Adán hace algunas preguntas sobre los movimientos celestes, a las que contesta el Ángel con palabras dudosas, aconsejándole que procure informarse de cosas más dignas de saberse. Persuádese de ello Adán; pero deseoso de tener a Rafael más tiempo consigo, le refiere todo lo que recuerda su memoria desde que fue creado, y cómo entró en el Paraíso; su conferencia con Dios respecto a la soledad y a la compañía que pudiera convenirle; su primer encuentro y su desposorio con Eva; y prosigue discurriendo sobre este punto con el Ángel que después de hacerle algunas amonestaciones, regresa al cielo.
Suspendió el Ángel su relato, y tan dulce impresión dejaron sus palabras en los oídos de Adán, que por algún tiempo, creyendo estarle oyendo todavía, permaneció inmóvil y atento; hasta que por fin, como quien de pronto vuelve en sí, le dijo en tono de agradecido:
«¿Cómo podré mostrar el debido reconocimiento ni corresponder a la merced que me has dispensado, divino historiador, satisfaciendo cumplidamente el anhelo que tenía de instruirme, y llevando tu amistosa condescendencia hasta el punto de revelarme cosas que jamás hubiera podido adivinar? Con asombro, pero con gran deleite, las he escuchado, y atribuyo al Sumo Hacedor toda su gloria, como es debido. Quédanme, sin embargo, algunas dudas que únicamente tú puedes resolver; porque cuando contemplo esta admirable fábrica, este mundo compuesto de cielo y tierra, y calculo su magnitud, la tierra me parece un grano de arena, un átomo, comparada con el firmamento y todos sus numerosos astros, y que estos recorren espacios incomprensibles, de lo cual son prueba su distancia y su breve reaparición diurna. Pero ¿es posible que no tengan otro oficio que difundir la luz alrededor de esta opaca tierra, de este diminuto globo, formando el día y la noche, y que su vasta carrera atienda a objeto tan poco útil? Cuando en esto pienso, me maravillo de que la Naturaleza, tan próvida y sabia, incurra en semejantes desproporciones; que con tan pródiga mano haya creado y multiplicado esos sublimes cuerpos, sin otro fin, al parecer, y que les imponga tan incesante revolución, que se repite día por día; mientras la sedentaria tierra, que hubiera podido moverse en círculo más estrecho, servida por seres más nobles que ella, realiza su destino sin tanta agitación, y recibe el calor y la luz como un tributo que le presta el incalculable curso de una velocidad que no puede apreciarse, ni hay números que puedan expresarla.»
Habló nuestro padre así, y en su aspecto indicaba estar entregado a profundas reflexiones; lo cual advertido por Eva, que, aunque un tanto apartada, se hallaba allí presente, se levantó de su asiento con humilde majestad y con una gracia que inspiraba al que la veía deseos de que permaneciese en aquel lugar, y se dirigió a visitar los frutos y las flores, para ver cómo prosperaban sus tiernas y pomposas plantas; y ellas se abrieron al sentir que se acercaba, y crecieron regocijadas al contacto de su hermosa mano. Mas no se retiró disgustada del discurso que había escuchado, ni porque su inteligencia fuese inferior a tan sublimes cosas, sino por reservarse el placer de que Adán se las repitiese, y de ser ella su solo oyente. Prefería oírlas de boca de su esposo más que de la del Ángel, y dirigirle a él sus preguntas, porque estaba segura de que este añadiría interesantes digresiones, y de que sus conyugales caricias allanarían cuantas dificultades se le ocurrieran; que de sus labios salía otro encanto tan dulce como el de sus palabras. ¡Oh! ¿dónde hallaríamos hoy semejante consorcio, unido por el amor y el recíproco respeto? Retirose pues con la dignidad de una diosa, y no sin el correspondiente séquito; que en su compañía iban las gracias seductoras rodeándola como a una reina, brotando en torno y de todos los ojos destellos del deseo que de continuo incitaba a contemplarla.
