»Aquí terminó Dios su obra, y contempló todo lo que había hecho, y vio que todo era perfectamente bueno; y así la noche y la mañana completaron el sexto día; y el Creador, que cesó en su obra, no porque estuviese cansado, regresó a su mansión sublime, al cielo de los cielos, a lo más alto, para ver desde allí aquel mundo nuevamente creado, aditamento de su imperio, y qué aspecto ofrecía desde su trono, y cómo en bondad y en hermosura correspondía todo a su grandiosa idea. Y se remontó entre universales aclamaciones, al sonoro compás de diez mil arpas que rompieron en angélicas armonías: la tierra y los aires las repitieron (y tú las recordarás, pues las escuchaste); los cielos y las constelaciones todas se hicieron sus ecos, y los planetas detuvieron su curso para oírlas, mientras la brillante pompa seguía ascendiendo, extática de júbilo.
«¡Abríos, eternales puertas!» iban cantando: «Cielos, abrid vuestras vivientes puertas, y entrará el Creador glorioso, que vuelve, terminada ya su obra magnífica, su obra de seis días, ¡el Mundo! Abríos de hoy más con frecuencia; que Dios se dignará de visitar a menudo la morada de los hombres justos, y se complacerá en ello, y enviará a ella con repetidos mensajes a sus alados nuncios, portadores de su suprema gracia.»
»Así en su ascensión cantaba el glorioso séquito; y atravesando los cielos, que abrían de par en par sus refulgentes puertas, caminaba el Creador derechamente a la eterna mansión de Dios: suntuoso y ancho camino, en que el polvo es oro y la calzada de estrellas, como las ves en la galaxia o vía láctea que descubres por la noche, a la manera de una zona tachonada de estrellas.
»Extendíase entonces por la tierra del Edén la noche séptima, pues el Sol estaba en su ocaso, y asomaba por oriente el crepúsculo precursor de la oscuridad, cuando llegó a la santa montaña, suprema cumbre del cielo, trono imperial de la Divinidad, por siempre firme e incontrastable, el poderoso Hijo, y tomó asiento con su augusto Padre. Él también había asistido invisible, aunque sin moverse (que tal es el privilegio de la Omnipotencia) a la ordenada obra, como principio y fin de todas las cosas; y reposando del trabajo, bendijo y santificó el día séptimo, como quien en él descansaba de todo lo hecho; pero no lo santificó en silencio: el arpa cumplió su oficio, y no suspendió sus sones; el tubo dulce y solemne, el órgano con todas sus armonías, cuantos sonidos salen de la vibrante cuerda o el hilo de oro, acordaron sus suaves tonos, acompañados de voces, ya unísonas, ya contrapunteadas; y las nubes de incienso que se desprendían de los áureos incensarios, velaban la montaña toda. Celebraban la Creación y la obra de seis días.
«¡Grandes ¡oh Jehová! son tus obras, y tu poder infinito! ¿Qué pensamiento puede comprenderte, ni qué lengua expresar tu grandeza? Con más gloria vuelves ahora, que cuando volviste vencedor de los ángeles gigantes. Tus truenos aquel día mostraron tu poder; pero hoy eres Creador, y el crear es más que destruir lo creado. ¿Quién puede igualarse a ti, Omnipotente Rey, ni poner límites a tu imperio? Fácilmente debelaste la soberbia de los espíritus apóstatas, y aniquilaste su vano empeño: presumieron los impíos amenguar tu fuerza y apartar de ti los innumerables adoradores; pero el que intenta contrariar tu poder, labra su propia ruina, y solo consigue realzarlo más; que con sus mismas armas le castigas, y del exceso del mal haces un bien mayor. Testimonio es de todo, ese mundo, recién formado, ese otro cielo, no distante de las celestiales puertas, fundado a nuestra vista sobre el claro cristal, sobre el transparente mar, de extensión casi infinita, poblado de multitud de estrellas, cada una de las cuales sea quizás un mundo dispuesto para habitarse, aunque tú solo sepas en qué sazón. En medio se halla la mansión de los hombres, la tierra, con el océano inferior que la circuye, morada llena de encantos. ¡Dichosos una y mil veces los hombres y los hijos de los hombres, a quienes Dios tanto ha privilegiado creándolos a su imagen para que habiten en esos lugares, le rindan culto, y en recompensa dominen sobre todas sus obras, sobre la tierra, la mar y el aire, y multipliquen la raza de sus santos y justos adoradores! ¡Mil veces dichosos, si comprenden su ventura y perseveran en la virtud!»
»Esto cantaban, resonando por todo el Empíreo las voces de ¡aleluya! Y así fue solemnizado el sábado.
»Creo haberte satisfecho ya en lo que deseabas. Sabes cómo empezó este mundo, el origen de cuanto en él existe, y lo que desde el principio se hizo anterior a tu memoria, para que la posteridad, informada por ti, tenga de todo conocimiento. Si más pretendes saber, con tal que no exceda a la humana capacidad, manifiéstalo.»
LIBRO OCTAVO
ARGUMENTO