Así habló nuestro arrepentido padre, y Eva no manifestaba menores remordimientos. Encamináronse sin más tardanza al lugar en que habían sido juzgados, y se prosternaron reverentemente en su presencia. Allí confesaron con humildad sus culpas, imploraron perdón, bañaron con sus lágrimas la tierra, y prorrumpieron en profundos sollozos con corazones contritos, en señal de sincero arrepentimiento y de la más completa sumisión.
LIBRO UNDÉCIMO
ARGUMENTO
Trasmite el Hijo de Dios a su Padre las súplicas de los dos esposos, ya arrepentidos de su culpa, e intercede por ellos. Acepta Dios sus ruegos, pero declara que no pueden permanecer más tiempo en el Paraíso, y envía a Miguel con algunos querubines para que los expulsen de aquella mansión, y sobre todo para que revele a Adán los acontecimientos futuros. Llega Miguel a la tierra. Adán muestra a Eva ciertos signos siniestros; observa la llegada de Miguel, y le sale al encuentro. Anúnciale el Ángel su partida. Desconsuelo de Eva; Adán suplica, y acaba por obedecer. Condúcele el Ángel a la cima de una alta colina, y en una visión le representa lo que ha de suceder hasta el Diluvio.
En esta humilde actitud permanecieron arrepentidos y orando, porque descendiendo del trono de Dios misericordioso la gracia justificante, arrancó el endurecimiento de sus corazones, y puso en ellos una nueva carne regeneradora, que prorrumpía en ayes inexplicables, y que inspirada por el espíritu de la oración, se remontaba al cielo con vuelo más veloz que el de la elocuencia más sublime. No era, sin embargo, su aspecto de míseros suplicantes, ni parecía su ruego de menos interés que el de aquellos vetustos cónyuges de las antiguas fábulas, menos antiguas, sin embargo, que esta historia, Deucalión y la casta Pirra[125], cuando para reponer la anegada raza humana, se prosternaban devotos ante el santuario de Temis.
Remontáronse al cielo las súplicas de Adán y Eva, sin que los envidiosos vientos las apartaran o privaran de su camino; penetraron por las celestes puertas, como espirituales que eran[126]; y cubriéndolas el gran Intercesor con la nube de incienso que humeaba ante el altar de oro, llegaron ante el trono del Padre, donde las presentó el Hijo radiante de júbilo, dando principio a su intercesión en estos términos:
«Mira, Padre mío, los primeros frutos que en la tierra ha producido la gracia con que has animado al Hombre; los sollozos y ruegos que envueltos entre incienso te ofrezco en este incensario de oro, como sacerdote que soy tuyo; frutos cuya semilla echaste en el corazón de Adán a la par que el arrepentimiento, y de más grato sabor que los que sus manos cultivaban, que los que hubieran producido todos los árboles del Paraíso antes de quedar privado aquel de su inocencia. Presta ahora oído a sus súplicas, y atiende, aunque mudos, a sus suspiros; y pues ignora, al dirigirte su oración, de qué palabras ha de valerse, permíteme ser su intérprete, ya que soy su abogado y su víctima expiatoria. Refunde en mí sus obras buenas o malas, que mis méritos perfeccionarán las primeras, y con mi muerte redimiré las otras. Acéptame a mí, y recibe de esos desgraciados, cual si fuese mío, el anhelo de paz para la raza humana. Que por lo menos viva, reconciliado contigo el Hombre, los tristes días que le has concedido, hasta que la muerte a que está condenado, y que yo pido que se difiera, no que se revoque, le conduzca a mejor vida, en que todos los redimidos por mí participen de esta paz y bienaventuranza, identificados conmigo, como yo lo estoy contigo.»
A quien el Padre, no velado por nube alguna, respondió sereno:
«Todas tus peticiones acepto, amado Hijo, que todas eran otros tantos decretos míos; pero permanecer más tiempo en el Paraíso, no lo consiente la ley que he impuesto a la naturaleza. Esos puros e inmortales elementos extraños a toda combinación grosera, a toda mezcla inarmónica e impura, rechazan al Hombre, manchado ahora, y se apartan de él como de materia corrompida, para que según su nueva naturaleza se procure un alimento mortal y más propio de la disolución a que le ha traído su pecado, a consecuencia del cual se pervirtió desde luego todo, y se corrompió lo que de suyo era incorruptible. Creé al Hombre dotándole de dos dones perfectísimos, la felicidad y la inmortalidad: pero el insensato perdió la una, y la otra solo serviría para perpetuar sus males; por lo que recurrí a la muerte. La muerte, pues, viene a ser su postrer remedio, y después de una vida meritoria a fuerza de penosas tribulaciones, purificada por la fe y por los actos de la misma fe, resucitará el día de la renovación del justo a una nueva vida, elevándose triunfante al renovarse los cielos y la tierra. Convoquemos ahora el sínodo de todos los bienaventurados en los vastos términos del cielo. No quiero ocultarles mis juicios, sino que vean cómo procedo con el género humano, pues que vieron cómo procedí con los ángeles rebeldes; y así, aunque se conservan firmes, se afirmarán todavía más en su fidelidad.»