A las dudas propuestas por Adán, respondió Rafael con ingenua benevolencia: «No censuro tu anhelo de saber, que el cielo es como el libro de Dios abierto ante tus ojos, en el cual puedes leer sus obras maravillosas y aprender a distinguir estaciones, horas, días, meses y años. Que sea el cielo el que se mueve, o la tierra, te importa poco, con tal que tus cálculos sean exactos; lo demás, sabiamente ha hecho el supremo Artífice en encubrirlo tanto al hombre como al ángel, no divulgando secretos que son para admirados más bien que para escudriñarse. A los que gustan de desvanecerse en conjeturas, deja Dios que se pierdan en fútiles cuestiones sobre la máquina de los cielos, quizá para burlarse de sus vanas sutilezas; y cuando pretendan estudiar el cielo y someter a cálculo las estrellas ¡qué no inventarán para ajustarlo todo a una forma! Construyendo unas veces y destruyendo otras, se esforzarán en salvar las apariencias, y rodearán la esfera de curvas concéntricas y excéntricas, con sus ciclos y epiciclos y sus orbes colocados unos dentro de otros. Esto he colegido yo de tus razonamientos, y en esto te seguirán tus descendientes. Supones que los cuerpos mayores y más luminosos no pueden estar subordinados a los más pequeños y opacos, ni los cielos girar en tan inmenso espacio, mientras la tierra, tranquilamente asentada, es la única que goza de su tributo; mas considera, en primer lugar, que ni la magnitud ni la lucidez son indicios de excelencia, porque, si bien en comparación del cielo, es la tierra tan pequeña y no ostenta fulgor alguno, puede poseer riquezas de más cuantía y más preciadas que el Sol, el cual brilla, pero estéril, y cuya virtud es tan ineficaz para él cuanto fructuosa para la tierra. Ella es la primera que recibe sus rayos, que de otra suerte serían inútiles, la que se alimenta de su vigor; y todas esas espléndidas luminarias no se han hecho para la tierra, sino para ti, morador terrestre. En cuanto a la vasta redondez del cielo, sobrado alto proclama la magnificencia del Hacedor, que ensanchó tanto su recinto para que el Hombre comprenda que no habita en mansión propia, edificio por demás anchuroso para él, del cual solo ocupa una pequeña parte y el resto está destinado a usos que únicamente el Señor conoce. La rapidez de esos círculos, por más que sean innumerables, debes atribuirla a su Omnipotencia, que añade a sus sustancias corpóreas una actividad casi espiritual. ¿Qué te diré yo de la velocidad con que camino? Partí del cielo en que Dios reside al rayar el alba, y antes de mediodía he llegado al Edén, salvando una distancia que no hay guarismos conocidos con que se indique. Discurro de este modo, admitiendo el movimiento de los cielos, para mostrarte cuán débiles son los fundamentos de tus dudas; pero no lo afirmo, aunque desde la tierra en que vives parezca así. Dios ha puesto los cielos tan distantes de la tierra, para que no penetre en sus vías el sentido humano, y para que si los ojos terrestres pretenden alzarse tanto, se pierdan en inútiles esfuerzos por aquellas altas regiones.
»Mas ¿y si el sol es el centro del Universo, y otros astros incitados por su fuerza atractiva y la suya propia, giran en torno de él describiendo varios círculos? Seis de ellos te lo hacen ver en su curso errante, elevándose unas veces, descendiendo otras, adelantándose, retrocediendo o permaneciendo inmóviles. ¿Y si el séptimo de esos planetas, la tierra, que aparece estable, participase a la vez de tres movimientos imperceptibles, que por otra parte debieran atribuirse a diferentes esferas obrando en sentido contrario y cruzándose oblicuamente? O eximes de semejante faena al Sol, o supones inalterable a ese veloz rombo, que no ves de día ni de noche, que haces superior a todas las estrellas y semejante a una rueda que gira sin cesar; creencia de que puedes prescindir, si la tierra, industriosa de suyo, busca el día encaminándose al oriente, y si por la parte privada de los rayos del sol halla la noche, reflejando la claridad de la luz en su hemisferio opuesto. Y ¿qué diremos si esa misma luz enviada por la tierra a través de la atmósfera transparente, fuese como la de un astro para el globo terrestre de la luna, que la iluminase de día, y a su vez fuese iluminada por ella durante la noche? La influencia sería totalmente recíproca siendo cierto que la luna contenga campos y aun habitantes: las manchas que ves en ella semejan nubes; las nubes pueden resolverse en lluvia, y esta producir en su jugoso suelo frutos que den alimento a los seres allí nacidos. Un día quizás descubrirás nuevos soles que lleven en pos sus lunas, y se transmitan su luz masculina y femenina; sexos ambos que animan el universo, y que pueden difundir la vida en cada uno de los orbes donde residen. Que esparcidos por el vasto imperio de la naturaleza, privados de seres vivientes, yermos y desiertos, estén limitados estos cuerpos a ostentar su luz, y apenas envíen un destello de ella a los demás orbes, atraídos desde tan lejos hacia la región habitable, que recibe de los mismos su esplendor, será asunto de eterna controversia. Pero que estas opiniones sean o no fundadas; que el sol, predominante en los cielos, influya sobre la tierra, o la tierra sobre el sol; que él dé en el oriente principio a su inflamado curso, o ella emprenda su silencioso camino desde el occidente, adelantando lenta sus inofensivos pasos, y gire sobre su fácil eje, conduciéndote sin sentir con su apacible aire; ideas son con que no debes atormentar tu pensamiento: deja estos secretos a la sabiduría de Dios; pon tu celo en servirle y en temerle. Que disponga Él de sus criaturas, donde quiera que estén, según le plazca; y tú goza de los bienes que te ha otorgado, de este Paraíso y tu hermosa Eva. El Cielo está muy sobre ti para que puedas averiguar lo que acaece en él. Sé humilde en tu ciencia; cuida solamente de ti y de lo que te concierne; no sueñes en otros mundos, ni en las criaturas que puedan morar en ellos, o en su estado, condición y clase; y conténtate con cuanto te ha sido revelado, no solo respecto a la tierra, sino al más elevado cielo.»
