Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta...

LIBRO NONO


ARGUMENTO

Después de explorar Satán la tierra con la más maligna intención, vuelve de noche al Paraíso, introduciéndose en forma de vapor acuoso en el cuerpo de la Serpiente que yacía dormida. Salen Adán y Eva al amanecer para continuar su trabajo, el cual propone Eva que se divida, dirigiéndose cada cual a distinto punto; mas Adán no lo aprueba, alegando el peligro que podían correr, y temeroso de que el enemigo contra quien ya estaban prevenidos, no sedujese a Eva al hallarla sola. Picada ella de que no la creyese bastante cuerda o bastante fuerte, insiste en que se separen, deseando además dar pruebas de su firmeza. Cede por fin Adán; la Serpiente halla sola a su Esposa; acércase cautamente; empieza por contemplarla; le dirige la palabra, y con lisonjeros encarecimientos la declara muy superior a todas las demás criaturas. Admirada Eva de oír hablar a la Serpiente le pregunta cómo ha adquirido aquella facultad humana, y la inteligencia de que carecía antes; la Serpiente responde que habiendo probado el fruto de cierto árbol que allí existía, ha adquirido a un mismo tiempo la palabra y la razón, de que hasta entonces no había gozado. Ruégale Eva que la conduzca adonde está el árbol, y al verlo reconoce que es el de la ciencia prohibida; pero más alentada ya la Serpiente, la induce con mil instancias y artificios a que pruebe el fruto, y hallándolo de un sabor delicioso, reflexiona un momento si debe o no participárselo a Adán; pero al cabo va a presentárselo, y le refiere lo que la ha decidido a comer de él. Queda al pronto consternado Adán; pero considerando que su Esposa está perdida, resuelve, llevado de su vehemente amor, perecer con ella, y atenuando su falta, come también del mismo fruto. Efectos que ambos experimentan. Procuran encubrir su desnudez, y acaban por reconvenirse y acusarse mutuamente.

Cesen ya las pláticas que Dios o un ángel, huésped del Hombre, sostenían familiarmente con él, como con un amigo, dignándose de sentarse a su lado, de compartir con él su campestre mesa y de permitirle discurrir sencillamente sin mostrarse con él severo. Una trágica catástrofe sucederá a esta escena: insensata desconfianza, monstruosa infidelidad, desobediencia y rebelión por parte del Hombre; por parte de Dios, de tal manera olvidado, desvío y profundo disgusto, indignación, justísimo rigor y terrible sentencia, que trajo sobre el mundo un cúmulo de males, el pecado y la muerte que le acompaña, y la miseria precursora de la muerte: enojoso empeño, pero asunto no menos sublime y más heroico que la cólera del inexorable Aquiles persiguiendo a su enemigo tres veces fugitivo alrededor de las murallas de Troya[90], y que el furor de Turno al verse privado de Lavinia, su prometida esposa[91], y la ira de Neptuno[92] y de Juno, tan pertinaz contra los griegos y contra el hijo de Citerea. Y no me será difícil remontar mi canto a tal altura, si logro el auxilio de mi celeste protectora, que sin ser llamada acude a mí todas las noches, y me dicta entre sueños o me inspira fáciles rimas en que yo no había pensado.

Largo tiempo ha que por vez primera elegí este asunto para un canto heroico, pero comencé ya tarde. La naturaleza no me ha dado facilidad para pintar guerras que hasta aquí se han contemplado como el único argumento para la poesía heroica: ¡sublime aspiración realzar a fuerza de largos y repugnantes desastres, hazañas de fabulosos caballeros en batallas también supuestas, y no consagrar un solo canto a la verdadera fortaleza, a la paciencia y heroicidad de los mártires; describir evoluciones y juegos, vistosas empalizadas, escudos relumbrantes de empresas y blasones, bridones encubertados, arneses bordados de oro, y arrogantes jinetes entrando en las justas y en los torneos; y luego la suntuosidad de los banquetes, servidos en magníficos salones por numerosos pajes y escuderos; primores artificiosos y rutinarios, que no pueden dar justo y heroico renombre ni al autor ni a su poema! Pero a mí, que no he puesto mi arte ni mi estudio en estas cosas, se me ofrece argumento más sublime, bastante por sí solo a granjearme alta reputación, a no ser que la tardanza del tiempo, el hielo del clima o el de mis años entorpezcan mis ya rendidas alas; y no podría menos de suceder así, si esta obra fuese exclusivamente mía, y no del nocturno numen que sugiere sus cantos a mis oídos.

Hundíase el Sol en el océano, y con él desaparecía la estrella de Héspero, cuyo oficio es llevar el crepúsculo a la tierra, sirviendo de medianera entre el día y la noche. Del uno al otro extremo del hemisferio extendía esta su velo en torno del horizonte, a tiempo que Satán, a quien Gabriel había intimidado con sus amenazas y expulsado del Edén, más diestro ahora en su falacia y malignidad, y más ansioso de la perdición del Hombre, a pesar de que se exponía él también a mayor castigo, sin temor alguno resolvió penetrar de nuevo en aquellas regiones. Era de noche cuando emprendió el vuelo; a la mitad de ella había acabado de dar la vuelta a la tierra, porque evitaba el día, desde que Uriel, que regulaba el movimiento del Sol, le descubrió al entrar en el Edén y previno contra sus intentos a los querubines que lo guardaban. Así expulsado y poseído de mortal angustia, siete noches consecutivas anduvo rodando entre las tinieblas: tres veces recorrió la línea equinoccial, y cuatro, atravesando los coluros, cruzó por el carro de la noche de polo a polo. A la octava noche volvió al Paraíso[93], y en la parte opuesta a la que guardaban los querubines, descubrió una entrada furtiva, que ellos no conocían.