Calló, y a la señal que hizo el Hijo al brillante ministro que esperaba sus órdenes, este tocó su trompeta, la misma quizá que se oyó después en el Oreb cuando descendía Dios, y quizás también la misma que volverá a oírse en el juicio universal. Oyose al punto la voz del Ángel en todas las regiones, y desde sus venturosas moradas cubiertas de amaranto, desde sus fuentes y manantiales de vida, desde todos los puntos en que reposaban en un goce común, se apresuraron los hijos de la luz a acudir al supremo llamamiento; y todos ocuparon sus sedes, hasta que desde lo alto de su encumbrado trono manifestó así su soberana voluntad el Omnipotente:
«Hijos míos: el Hombre se ha hecho semejante a uno de nosotros y conocedor del bien y el mal desde que probó el fruto prohibido, pero ese conocimiento se limita al bien que ha perdido y al mal que se ha procurado. ¡Qué dichoso sería si se hubiera contentado con conocer el bien por sí mismo, y no tener del mal la menor idea! Al presente se aflige, se arrepiente y ora contrito; yo dirijo sus movimientos; pero más que estos movimientos conozco cuán variable y vano es su corazón entregado a sí mismo. Recelando pues que más adelante vuelva a llegar con mano aun más osada al árbol de la vida, y coma su fruto, y viva perpetuamente, o crea por lo menos que su vida ha de ser interminable, he resuelto sacarle del Paraíso y conducirle a lugar más a propósito, donde labre la tierra de que fue extraído.
»Miguel, tú quedas encargado de mi mandato. Elige de entre los querubines, flamígeros guerreros que llevar contigo, no sea que en favor del Hombre o para asaltar la mansión que queda deshabitada, introduzca el Enemigo alguna nueva perturbación. Apresúrate, pues, y expulsa del divino Edén a los esposos pecadores; lanza a los profanos de aquel santo lugar, y anúnciales a ellos y a toda su descendencia su perpetuo destierro. Mas para que puedan soportar el peso de su rigorosa sentencia, una vez que se muestran humildes y que lloran compungidos su falta, que el terror no los amilane. Si obedecen resignados tu intimación, no des lugar a que partan desconsolados; revela a Adán lo que sucederá en los tiempos futuros, conforme a las advertencias que yo te inspire, y mezcla a tus palabras los consuelos de mi nueva alianza con la regenerada estirpe de la Mujer; de modo que se despidan tristes, pero tranquilos. Para defender la parte del Edén que más fácil entrada ofrece, pon por la parte de oriente una guardia de querubines; vibra a larga distancia la llama de una espada que infunda espanto a todo el que trate de aproximarse, y cierra enteramente el paso hacia el árbol de la vida, no sea que convertido el Paraíso en guarida de espíritus malévolos, inficionen todos aquellos árboles, y vuelvan a seducir al Hombre con sus usurpados frutos.»
Apenas dejó de hablar, se preparó a descender prontamente el poderoso Ángel, y con él la esplendente legión de los vigilantes querubines. Semejante a un doble Jano, cada uno tenía cuatro rostros; cada cual llevaba cubierto el cuerpo de ojos, más numerosos que los de Argos, y vigilantes hasta el punto de no dejarse adormecer ni por la flauta arcadia, ni por el caramillo pastoril o la soporífera varilla de Hermes[127].
Despertaba al propio tiempo Leucotea[128] para alegrar de nuevo al mundo con su sagrada luz, y embalsamaba con un fresco rocío la tierra, cuando Adán y nuestra primera madre Eva concluían sus oraciones, y hallaban en sí una fuerza que procedía del cielo. De su misma desesperación sacaban cierta esperanza, cierta tranquilidad que no alejaba, sin embargo, todos sus temores; y Adán repetía así a Eva sus benévolos consuelos:
«Eva, fácilmente admite la fe que todo el bien que disfrutamos procede del cielo; pero que de nosotros ascienda al cielo algo que prevalezca para con el espíritu de un Dios que es el colmo de toda dicha, o que baste a captarse su voluntad, no parece igualmente creíble; y con todo, esta ferviente oración, estos anhelantes suspiros que nacen de nuestro pecho, llegan hasta el trono del Señor; y desde el momento en que con mis ruegos he procurado aplacar su ofendida divinidad, y postrado ante ella he humillado mi corazón, paréceme que, propicio y afable, inclina hacia mí su oído, y hasta llego a persuadirme de que me oye con favorable disposición. Ello es que mi ánimo recobra su calma, y que acude a mi memoria aquella promesa de que tu raza hollará la cabeza de nuestro enemigo; promesa que no había vuelto a recordar en medio de mi turbación, y que ahora me infunde la esperanza de que ha pasado ya la amargura de la muerte, y de que seguiremos viviendo. Regocíjate, pues, Eva, con razón apellidada madre del género humano, madre de cuanto vive, pues que por ti vivirá el Hombre, y para el Hombre vivirá todo.»