A lo que, aclaradas ya sus dudas, respondió Adán: «Me has satisfecho plenamente ¡oh pura inteligencia del Cielo, benigno Ángel! Me has librado de incertidumbres, mostrándome el camino más llano de la vida, y enseñándome a no acibarar las dulzuras de mi existencia, que Dios ha preservado de angustiosos cuidados y pesares, siempre que nosotros renunciemos a quiméricos pensamientos y nociones vanas. Pero el espíritu o la imaginación propenden a lanzarse libres de todo freno en errores interminables, hasta que desengañados o aleccionados por la experiencia, se persuaden de que no consiste el verdadero saber en el profundo conocimiento de cosas inútiles, abstractas e incomprensibles, sino el de todo aquello que está a nuestros alcances y de que hacemos uso todos los días de nuestra vida: lo demás es humo, vanidad, locura, que hace impracticable, que frustra lo que más debe interesarnos, y que empeña más y más nuestra ansiosa solicitud. Descendamos pues de la altura en que nos hallábamos, y tratemos de asuntos más humildes y provechosos; así tendré ocasión de acertar a dirigirte preguntas que no te parezcan inoportunas, y a que te dignarás replicar benévolamente, favoreciéndome como hasta ahora.
»Te he oído referir todo lo que es anterior a mis recuerdos; permíteme que a mi vez te refiera yo mi historia, que tal vez te sea desconocida. El día no declina aún, y aprovecharé, como ves, lo que resta en idear algún recurso con que entretenerte, invitándote a que oigas mi narración. Sería una insensatez el creer que no he de merecerte respuesta alguna, porque mientras estoy a tu lado, me parece hallarme en el cielo. Tus palabras son a mis oídos más dulces que grato es el fruto de la palmera para aplacar el hambre y la sed, a la hora de la comida, después del trabajo; que aquel, aunque sabroso, al fin llega a cansar y produce hartura; pero tus palabras, dictadas por la divina gracia, jamás hastían.»
Y le contestó Rafael con celestial agrado: «Tampoco tus labios, padre de los hombres, carecen de gracia, ni tu lengua de elocuencia. Dios te ha prodigado interior y exteriormente sus dones, haciéndote imagen suya, y bien hablando, bien permaneciendo en silencio, muestras esa gentileza y bella disposición que acompaña a todas tus palabras y movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro compañero de servicio en la tierra, y nos complacemos en observar las miras de Dios con respecto al Hombre, porque vemos cuánto te ha honrado, igualándote en el amor con que nos mira a nosotros. Di, pues, cuanto te plazca. Sucedió que aquel día estaba yo ausente, ocupado en un viaje arduo y penoso para hacer una larga excursión a las puertas del infierno. Iba una legión numerosa, según se nos había mandado, con el fin de vigilar todos los pasos e impedir que saliesen espías de los enemigos mientras el Señor estaba en su obra, no fuese que indignado de tal temeridad, destruyese lo que había creado; pues bien que nada pudiesen ellos intentar sin su consentimiento, quiso, como supremo monarca, enviarnos a cumplir sus altos mandatos y probar la prontitud de nuestra obediencia. Llegamos en breve; encontramos cerradas y fuertemente barreadas las pavorosas puertas; pero antes de aproximarnos, oímos dentro un rumor que en nada se parecía a los armónicos sones de los cánticos ni las danzas, sino a los gritos de los tormentos, de las lamentaciones y de la furiosa rabia. Volvímonos alegres a las colinas limítrofes de la luz antes que anocheciese el sábado, así como se nos había ordenado. Pero comienza ya tu relato, el cual escucharé con el mismo gusto que tú has escuchado el mío.»
Esto dijo el divino Nuncio; y prosiguió así nuestro primer padre: «Difícil le es al Hombre decir cómo empezó su vida, porque ¿quién conoce su verdadero origen? Pero el deseo de seguir conversando contigo me animará a hacerlo. Cual si nuevamente despertase del más profundo sueño, me hallé muellemente recostado sobre la florida yerba; y cubierto de un balsámico sudor, que tardaron poco en enjugar los rayos del Sol, absorbí aquellos húmedos vapores. Volví en seguida hacia el cielo mis ojos asombrados, y estuve un rato contemplando el espacioso firmamento; hasta que levantándome de pronto por un movimiento instintivo, salté como esforzándome en llegar a él, y me hallé derecho sobre mis pies, que me sostenían. Alrededor vi colinas y valles, umbrosos bosques, llanuras bañadas de sol, líquidos arroyuelos que murmurando se deslizaban, y por do quiera criaturas que vivían y se movían, que andaban o volaban, y aves que gorjeaban entre el ramaje. Todo se mostraba risueño, y mi corazón estaba inundado en fragancia y en alegría.