»Reparé entonces en mí mismo, examiné todos mis miembros, di algunos pasos, y me determiné a correr, valiéndome de mis sueltas articulaciones, e impelido por la vigorosa fuerza que en mí sentía; pero ¿quién era yo, dónde estaba, por qué existía? De nada tenía noticia. Probé a hablar, y hablé sin dificultad, prestándose a ello mi lengua, y poniendo nombre a cuanto veía; y exclamé: «¡Oh Sol, claridad hermosa, y tú, Tierra, que recibes su luz y que tan lozana te ostentas y tan risueña: montes y valles, ríos, bosques y llanuras: y vosotros los que gozáis de vida y de movimiento, bellísimas criaturas! Decidme, decidme, si lo sabéis, de dónde procedo y cómo me encuentro aquí. No procedo de mí mismo, sino seguramente de un gran Hacedor, tan grande por su bondad como por su poder. Decidme cómo he de conocerle, cómo podré adorarle, pues por él gozo de movimiento y vida, y me siento más feliz de lo que yo mismo puedo comprender.»

»Y mientras hablaba así, me encaminé sin saber adónde, lejos del sitio donde por vez primera respiré el aire y contemplé esa encantadora luz; y como nadie me respondiese, me senté pensativo en un verde y sombrío ribazo, bordado todo de flores. Por primera vez también me asaltó el delicioso sueño, que con dulce opresión y sin alarmarme embargó mis sentidos, bien que temí volver a la insensibilidad de mi primer estado, y disolverme repentinamente. Mas en el mismo punto se apoderó de mi mente un sueño, cuya agradable representación vino a hacerme creer que gozaba aún de mi ser, que vivía aún; y figuróseme que llegaba allí alguien de divino aspecto, y que me decía: «Adán, tu mansión te llama; levántate, Hombre, destinado a ser el primer padre de innumerables hombres. Vengo, llamado por ti, para conducirte al delicioso jardín donde tienes dispuesta tu morada.» Esto diciendo, me asió de la mano, y deslizando por el aire sin dar paso alguno, me transportó por encima de los campos y de las aguas a una selvosa montaña, cuya cima era una llanura, ancho recinto cercado de hermosísimos árboles, de calles y de bosques; que de cuanto hasta entonces había visto en la tierra, nada apenas me parecía tan agradable. Los frutos que en extremada abundancia pendían de cada árbol, incitaban primero a los ojos y encendían después el apetito en deseo de cogerlos y de gustarlos; y en esto desperté, y vi que era realidad lo que con tal viveza el sueño me había pintado. De nuevo hubiera emprendido mi carrera, a no habérseme aparecido entre los árboles la divina presencia del que en aquel lugar me servía de guía; y lleno de júbilo, pero con respetuoso temor, me prosterné ante sus plantas para adorarle.

»Hízome levantar, y con la mayor dulzura me dijo: «Yo soy el mismo que buscas, el autor de cuanto ves encima, debajo y alrededor de ti. Te hago dueño de este Paraíso; tenle por tuyo para cultivarle, guardarle y sustentarte de sus frutos. De todos los árboles que en este jardín crecen, come libremente y con corazón alegre; no padezcas necesidad; pero del que lleva en sí el conocimiento del bien y del mal, que he plantado en medio del jardín, junto al árbol de la vida, y para prueba de tu obediencia y fidelidad (no olvides jamás este precepto), guárdate de gustar, y evita sus funestas consecuencias. Sabe que el día que comas de él y quebrantes el único mandato que te impongo, morirás infaliblemente, serás mortal desde entonces, perderás tu presente felicidad, y expulsado de aquí, irás a un mundo de desdichas y penalidades.»

»El severo tono con que pronunció esta rigurosa prohibición resuena aún con terrible eco en mis oídos, dado que está en mi mano no incurrir en semejante pena; mas en seguida cobró su risueño aspecto, y prosiguió hablándome en estos afectuosos términos: «No solo este encantador recinto, sino la tierra toda te doy a ti y a tu descendencia. Poseedla como dueños, con todo lo que vive en ella, en el agua y en el aire, animales, peces y aves; en testimonio de lo cual, he ahí a los pájaros y cuadrúpedos según la especie de cada uno: te los presento para que les impongas sus nombres, y para que con la más sumisa obediencia te rindan homenaje; y lo propio has de entender de los peces, que residen dentro del agua, y no comparecen aquí porque no pueden abandonar su elemento ni respirar este aire, sutil para ellos en demasía.» Y mientras así se expresaba, fueron de dos en dos acercándose a mí las aves y los animales, postrándoseme estos con mansos halagos, y aquellas descendiendo, sostenidas en sus alas. Íbales dando nombre a medida que pasaban, e instruyéndome en su naturaleza, que de tal penetración me había dotado Dios en aquel momento; pero en ninguna de aquellas criaturas hallaba lo que parecía aún faltarme; y así me atreví a preguntar a la celeste visión:

«Y a ti ¿cómo te llamaré? Porque tú eres superior a todos estos, superior al Hombre, a todo lo que es más que el Hombre, y a cuanto pudiera yo nombrar. ¿Cómo podré adorarte, autor de este Universo y de todo lo que es un bien para el Hombre, cuya felicidad has labrado tan sin medida, disponiéndolo todo para este fin? Pero nadie participa conmigo de tan gran ventura. ¿Qué dicha hay en la soledad? ¿Qué goce es el que se disfruta a solas? Y aún gozando así de todo ¿cómo puede uno satisfacerse?»

