»Calló al decir esto, o yo no le oí decir más, porque rendida mi naturaleza terrestre a aquella virtud divina, que por tanto tiempo me había tenido remontado a la excelsa altura de su celestial coloquio, como deslumbrado y oprimido por una fuerza que embarga los sentidos, no pudiendo vencer mi languidez, recurrí al alivio del sueño, y este acudió al instante, traído en mi auxilio por la naturaleza, y cerró mis párpados, pero dejó clara mi vista interior, la luz de mi fantasía; y arrebatado, como en un éxtasis, me pareció percibir, aunque dormido, el mismo glorioso ser que había tenido despierto ante mis ojos; y vi que descendía hasta mí, y que me abría el costado izquierdo y sacaba de él una costilla teñida toda en sangre del corazón, principio y savia de la existencia. La herida era profunda, mas de repente se cubrió de carne nueva y quedó sanada.
»Dispuso la visión creadora y modeló la costilla con sus manos, y de ellas salió una criatura semejante al Hombre, pero de diferente sexo, y tan en extremo hermosa, que cuanto en el mundo me había parecido bello, dejé de verlo tal desde aquel instante, o más bien lo contemplé cifrado en ella y en el encanto de sus ojos; los cuales llenaron mi corazón de un suave deleite que antes no había sentido, y esparcieron en todo cuanto la rodeaba el espíritu del amor y el más delicioso anhelo. A poco desapareció, privándome de su luz, y desperté, y corrí en su busca, resuelto a hallarla, o a lamentar su pérdida para siempre y renunciar a toda otra felicidad. Y cuando menor era mi esperanza, hela nuevamente a corto trecho de allí, conforme se me había en el sueño aparecido, revestida de todas las seducciones que tierra y cielo podían juntar para hacer su beldad más interesante. Llegose a mí llevada por su creador celestial, que aunque invisible, con su voz la dirigía, habiéndola impuesto ya en los deberes de la santidad nupcial y en los ritos del matrimonio. La gracia acompañaba sus pasos, el cielo reverberaba en sus ojos, y la dignidad y el amor presidían todos sus movimientos. Enajenado de júbilo, no pude menos de exclamar así:
«Esta vez colmas mis deseos. Cumpliste ya tu promesa, bondadoso Señor, dispensador de todos los bienes, y de este en especial, el mayor don que has podido hacerme. ¿Cómo no me lo envidias? Ya veo el hueso de mis huesos, la carne de mi carne: en ella me veo a mí. Mujer es su nombre; del Hombre ha sido sacada; y por esta causa el Hombre dejará a su padre y a su madre para unirse con su mujer; y ambos serán una misma carne, un mismo corazón y una sola alma.»
»Ella me oyó; y aunque impulsada hacia mí por una fuerza divina, la inocencia, el pudor virginal, su virtud, la conciencia de su dignidad, que ha de ser requerida antes que conquistada, que no es fácil ni espontánea, sino retraída y cauta, para que su incentivo sea mayor, en suma, la naturaleza, bien que exenta de todo pensamiento pecaminoso, tan poderosamente obró en ella, que al verme se retiró. Yo la seguí; ella, poseída del sentimiento del honor, con majestuosa condescendencia aprobó la demostración de mi solicitud; y la conduje al lecho nupcial, arrebolado su rostro con el carmín de la aurora. Los cielos todos, las favorables constelaciones marcaron aquella hora con su más benigna influencia; congratulose la tierra; estremeciéronse de gozo sus colinas; las aves gorjearon alborozadas, y el fresco ambiente y los bullidores céfiros difundieron la nueva entre los bosques, derramando sus alas las rosas y perfumes que habían libado en las aromáticas florestas; hasta que la enamorada avecilla de la noche cantó aquel himeneo, y dio priesa a la estrella de la tarde para que iluminando la cima de su colina, encendiese la nupcial antorcha.
»Te he dicho pues lo que pasó por mí: mi historia te hará ver la felicidad terrestre de que disfruto. Confieso que todo me causa placer aquí, pero un placer que, anhelado o involuntario, ni excita en mí cambio alguno, ni produce mayor deseo, como me sucede con la delicada sensación que comunican a mi paladar, a mi vista y a mi olfato los frutos, las plantas y las flores, y lo agradables que me son el paseo y el melodioso cántico de las aves. Enajenado con cuanto veo, enajenado con cuanto toco, nada es, sin embargo, comparable con la pasión que experimenté por primera vez. ¡Qué conmoción tan extraña! En todos los demás goces me reconozco superior, dueño de mí mismo; en este solamente, en el poder fascinador que sobre mí ejerce el encanto de la belleza, cedo a la debilidad; y bien porque mi naturaleza no sea bastante fuerte para oponer resistencia a su seducción, bien porque en la merma de mi costado haya perdido más de lo necesario, es lo cierto que esa belleza tiene en sí demasiados atractivos, siendo en su exterioridad tan perfecta, aunque interiormente no lo sea tanto. No se me oculta que, atendido el fin primordial de la Naturaleza, la excelencia del espíritu y de las facultades internas, es evidente su inferioridad, y que aun considerada en sus formas, se asemeja menos a la imagen del Creador que nos hizo a entrambos, y no corresponde al sello de predominio que llevamos sobre las demás criaturas; pero cuando contemplo de cerca su beldad, me parece tan seductora, tan acabada en sí misma, que su menor deseo, su menor palabra juzgo que es lo más cuerdo, lo más virtuoso, lo más discreto y lo mejor que ocurrirse puede. La ciencia más sublime se da ante ella por vencida; el mejor razonamiento al lado del suyo queda desconcertado y acaba por parecerme un desvarío; síguenla ciegamente la autoridad y la razón, como si hubiera sido ella formada la primera, y no después que yo, y accidentalmente: en suma, y para decirlo de una vez, en ella moran y ejercen su supremo imperio la majestad del alma y la nobleza, que la rodean con la aureola del respeto, como custodios angelicales.»
