra a tu compañera. Y bendijo al género humano, diciendo: «Creced, multiplicaos y llenad la tierra. Dominadla, y extended vuestro dominio sobre los peces del mar y los pájaros del aire, y sobre todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra, donde quiera que hayan sido creados, pues no se ha dado aún nombre a región alguna.» En seguida, como sabes, te trasladó a esta deliciosa morada, a este jardín plantado con los árboles de Dios, no menos gratos a la vista que al paladar, y liberalmente te concedió todos sus sabrosos frutos por alimento. Aquí están reunidos en infinita variedad cuantas especies hay de ellos sobre la tierra; pero del árbol cuyo fruto lleva en sí el conocimiento del bien y el mal debes abstenerte, porque el día que comas de él morirás; la pena que tienes impuesta es la muerte. Sé cauto, y enfrena cuidadosamente tu apetito, para que no te sorprenda el pecado, ni su negra compañera, la muerte.