»La presuntuosa resolución con que dijo esto sugirió a mi celeste visión una sonrisa que realzó su majestad; y añadió: «¿Qué entiendes por soledad? ¿No están la tierra y el aire poblados de criaturas vivientes, que dóciles a tu voluntad, se muestran contentos con tu presencia? ¿No comprendes su lenguaje y sus instintos? También alcanzan ellos una inteligencia y una razón que no son de despreciar. Recréate con ellos, trátalos como soberano dueño de un vasto imperio.»

»Estas palabras del universal Señor me parecieron un mandato; y en tono suplicante, como quien demanda indulgencia, repuse: «¡Que no te ofendan mis palabras, Señor Omnipotente y Hacedor mío! ¡Préstame benignos oídos! ¿No te has dignado hacerme aquí tu representante, y disponer que sean inferiores a mí todas estas criaturas? Pues ¿qué sociedad, qué armonía, qué verdadero placer puede ser común a los que no se consideran entre sí iguales? No hay mutualidad de afecto, si no se da y se recibe en la proporción debida, porque en la desigualdad que eleva a unos y rebaja a otros, no puede existir perfecto acuerdo y se establece pronto recíproco desvío. Hablo de la sociedad tal como yo la desearía, en que los placeres razonables han de ser comunes, y no pueden serlo en el consorcio del bruto con el hombre. Cada cual busca solaz en los de su especie, como el león en la compañía de la leona, y por eso tú mismo los has unido en parejas; que no solo es imposible que se entiendan el pájaro y la fiera, o el pez y el ave, mas ni siquiera el simio con el buey, y menos el hombre con el bruto, por ser esto lo más difícil.»

A lo cual, sin manifestar desagrado, respondió el Todopoderoso: «Veo, Adán, que quieres procurarte una felicidad perfecta y pura en la elección de tus asociados, y que no hallarás placer, con encontrarte rodeado de tantos goces, viéndote solitario. ¿Qué juzgas de mí y de mi actual estado? ¿Crees que yo soy completamente feliz o no? Solo estoy toda una eternidad; no reconozco segundo ni semejante, y mucho menos igual: ¿con quién, pues, he de comunicarme, sino con los que son hechura mía; inferiores a mí, e infinitamente inferiores a lo que respecto a ti son las demás criaturas?»

»A esta pregunta respondí humildemente: «Soberano del mundo, para concebir la alteza o profundidad de tus eternos designios ¡qué limitado es el alcance humano! Tú eres perfecto por ti mismo, y en ti no cabe la menor falta. No es así el Hombre, que se perfecciona gradualmente con el deseo de asociarse a sus semejantes para hacer más llevaderos o mejorar sus defectos. Ni en ti hay la necesidad de reproducirte, siendo infinito como eres y, aunque uno, cabal en número. El número es lo que manifiesta en el Hombre su imperfección individual, y así debe producir el semejante de su semejante, y para multiplicar su imagen, imperfecta en la unidad, necesita de un amor mutuo, de una compañía querida; pero tú, aunque solo en tu recóndito alcázar, no has menester mejor acompañamiento que tú mismo; no buscas otra sociedad; y si tal quisieses, sublimarías a una de tus criaturas hasta unirla o ponerla en comunicación contigo, hasta divinizarla; mientras que yo no puedo levantar al que se arrastra por la tierra para conversar con él, ni hallar en su trato complacencia alguna.»

»Alentado por su bondad, hablele así, valiéndome del permiso que me otorgaba; Él acogió mi indicación, replicando con su graciosa y divina voz: «Me he complacido hasta ahora en probarte, Adán, y advierto que no solo conoces a los animales, pues has dado a cada cual adecuado nombre, sino que te conoces a ti mismo. Bien descubres el libre espíritu que en tu interior he puesto, la imagen mía, que no he concedido a los brutos, por lo cual no puedes igualarte a ellos. Razón tienes en considerar extraña su sociedad, y piensa siempre del mismo modo. Antes de oírte, sabía que no era conveniente al hombre la soledad; mas la compañía que entonces viste no es la que te destino; te la mostré únicamente para probar si juzgabas bien de tu conveniencia y de lo que es justo. Lo que ahora te presentaré ha de agradarte seguramente; será una semejanza tuya, un sostén a propósito para ti, un segundo tú, exactamente igual a lo que anhela tu corazón.»