A esto con severo semblante replicó el Ángel: «No acuses a la Naturaleza, que ha hecho cuanto en su mano estaba. Haz tú lo propio, y no desconfíes de la sabiduría, que no ha de abandonarte mientras tú no te apartes de ella en el momento de necesitarla más, y mientras no des exagerada importancia a lo que la merece menos, como por ti mismo lo puedes ver: porque ¿qué es lo que tanto admiras? ¿qué lo que de tal modo te enajena? La belleza es sin duda digna de tu afecto, de tu respeto y de tu amor, mas no de rendimiento tan absoluto. Compárate con ella, y estímate en lo que vales, que a veces nada es tan provechoso como esa estimación de sí mismo bien entendida y puesta en sus justos y razonables límites. Cuanto más procures conocerte a ti, más se persuadirá ella de tu superioridad, y menos se sobrepondrán a la realidad las apariencias. Dios la hizo seductora para que te inspirase mayor agrado, y al propio tiempo majestuosa para que la honrases con tu amor, que si no procede con cordura, tardará poco ella en comprenderlo. Pero cuando el deleite de los sentidos, que sirve para la propagación de la especie, absorbe todos los demás placeres, debe reflexionarse que ese mismo deleite se ha concedido a los irracionales, los cuales no participarían de él si fuese digno de avasallar el alma humana y de que preponderase en ella esta pasión. Sigue amando los encantos, la ternura, la discreción que hallas en tu compañera; ámala en este sentido, pero no con pasión, porque no consiste en ella el verdadero amor. El amor purifica el pensamiento y engrandece el corazón; lleva a la razón por guía; préciase de juicioso; sirve de escala para remontarse hasta el amor celeste, y no se mancha con el deleite de la carne: por esto no ha sido sacada tu compañera de entre las bestias irracionales.»
Al oír esto, repuso Adán medio avergonzado: «No es su extrema belleza, aun siendo tan seductora, ni el deseo de la procreación, común a todos los seres (pues tengo más alta idea del lecho nupcial, que miro con misterioso respeto), lo que me enamora en ella, sino la gracia impresa en todas sus acciones, los mil y mil donaires con que acompaña cuanto dice y cuanto hace, y su amorosa y dulce condescendencia; señales evidentes todas de la unión que reina en nuestras almas hasta hacer una sola de ambas, y de la armonía en que vivimos los dos esposos, más agradable que la del más armonioso son a nuestros oídos. No es esto lo que me subyuga (nada te oculto de lo que pasa en mí); no estoy ofuscado, porque mis sentidos perciben los objetos conforme a su variedad y a la influencia que ejerce cada uno; me conservo libre para dar la preferencia a lo mejor y para decidirme por lo que prefiero. Tú no me vedas que ame; al contrario, me dices que el amor nos sublima al cielo, y que es quien allá nos encamina y guía. Pues bien: permíteme que te pregunte ahora: ¿no aman los espíritus celestiales? Y ¿cómo expresan su amor? ¿Contemplándose únicamente, o por medio de una irradiación mutua, o de un contacto bien sea virtual, bien inmediato?»
A lo que con celestial semblante, que animaba el sonrosado carmín propio del amor, contestó sonriendo el Ángel: «Bástete saber que somos felices, y que sin amor no hay felicidad. Ese puro, aunque corpóreo deleite de que disfrutas, porque tú has sido creado puro, nosotros lo gozamos en sumo grado; no hallamos embarazo alguno en las partes de nuestro cuerpo. Si los espíritus se acercan, se confunden totalmente, más que el aire con el aire, aunándose la pureza de sus esencias, y no viéndose en la precisión de juntar la carne con la carne, y el alma con el alma. Y ya no puedo retrasarme más: el sol se aleja, trasponiendo el Cabo Verde de la tierra y las islas Hespérides[89], que es la señal de mi partida. Persevera en el bien, sé feliz, y ama; ama sobre todo a Aquel que cifra el amor en la obediencia, y no olvides su mandamiento. Cuida que la pasión no extravíe tu juicio, ni te induzca a hacer nada de lo que repugna a una voluntad libre. En tu mano tienes tu felicidad o desgracia y la de tus hijos; y así procede con gran cautela. En tu perseverancia nos complaceremos no solo yo, sino todos los bienaventurados. Mantente firme; que de conservarte en tu actual estado o para siempre perderlo, tú eres exclusivamente árbitro y responsable; y pues Dios te ha hecho perfecto cuanto es menester para que no necesites de ayuda extraña, rechaza toda tentación que te aleje de tu obediencia.»
Levantose el Ángel al decir esto, y Adán le despidió mostrándole su gratitud en estos términos: «Pues ya es forzosa tu ausencia, ve en paz, huésped celestial, divino nuncio de Aquel cuya soberana bondad adoro. ¡Cuán complaciente, cuán amoroso has estado para conmigo! El honor que me has dispensado te agradecerá siempre mi memoria. Sigue siendo el protector y amigo del género humano, y visítame con frecuencia.»
Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta, el Ángel volviendo al cielo, y Adán entrándose en su morada.