Pero con rostro afectuoso a la vez y triste, le replicó así Eva: «No es digna de ese glorioso título una pecadora, que destinada a ser tu ayuda, se convirtió en tu asechanza: improperios, aversión y toda especie de oprobio es lo que merezco; y sin embargo, la misericordia de mi Juez es infinita. Yo, que he dado la muerte a todos, vengo a ser por su gracia fuente de vida; y tú, generoso a tu vez también, me juzgas digna de tan alto título, cuando lo soy únicamente de otro. Pero ya el campo nos llama al trabajo, que ahora ha de costarnos sudor, después de una noche de insomnio. Mas ¿no ves? Mira cómo la mañana indiferente a nuestro cansancio vuelve a emprender risueña su rosada vía. Marchemos, pues: no me apartaré más de tu lado, cualquiera que sea el sitio a que nos conduzca nuestra cotidiana faena, que ha de sernos penosa en lo sucesivo, pues ha de durar lo que dure el día; bien que si permanecemos aquí ¿qué trabajo ha de parecernos duro en medio de estos bellos pensiles? Vivamos en ellos, y viviremos contentos, aunque hayamos descendido tanto de nuestro estado.»
Así discurría, a medida de sus deseos, profundamente humillada Eva; mas otra era la decisión del Hado, y la Naturaleza tardó poco en manifestarla por medio de las aves, de los brutos y del aire, porque este eclipsó de repente el purpúreo brillo de la mañana. A su vista el ave de Júpiter, desde lo más alto de su vuelo, cayó sobre dos pájaros de bellísima pluma a quien perseguía, y el animal que reina en los bosques, y que por primera vez se hizo entonces cazador, bajando de una colina, se lanzó contra un ciervo y su compañera, la más hermosa pareja de aquellos montes. Huían hacia la puerta oriental del Paraíso; observábalo Adán, y siguiéndolos con sus miradas, dijo conmovido a Eva:
«¡Ay, Eva! Algún próximo contratiempo nos amenaza, cuando por medio de esos mudos indicios de la Naturaleza, nos presagia el cielo sus designios, o cuando menos nos da a entender que confiamos demasiado en la remisión de nuestro castigo, porque nuestra muerte se ha diferido algunos días. ¿Quién sabe lo que durarán, ni lo que hasta entonces será nuestra existencia, ni si lo más que averiguaremos es que somos polvo, que polvo volveremos a ser, y que acabaremos? ¿A qué, si no, ponernos delante de ese doble espectáculo, esa súbita persecución en el aire y en la tierra, ambas en la misma dirección y en el mismo instante? ¿Por qué esa oscuridad del lado de oriente antes de mediar el día, y ese fulgor matutino, más vivo que el de la aurora, que ostenta aquella nube hacia el occidente, esparciendo destellos por el firmamento azul, y descendiendo lentamente cual si trajese una misión del cielo?»
Y no era ofuscación suya; que de aquella parte, reflejando en el Paraíso un resplandor marmóreo y posándose sobre una colina, anunciaba una aparición gloriosa, de que no hubiera dudado Adán, si el humano temor no hubiera puesto en sus ojos sombras. No aparecieron más esplendentes los ángeles cuando se mostraron a Jacob en Mahanain, viéndose cubierto el campo con las tiendas de sus fúlgidas cohortes[129]; ni cuando en Dothan se descubrió flamígera montaña hecha un campo de fuego y amenazando al monarca sirio, que para sorprender a un solo hombre y obrando como asesino, suscitó una guerra, sin proclamarla[130].